El proconsul sonriente.
Nunca hemos tenido una relación sencilla con Estados Unidos. Eso lo sabemos todos. Estar junto a la potencia más grande del planeta y compartir con ellos una frontera tan larga muchas veces nos ha causado grandes problemas, pero en otras ocasiones hemos podido favorecernos de esa situación. No sé si alguien haya escrito una historia de los embajadores norteamericanos en México. Sería un libro muy interesante en el que abundarían los racistas, los alcohólicos, los actores fracasados metidos a diplomáticos, los manipuladores, los espías, los amantes de la botánica, los que se casaron con alguna mexicana multimillonaria y muchos casos más. Sin embargo, también hubo embajadores que, sin perder su papel como enviados de un país tan poderoso que buscaba entablar relaciones que a ellos les fueran muy convenientes, tuvieron la capacidad de ver más allá de los prejuicios e intentaron que esas relaciones no sólo fueran positivas para Estados Unidos, sino también para México. Uno de ellos fue Dwi...