7 de diciembre de 2011

"...y si así no lo hiciere, que la nación me lo demande"


Para el ciudadano promedio, las elecciones no sirven. "Todo ha sido arreglado desde arriba -es la opinión más común- y votar es una pérdida de tiempo". Durante el transcurso de la historia mexicana la idea anterior ha marcado nuestra cultura política. Y sin embargo, en este país siempre ha habido elecciones. ¿Han servido sólo para legitimar la llegada al poder de algún grupo político? ¿Son un ensayo para la democracia en la que viviremos algún día? ¿Para qué han servido las elecciones?

2012 es año de relevo presidencial. Nuevamente iremos a las urnas para escoger al próximo jefe del Ejecutivo. No serán unas elecciones sencillas. Además del miedo provocado por la violencia que nos rodea, el fantasma de la crisis electoral de 2006 aparece en el horizonte. El momento más delicado en la vida de una democracia es aquel en el que hay que elegir a un nuevo gobernante, ya que mútiples poderes se desatan buscando ampliar su influencia sobre la sociedad.

Para tener una idea más clara sobre lo que ocurrirá en 2012 es necesario ver hacia atrás. Hay que revisar nuestra historia electoral para comprender por qué los mexicanos desconfiamos tanto de las elecciones y al mismo tiempo casi nunca dejamos de realizarlas.

En tiempos de crisis, cuando el futuro es incierto, hay que ver hacia atrás, para entender de dónde venimos y sobre qué piso estamos parados. Conocer la historia de las elecciones en México puede ayudarnos a entender el momento que estamos viviendo, y también nos permitirá replantearnos hacia dónde queremos ir como nación.


Te invito a inscribirte en mi nuevo diplomado "Las elecciones en México. Una historia de conflicto y esperanza, 1812-2012", el cual impartiré los jueves y sábados a partir del próximo 26 de enero. Más informes en la página del Centro de Cultura Casa Lamm. Enlace



5 de diciembre de 2011

Lo que aprendí viendo "El encanto del águila"


  • Los revolucionarios siempre son buenos y puros. Los gobiernos siempre son malos y tiranos. Los revolucionarios que alcanzan el poder siempre se convierten en aquello contra lo cual pelearon.
  • Porfirio Díaz era un señor muy malo que sólo quería el poder.
  • Francisco I. Madero era un chaparrito muy noble que sólo quería la paz.
  • Francisco Villa y Pascual Orozco fueron generales instantáneos, por designio televisivo.
  • Victoriano Huerta siempre tenía la cara fruncida.
  • El presidente Woodrow Wilson tenía una oficina muy rascuache.
  • Venustiano Carranza sólo quería el poder.
  • Alvaro Obregón era un gordito manco muy sonriente que sólo quería el poder.
  • Francisco Villa era un pelao del norte muy carismático que sólo quería el poder.
  • Emiliano Zapata era un ranchero de Morelos que nunca salió de allí.
  • Plutarco Elías Calles tenía la cara paralizada.
  • Lázaro Cárdenas era un señor que sólo apareció en una escena de nuestra historia.
  • Ya no son necesarios los libros de historia. Lo de hoy es "la píldora". Con menos de 15 minutos uno puede aprender sobre el pasado nacional (aunque al final no comprenda nada).
  • La exactitud ya no es un deber del historiador, pues con decir que "le hicimos ciertas adaptaciones para hacer el relato más interesante", pueden cometerse errores monumentales sin que a nadie le importe.
  • A pesar de que vivimos en una etapa en la que la historia oficial está muy debilitada y surgen múltiples interpretaciones que nos permiten darnos cuenta de la complejidad de nuestro pasado, todavía hay quien le apuesta a darle al público un producto muy elemental, donde sólo importa la imagen y no el contenido.

28 de noviembre de 2011

La Cartilla Moral y López Obrador

Andrés Manuel López Obrador volverá a ser candidato a la presidencia por una "izquierda unida" en las elecciones de 2012. Eso todo mundo lo sabe, y lo daba por hecho desde 2006. Lo interesante del caso (por ahora) es que, durante la ya famosa entrevista con Joaquín López Dóriga, el Peje le dijo que, para lograr la regeneración del país, impulsará la lectura y puesta en práctica de un viejo librito que había dormido el sueño de los justos.

Ese libro es la Cartilla Moral, un pequeñísimo texto escrito por Alfonso Reyes en 1944, a petición del entonces secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet.

La edición que yo tengo es de 1994, cuando Alianza Editorial y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes lanzaron una preciosa y mínima colección llamada Alianza Cien. Le digo mínima, porque cada ejemplar mide menos de 20 cms. Son auténticos libros de bolsillo, muy baratos, que en ese entonces se vendían en los puestos de periódicos (¡cómo ha pasado el tiempo!)

En fin, uno de los ejemplares de Alianza Cien está dedicado a la Cartilla Moral de Reyes, y ya que el Peje quiere poner de moda este libro, no está de más volver a él para revisarlo.

La Cartilla Moral fue escrita en 1944, cerca del final del sexenio de Manuel Avila Camacho. Dice Reyes que la escribió para que se usara en una campaña de alfabetización, pero al final no ocurrió así. El libro está pensado para que sea leído y comentado y así provocar la reflexión de los participantes.

La Cartilla tiene catorce lecciones, en las cuales Reyes reflexiona sobre el Bien. Todo ser humano debe educarse para mejorarse a sí mismo y mejorar a su sociedad.

El Bien es obligatorio para alcanzar la verdadera felicidad. El ser humano tiene que armonizar su parte animal con su parte espiritual, a través de un lento trabajo de perfeccionamiento que poco a poco lo lleve a evolucionar.

Cuando el Bien no es respetado, el hombre se degrada, obtiene el desprecio de sus semejantes y puede ser castigado por las leyes. La sociedad tiene que fundarse en el Bien, para que cada uno de sus miembros logre alcanzar su meta en la vida y la armonía que garantice la continuidad de la especie humana.

Para lograr todo esto, Reyes señala que el hombre tiene que acatar una serie de "respetos" que son instrucciones morales inapelables, parecidas a los mandamientos religiosos pero con un cariz humanista.

Primero; hay que respetarse a sí mismo. "El hombre -dice Reyes- debe sentirse depositario de un tesoro, en naturaleza y espíritu, que tiene el deber de conservar y aumentar en lo posible". Siempre hay que estar limpio; física, mental y espiritualmente.

Segundo; el ser humano tiene que respetar a su familia, ya que allí recibe los primeros cuidados, el amor y la educación que marcarán al individuo durante toda su vida. La familia tiene jerarquías y éstas deben ser respetadas; los menores respetarán a los mayores y viceversa para construir la armonía que fortalecerá a la sociedad.

Después sigue el respeto a nuestra comunidad. Hay que comportarnos con urbanidad, tratar cortésmente a nuestros semejantes, evitar la imprudencia y dominarse a sí mismo para no agredir a los demás. El sujeto que logra ésto obtiene una doble recompensa: evoluciona como ser humano y es apreciado por su comunidad.

Las comunidades se unen en un cuerpo mayor llamado patria. El amor hacia ella se demuestra respetando y obedeciendo la Ley. Ante ella todos somos iguales y tenemos la obligación de acatarla y defenderla, lo que redundará en provecho de todos sus habitantes.

El respeto a la Ley va acompañado de otro sentimiento: el patriotismo; el amor a nuestro país y el deseo de mejorarlo. "Este sentimiento -dice Reyes- debe impulsarnos a hacer por nuestra nación todo lo que podamos, aun en casos en que no nos lo exijan las leyes". Es en la patria donde ejercitamos todos nuestros actos morales, los cuales mejorarán o empeorarán a la que es nuestra casa común.

Por último, hay que respetar a toda la especie humana y a la naturaleza para alcanzar la armonía mayor con el universo; y especialmente, hay que ser estoico, ecuánime ante las desgracias que ocurren durante nuestra vida, para que el azar no nos arrastre sin control.

Reyes propone una moral que va de lo más cercano (el individuo) a lo más lejano (el universo), y establece que todas sus partes están conectadas: Si cuidamos una, cuidaremos a todas, si rompemos una, dañaremos al resto.

Me parece bien que López Obrador quiera comportarse como lo propone Reyes en su Cartilla Moral. Sin embargo, todavía nos debe una disculpa a todos los ciudadanos que fuimos afectados cuando cerró el Paseo de la Reforma luego de las elecciones de 2006.

Para construir esa "República amorosa" de la que habla actualmente, no basta con hacerse la idea de comenzar de nuevo. Primero hay que reconocer los fallos ante los agredidos, para de esa forma conseguir el perdón que redime y permite verdaderamente iniciar un nuevo periodo.

Si López Obrador pretende usar a la Cartilla Moral como un mero recurso de campaña, y vuelve al discurso incendiario cada vez que las cosas no salgan como él las espera, los mexicanos habremos perdido una gran oportunidad para reconciliarnos (algo que nos hace mucha falta), y la hoguera volverá a encenderse. En 2006 el fuego estuvo a punto de descontrolarse. Ojalá eso no ocurra el próximo año.

Si eso, desgraciadamente, llegara a ocurrir, habría entonces que recordar otro párrafo de la Cartilla Moral:

"(...) cuando, en el seno de un país libre, los enemigos de la libertad atacan esta libertad valiéndose de las mismas leyes que les permiten expresar sus ideas aviesas, el espíritu de la libertad exige que se les castigue".

15 de noviembre de 2011

Una visita al sexenio del villano favorito


A pesar de todo lo que hagan, nuestros presidentes son recordados por pocas cosas, a veces sólo por una. Lázaro Cárdenas por la nacionalización del petróleo; Manuel Avila Camacho por la Segunda Guerra Mundial; Miguel Alemán por la modernización del país; Ruiz Cortines y López Mateos por...(¡eso lo dejaremos para otro post!) Echeverría y sus guayaberas; López Portillo y su llanto al final del sexenio; De la Madrid y el sismo; Salinas, por Colosio; Zedillo por la crisis; Fox por sus botas y Calderón por sus muertos.

En ese grupo también está Gustavo Díaz Ordaz. A él lo recordamos por una sola cosa: Tlatelolco. La balacera ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas el dos de octubre de 1968 eclipsa cualquier otro recuerdo que tengamos de ese sexenio. Hasta la memoria que tenemos sobre la Olimpiada de ese año está marcada por el movimiento estudiantil y su trágico final.

Creo que un poco de historia no le cae mal a nadie. Deberíamos esforzarnos por conocer más nuestro pasado. Tal vez eso nos ayudaría a no caer en explicaciones facilonas que no conducen a nada y que no nos permiten entender qué estamos viviendo ahora.

En su artículo "Modernización autoritaria a la sombra de la superpotencia, 1944-1968", Soledad Loaeza nos ofrece varias pistas para saber más sobre el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz; ese momento aborrecido por muchos, pero que también despierta la nostalgia de algunos (no
necesariamente por lo ocurrido en 1968, que conste):

-El sexenio de Díaz Ordaz se caracterizó por la expansión de la economía y la consolidación de un Estado centralizado, ambas tendencias venían desde el final de la Segunda Guerra Mundial y transformaron al planeta entre 1945 y 1973.

-Sin embargo, Díaz Ordaz veía nubarrones en el horizonte de su sexenio: la Guerra Fría se había convertido en un problema muy cercano desde que triunfó la Revolucíón Cubana en 1959; el modelo económico empezó a agotarse, el papel intervencionista del Estado comenzó a ser criticado, la sociedad mexicana ya no estaba tan segura de que valiera la pena un modelo de partido hegemónico, y las relaciones con Estados Unidos empezaron a enfriarse.

-El gran protagonista de esta etapa es el Estado, o más específicamente, la Presidencia de la República, que tenía la capacidad de imponerse sobre todos los demás poderes que existían en el país.

-Gustavo Díaz Ordaz llegó al poder con el 89% de los votos, su antecesor tuvo el 90%.

-El PAN tuvo 20 diputados en la Cámara, un record histórico para el partido azul, lo cual fue posible debido a una reforma electoral hecha en 1963, la cual abría las puertas del Poder Legislativo a otros grupos políticos (convenientemente controlados por el Estado, claro está).

-El Estado mexicano había logrado controlar a sus adversarios políticos, como los cristeros, el Henriquismo y las huelgas de trabajadores en 1958. Sin embargo, no contaba con los medios para acoger la creciente diversidad política que estaba viviendo el país. No había canales de comunicación efectivos entre el gobierno y sus gobernados, lo que hacía que al final esos conflictos tuvieran que solucionarse apelando a la mano dura.

-Entre 1960 y 1968, la deuda externa aumentó de 813 millones a 2500 millones de dólares. "Una cifra totalmente manejable", diría tiempo después Antonio Ortiz Mena, uno de los arquitectos de la economía mexicana.

-Entre 1963 y 1971 la economía mexicana creció 7% anual, la inflación se mantuvo en 2.8%, aumentó el empleo y el PIB per capita se incrementó en más de 3% anualmente. El tipo de cambio se mantuvo constante en 12.50 pesos por dolar.

-El Distrito Federal y el norte del país eran los más beneficiados en este modelo económico planificado por el Estado. El PIB per cápita en el DF era de 13 mil pesos, mientras que en Tlaxcala apenas llegaba a 1300.

-La clase media formaba el 40% de la población del país y se había beneficiado de la redistribución del ingreso que venía ocurriendo desde los años 50. En 1963 gozaba del 53% del PIB.

-Había más de 11 millones de mexicanos entre los 10 y los 19 años. De éstos, 786 mil estudiaban la secundaria y 146 mil la educación media superior.

-Las clases medias y altas gozaban de las comodidades de la vida urbana: teléfono, televisor, radio y refrigeradores, entre otros. Sin embargo, había pocos coches, tan sólo dos millones de vehículos privados corrían por todo México.

-La pobreza también existía en esos años. En 1970 menos de la mitad de los hogares mexicanos tenía agua corriente, y millones de amas de casa todavía cocinaban con leña o carbón.

-Entre 1960 y 1970 se distribuyeron cerca de 375 millones de textos escolares. No obstante el esfuerzo, en 1970 el 35% de la población de más de seis anos jamás había ido a la escuela. Sólo 13% había terminado la primaria, 5% la secundaria y únicamente 1.5% habia llegado a la educacion superior. 30% de las mujeres mayores de 15 años no sabia leer ni escribir.

-Si algo realmente preocupaba a Gustavo Díaz Ordaz, era el intervencionismo norteamericano, el cual había arreciado desde que Fidel Castro llegó al poder en Cuba.

-Díaz Ordaz se reunió cinco veces con los presidentes Johnson y Nixon. Intentó mantener una relación armoniosa con Estados Unidos, pero protestó cuando los norteamericanos influyeron en el golpe militar en Brasil y cuando invadieron la República Dominicana. También se quejó por el proteccionismo comercial.

-En 1969 se promulgó una nueva Ley Federal del Trabajo, la cual entre otras cosas establecía el contrato colectivo obligatorio y el derecho a la vivienda, lo que fue la base para que en 1972 surgiera el INFONAVIT.

-Otra gran amenaza para Díaz Ordaz eran los campesinos. Él sabía que, a pesar del discurso propagandístico, la Revolución Mexicana los había abandonado al preferir la industrialización. La pobreza en el campo podía ocasionar una seria crisis política.

-Díaz Ordaz repartió 24 millones de hectáreas de tierra a los campesinos. Seis millones más que Lázaro Cárdenas. Sin embargo, mucha de esa tierra no era cultivable.

-El Ejército también fue utilizado para mantener tranquilos a los campesinos. Sin embargo, en 1964 la CIA reportó que un grupo llamado Central Campesina Independiente (apoyado por Lázaro Cárdenas) estaba organizando una gran sublevación en el norte de la república.

-Desde el principio de su gobierno, Díaz Ordaz tuvo que afrontar movimientos estudiantiles en distintos lugares del país, como Michoacan, Puebla, Nuevo Leon, Durango y la Ciudad de Mexico.

-Empero, el primer gran conflicto ocurrió en 1965, cuando los médicos de los hospitales públicos se fueron a huelga porque exigían mejoras salariales y el derecho de organizarse libremente (sin tener que formar parte de la estructura laboral controlada por el Estado mexicano). El Ejército desalojó a los huelguistas de los hospitales y los médicos militares atendieron a los pacientes.

-El 30 de julio de 1968 comenzó el movimiento estudiantil, cuando una golpiza entre dos pandillas fue reprimida con excesiva dureza por parte de la policía, la cual además involucró al Ejército. La puerta de la Preparatoria Uno (ubicada en San Ildefonso) voló por los aires debido al disparo de una bazuca.

-La UNAM y el IPN comenzaron una huelga a la que pronto se sumaron otras universidades. El Consejo General de Huelga demandaba la destitución del jefe de policía, desaparecer el cuerpo de granaderos, suprimir el delito de disolución social, indemnizar a las familias de los estudiantes lesionados o muertos durante las operaciones policiacas y liberar a los presos políticos.

-Ciudad Universitaria fue ocupada por el Ejército entre el 18 y el 30 de septiembre de 1968. Se calcula que las marchas de esos días llegaron a congregar hasta 300 mil personas, una cifra inédita para ese momento en la historia de México.

-¿Cuánta gente murió en Tlatelolco ese dos de octubre de 1968? las cifras obtenidas durante el gobierno de Vicente Fox dicen que fueron 46 muertos, además de menos de cien heridos y más de mil arrestados, de los cuales 276 permanecieron en prisión hasta 1971.

-Los estudiantes regresaron a clases el 4 de diciembre, pero la relación privilegiada entre el poder y los universitarios se había roto para siempre. El último presidente que acudió a Ciudad Universitaria fue Luis Echeverría en 1975, y así le fue.

-El gobierno no pudo resolver el conflicto por vías institucionales, tenía miedo a la desestabilización general del país y a que Estados Unidos interviniera, lo que habría terminado con el régimen de la Revolución Mexicana.

-Al reprimir a los estudiantes, Díaz Ordaz creyó que el problema estaba solucionado. Jamás se dio cuenta de que con esa medida les había concedido la victoria moral.


8 de noviembre de 2011

Algo va mal


"Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo" Con esas palabras comienza el último libro que escribió un gran historiador británico: Tony Judt.

Normalmente se aconseja a los historiadores no vincularse con la política y retraerse al "tranquilo" mundo del pasado, pero son legión los clionautas que no siguen esa conseja. Para muchos historiadores es imposible entender lo que ocurrió ayer si no reflexionan largamente sobre lo que está pasando hoy. Ese es el caso de "Algo va mal".

El título no deja indiferente a su lector: desde hace muchos años algo va espantosamente mal. Por una parte vivimos la era con mayor riqueza en la historia humana, pero al mismo tiempo el desequilibrio entre pobres y ricos es brutal.

Nos hemos convertido en una sociedad a la que sólo le interesa enriquecerse, sin importar cómo. Apreciamos más al que tiene mucho dinero en el bolsillo y no al que trabaja o estudia para mejorar su vida. Millones de jóvenes no estudian ni trabajan, lo que quiere decir que sus vidas adultas serán peores que las de sus padres y abuelos. No confiamos en nuestros políticos ni queremos participar en la política. El medio ambiente está destrozado, las crisis económicas que nos empobrecen ya se volvieron recurrentes, la desconfianza, el miedo y la incertidumbre ante el futuro son actitudes cotidianas y quizá lo peor de todo está en que al parecer ya nos acostumbramos a vivir en este horror.


¿Cómo llegamos a esta situación, y qué podríamos hacer para salir de ella? en "Algo va mal", Tony Judt reflexiona sobre cómo pasamos de una época marcada por el Estado benefactor (entre 1945 y 1980) para luego dejar paso a la economía de mercado, la cual ha creado muchísima riqueza, la cual está concentrada en muy pocas manos.


Señala Judt que la sociedad occidental, luego del horror de las dos guerras mundiales y la crisis económica de 1929, tuvo la capacidad de reorganizarse para evitar que esos males se repitieran. Con el trabajo de personalidades como Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle y John Maynard Keynes, entre otros, pudo construirse un modelo político, económico y social que convirtió al Estado en la pieza fundamental de cada país.

El Estado comenzó a intervenir en la economía, la cual había pasado por una época sin restricciones desde la segunda mitad del siglo XIX. Gracias a la centralización y planificación económica (lo que entre otras cosas permitió que los Estados cobraran más impuestos a sus ciudadanos) las naciones de Europa lograron reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial y comenzó una era caracterizada por la bonanza y la protección del ciudadano.

Desde la cuna y hasta la tumba, las personas tenían su vida marcada, gracias a la educación gratuita, los servicios médicos, el empleo en el gobierno, los estímulos económicos, la posibilidad de ir a la universidad y de acceder a la alta cultura y una pensión asegurada para pasar tranquilamente los últimos años de vida.

Esa historia la conocimos perfectamente en México: de hecho, la llamamos "el milagro mexicano", aunque, como nos demuestra Judt, también se dio en casi todo el mundo. Hay que decir que no todo era maravilloso: el impulso estatal por controlar a sus gobernados creó una enorme y carísima burocracia, además de que era mal visto criticar a ese Estado que se preocupaba por resolver las vidas de sus ciudadanos, aunque ellos no estuvieran totalmente de acuerdo.

De diferentes formas, el Estado benefactor ejerció también un paternalismo autoritario. Esa es una de las razones de los movimientos de protesta de los años 60: los jóvenes se rebelaban ante un aparato político que les ofrecía un futuro maravilloso a cambio de contribuir a su mantenimiento, sin tomar en cuenta que podían tener opiniones totalmente contrarias a las de sus gobernantes.

El Estado benefactor se encontró entonces con el gran conflicto de la libertad, personificado por esa generación joven de los años 60, que quería cambios, y fundamentalmente el derecho de opinar distinto a lo que sus mayores pensaran.

Al crecer tanto el Estado benefactor, se volvió cada vez menos eficiente, más caro, y empezó a perder esa legitimidad con la que contó desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue en ese momento que comenzó a aplicarse un programa económico proveniente de la Universidad de Chicago, que consistía en reducir el tamaño de los Estados vendiendo la mayoría de las empresas que controlaba, eliminando muchas regulaciones comerciales y permitiendo que "la mano invisible del mercado" se encargara de casi todo.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 fue vista como la victoria de ese nuevo modelo: el neoliberalismo. Hubo hasta quien se atrevió a decir que la Historia se había terminado, pues a partir de entonces todos los países del mundo se gobernarían democraticamente y serían capitalistas.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de que ese proyecto era irrealizable. La pobreza creció, la sociedad mundial comenzó a sufrir serios atrasos en educación y salud, el capital especulativo se consolidó como la fuerza más importante del planeta y las crisis económicas se volvieron recurrentes.

La sociedad cambió, asegura Judt. Dejó de creer en sus Estados, en su cultura, y dedicó todos sus esfuerzos a una sola meta: ganar dinero. Enriquecerse a costa de lo que fuera se convirtió en la única empresa válida. Si se iba a la universidad, era para ganar dinero; si se entraba a la política, era por ganar dinero, si había que dedicarse a negocios reprobables, la posesión del dinero lo justificaba.

Todo ésto ha devaluado moralmente a la sociedad contemporánea y le ha hecho creer que no hay más camino en la vida. Que "las cosas así son y no van a cambiar". Judt propone que tomemos conciencia de que tenemos una deuda tanto con los que vendrán después como con los que estuvieron antes. Que no podemos seguir viviendo como si lo que nos rodea no importara y sólo el boato fuera trascendente.

Para Judt, el camino está en la renovación de la socialdemocracia, en crear un verdadero capitalismo humano que tome en cuenta que no todo en la vida es ganar dinero. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. A pesar de que los movimientos de indignados crecen por todo el mundo, nuestra sociedad se ha vuelto muy codiciosa y ya no creemos en los que nos rodean.

¿Cómo protegernos de ese monstruo en que se ha convertido el sistema económico? A pesar de la ola de indignación que recorre el planeta, necesitamos algo más, algo más fuerte y grande que pueda enfrentarse al capital especulativo. Ese algo es el Estado.

Sin embargo, mientras no nos convirtamos en ciudadanos que luchan por defender sus derechos, será imposible transformar al Estado para que deje de favorecer al gran capital y se dedique a proteger a sus habitantes.

Decía Kant que todo hombre tenía el derecho de ser un fin en sí mismo y no el medio para que otros lograran sus fines particulares. Durante gran parte del siglo XX el conflicto se concentró entre el Estado totalitario y el Estado liberal-democrático. Al parecer, el siglo XXI presenciará el enfrentamiento entre el mercado salvaje y el Estado que luchará por su sobrevivencia.

¿Qué pasará con nosotros, los que estamos en medio de ese conflicto? Sólo el tiempo lo dirá, pero no esperemos nada bueno de nuestro futuro si permanecemos indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor.









1 de noviembre de 2011

Memento Mori (con los tenis pa´delante)


Para Papá.

Todos moriremos. No hay forma de evitarlo. Es lo único seguro que tenemos en la vida (por lo menos, los mexicanos. Ya que en otras culturas también creen en la inevitabilidad de pagar impuestos).

Ante la certeza de que tarde o temprano saldremos de ese mundo, los seres humanos hemos creado una serie de rituales para lidiar con la muerte, ya sea que al fin doña Catrina decidió venir por nosotros, o que sólo la veamos pasar a nuestro lado, por ahora.

Todas las culturas tienen rituales funerarios. Algunos muy simples, otros muy complejos. Todos tenemos la necesidad de encontrar un sentido cuando perdemos a alguien que quisimos mucho. En el caso mexicano, nuestras tradiciones están empapadas por el catolicismo y también por las tendencias de cada época. Recuerdo el asombro que sentí al saber que hay funerarias que cuentan con "Business center" y conexión a internet. Eso de hacer negocios mientras cafeteas a tu mamá puede parecer repulsivo, pero no creo que sea raro.

¿Cómo lidiaron las generaciones anteriores con la muerte? la respuesta nos la da Verónica Zárate en su libro Los nobles ante la muerte en México,
el cual es una investigación sobre las prácticas funerarias de la nobleza mexicana entre 1750 y 1850.

Hay que decirlo de entrada: a pesar de los múltiples estudios sobre los pobres, y el gran interés por la "historia desde abajo", los ricos son más sencillos de investigar. Eso es porque dejan más testimonios de su paso por la tierra.

Verónica Zárate investigó cómo se manifestó durante cien años la "socialización de la muerte", la relación entre vivos y muertos a través de la devoción religiosa, las prácticas sociales y los lazos familiares.

A los nobles novohispanos les preocupaba enormemente la muerte (como a todos, lo aceptemos o no). En su caso, formaban parte de un mundo formado por la religión católica, y donde además era fundamental mantener a su familia en la posición social que tenían.

Por esa razón, lo primero que tenían que hacer los nobles novohispanos era redactar su testamento. Este documento servía como un instrumento legal que intentaba garantizar el cumplimiento de la última voluntad del fallecido y al mismo tiempo quería ser una guía para las futuras acciones de los herederos.

Los testamentos no sólo servían para repartir fortunas, también se usaban para ayudar al alma del fallecido a llegar lo más pronto posible al paraíso. En los testamentos quedaba asentado que el muerto había nacido cristiano y con la sangre limpia (sin antepasados judíos), que siempre se había comportado con la honra y dignidad que le conferían sus títulos nobiliarios, y que al estar cerca el momento de morir, deseaba poner en paz su alma arreglando sus asuntos materiales.

No todo mundo hacía testamentos en esa época, fundamentalmente por dos razones: primero, el costo. Un testamento podía costar hasta 30 pesos, y aún más, en una sociedad donde un profesor del Colegio de Minas ganaba 4 pesos diarios y un labrador sólo 3 mensualmente.

La segunda razón por la que había pocos testamentos radica en el miedo. Parecía que arreglar los asuntos terrenales antes de morir sólo servía para invocar a la muerte. A pesar de los siglos, esos dos motivos siguen presentes en la sociedad mexicana, señal de que algunas cosas no cambian, pese a todo.

Para asegurarse un buen destino luego de la muerte, el noble novohispano disponía en su testamento que una cierta cantidad de su fortuna debía usarse para pagar obras piadosas: comida para los pobres, hospitales, capillas, misas en su nombre y otros. Todo con el fin de que los beneficiados con sus obras rezaran por la salvación de su alma, lo que le permitiría abandonar el purgatorio lo más rápido posible y entrar al paraíso.

La mejor forma de morir era en su casa; rodeado de sus familiares, amigos, servidores, un médico que aliviara sus dolores y un sacerdote que lo confesara, le diera la comunión y la extremaunción. Morir era un acto social, en el que se vinculaba lo espiritual y lo material. Normalmente allí se escribía el testamento, para que luego el fallecido fuera colocado con los pies hacia el oriente, donde está Jerusalén.

En ese momento comenzaban los ritos funerarios. El cadáver era preparado y se le vestía normalmente con un hábito de alguna orden religiosa o militar. El velorio se realizaba en su casa, a donde llegaban más amigos y familiares a dar el pésame a los familiares.

El tamaño del funeral dependía de la riqueza e importancia del difunto (igual que hoy). El cadáver era expuesto con los brazos en cruz, mientras se celebraba un responso o una misa de requiem por su alma. Después, el muerto (metido en un carísimo ataúd) era llevado en hombros de sus familiares y amigos a la parroquía donde había sido feligrés.

La procesión que acompañaba al muerto y a sus familiares podía ser enorme (si contaba con el dinero para pagarlo, claro), y a veces pasaba por la Catedral Metropolitana para recibir una última bendición. Todos los participantes llevaban cirios encendidos y una persona tocaba una campana para representar la trompeta que, según los cristianos, llamará a las almas al Juicio Final.

Mientras tanto, y como había estipulado en su testamento el difunto, se celebraban muchas misas por su alma, tantas como fuera posible. ¡La Condesa de Selva Nevada pagó 4 mil misas de a peso cada una! Esto era porque se creía que el alma del muerto estaba vulnerable mientras no se sepultara el cuerpo, por lo que había que rezar por él lo más que se pudiera.

A pesar de las grandes procesiones, normalmente el entierro era muy sencillo: podía ser en el cementerio de la parroquía a la que asistía el difunto o en una capilla familiar que también estuviera allí. El carísimo ataúd era sustituído por una sencilla caja, o se enterraba al muerto envuelto en una sábana. A diferencia de la procesión, donde asistía la mayor cantidad posible de personas, al entierro sólo concurrían los familiares.

Luego de enterrar al difunto, los familiares y sus servidores seguían de luto hasta por un máximo de seis meses (más tiempo era mal visto). Luego del entierro seguían las misas por su alma y las honras fúnebres, las cuales podían realizarse días, meses, e inclusive años después de su muerte. Estas honras eran presididas por enormes piras funerarias, recubiertas de velas, que representaban al difunto. Tenían tantas velas que era necesario contar con varios cubos llenos de agua, para evitar un incendio.

Los muertos nobles dejaban rastro de su vida a través de sus obras pías y también gracias a los epitafios de sus tumbas, los cuales hacían mención de los hechos más importantes durante su existencia y a veces pedían más oraciones por la persona que allí descansaba.

Verónica Zárate dice que estudiar las costumbres funerarias de los nobles también es importante porque éstas se propagan por el resto de la sociedad, quien las adopta a su manera y posibilidad. En este proceso de adaptación la risa juega un papel muy importante. Los mexicanos le tememos a la muerte, como todos los pueblos del mundo, pero también hemos sabido burlarnos de ella.

Un día moriremos, pero tal vez no sea el final de todo. O quizá sí, pero en ese final encontraremos un nuevo principio. Mientras tanto, pensemos cómo se transformaron las costumbres mortuorias de la aristocracia mexicana escuchando una de mis canciones preferidas, que retrata fielmente cómo se hacía un verdadero funeral "a la mexicana"




26 de octubre de 2011

Carlos Castaneda: vendiendo una realidad aparte

Hace unos días, encontré una noticia que llamó mi atención: resulta que Aerin Alexander, supuesta nieta de Carlos Castaneda, demandó a la organización que su abuelo fundó, Cleargreen, por impedirle enseñar las técnicas chamánicas que aquel dejó en sus libros.

Alexander dice que esos ejercicios -llamados Tensegridad- no pueden tener derechos de autor puesto que pertenecen a una cultura antiquísima, los toltecas, y por ello no hay nada que le impida difundirlos libremente; además de que ella los recibió directamente de su abuelo.

Esa noticia me regresó a mi pasado. Creo que nunca se los he contado, pero yo vengo de una familia "excéntrica", donde lo esotérico y lo alternativo eran temas comunes. Yo crecí rodeado de libros de yoga, meditación, budismo, masonería, rosacrucismo, cabalá, y temas parecidos. En la nada breve biblioteca de mi casa había espacio para todo eso y mucho más; y desde niño conocí las obras de Carlos Castaneda.

Debo haber tenido como doce años cuando leí Las enseñanzas de Don Juan, el cual comprendí a medias. Luego me seguí con Una realidad aparte y dejé a la mitad el Viaje a Ixtlán. Para ese momento, había yo perdido todo interés en Castaneda. Me llamaba más la atención el budismo zen que las intrincadas (y aburridas) experiencias chamánicas de un supuesto antropólogo peruano.


Pero millones lo leyeron y lo tomaron en serio. No está de más recordar que esos tres libros fueron editados en México por el Fondo de Cultura Económica, y el primero tiene un prólogo de Octavio Paz. Para muchos, Carlos Castaneda se convirtió en el símbolo de un movimiento que buscaba escapar del mundo en que vivimos, para acceder auténticamente a una realidad aparte.

Carlos Castaneda apareció en la vida pública en 1968, ese año marcado por la fiesta y la tragedia. Supuestamente, Castaneda estaba haciendo una tesis en la Universidad de California sobre los hongos alucinógenos y alguien lo puso en contacto con un indio yaqui llamado Juan Matus. Este señor era un brujo y lo introdujo en el conocimiento del peyote. Gracias a lo que don Juan le enseñó, Castaneda pudo expandir su conciencia y convertirse en un "hombre verdadero".

Hay que recordar que los años 60 fueron de locura total. El mundo se transformó debido a la Guerra Fría, la consolidación del Estado benefactor, los medios de comunicación, la sociedad de consumo, el rock, las drogas, y otras cosas más.

Los 60 se caracterizaron por cuestionar todas las formas e instituciones establecidas: el capitalismo era malo, el comunismo era peor, la Iglesia Católica no lograba satisfacer las necesidades de los creyentes, las generaciones anteriores sólo habían pensado en enriquecerse, la destrucción del medio ambiente era imparable, Occidente había creado un modo de vida en donde sólo importaba el individuo y su satisfacción inmediata...la lista de quejas era enorme.

La crisis espiritual era muy grande, y la generación de los 60 intentó llenar ese vacío recurriendo a las técnicas orientales y a un "reencuentro" con las raíces indígenas. Estados Unidos estaba lleno de gurúes, roshis, lamas tibetanos, chamanes, guías espirituales, y todo tipo de seres que ofrecían sanar las enfermedades espirituales de la sociedad de consumo. En esa época Shunryu Suzuki, Chögyam Trungpa y Philip Kapleau le dieron un gran impulso al budismo en Norteamérica, Osho, los Hare Krishna, la Meditación Trascendental, el Kundalini Yoga y la Dianetica se hacían famosos; y también muchos americanos vinieron a México a probar los hongos alucinógenos, no sólo para divertirse, sino para conocerse internamente.

El terreno estaba listo para Carlos Castaneda, quien se construyó un aura mágica para atraer a las multitudes. Se dejaba fotografiar poco, no daba entrevistas, no hablaba sobre su vida, se convirtió en un tipo fascinante porque se sabía poco sobre él.

Fue con el paso del tiempo que el mito de Castaneda comenzó a derrumbarse. Para empezar, los libros que seguía escribiendo eran cada vez más aburridos y sin sentido. Se había convertido en una mera repetición de sí mismo. Luego, el relato sobre Juan Matus alcanzó cimas enloquecedoras: de ser un indio yaqui se convirtió en actor de teatro que además había viajado por todo el mundo. Y para acabarla de amolar, el gobierno de Richard Nixon empezó una agresiva campaña contra las drogas (cuyas consecuencias sufrimos hasta el día de hoy), razón por la cual era muy mal visto que se ensalzara a los alucinógenos, así fuera para expandir la conciencia de sus consumidores.

Todo esto llevó a que el relato de Castaneda se transformara, y al final saliera con la novedad de que ya no era necesario consumir peyote para alcanzar el "conocimiento verdadero". Todo lo que había que hacer era practicar la Tensegridad, o "pases mágicos", una serie de ejercicios físicos (remedo de Yoga con Tai Chi Chuan), supuestamente creados por los toltecas para acallar el barullo mental y aprehender la realidad "tal como es".

Cualquier colega arqueólogo u antropólogo, de inmediato se dará cuenta que ese relato de la "Tensegridad tolteca" es una farsa. Que los pueblos mesoamericanos hayan usado los hongos alucinógenos y otras plantas para rituales chamánicos es una cosa, pero que eso haya perdurado en una danza supuestamente mística es algo muy diferente.

Carlos Castaneda falleció en 1998, pero antes de morir creó una empresa, Cleargreen, que se encarga de dar cursos de Tensegridad y sabiduría tolteca. Por su parte, hay otras personas que tomaron ese relato de la "Toltequidad" para crear sus propios negocios, como Antonio Velasco Piña y Miguel Ruiz.

Ahora resulta que la nieta de Castaneda demanda a la empresa de su abuelo, porque quiere enseñar libremente la Tensegridad, luego de que Cleargreen se lo prohibió al despedirla por razones desconocidas.

Como les cuento, esta historia me regresó a mi infancia, me recordó a mi abuela y mi tío, quienes se dedicaron seriamente durante décadas a practicar estas técnicas esotéricas con el único fin de conocerse mejor. Pero no puedo ignorar que este relato de Castaneda, su nieta, los toltecas, Cleargreen, el peyote y cosas parecidas, se comprende instantaneamente si seguimos una vieja regla del periodismo norteamericano: "follow the money".













18 de octubre de 2011

Miguel Angel Granados Chapa y sus recuerdos de Excélsior.

En octubre de 2006, yo corría de un lado para otro intentando terminar mi tesis doctoral, la cual trata sobre la historia del periódico Excélsior. Mi interés estaba en contar la historia de la empresa más que la del diario en sí, por lo que necesitaba conocer lo más posible el funcionamiento de esa compañía. Para lograrlo, tuve que entrevistar a diversas personas que trabajaron en Excélsior, y uno de ellos fue Miguel Angel Granados Chapa.
No fue fácil encontrarlo. El maestro Granados era una persona muy ocupada. Luego de varios intentos, pude al fin "cazarlo" en el Club de Periodistas de México, a dónde él había acudido para presentar la nueva edición de Los Periodistas, la novela-reportaje con la que Vicente Leñero estableció la "versión canónica" de lo ocurrido en Excélsior durante la dirección de Julio Scherer.
Recuerdo que el maestro hizo carcajear al público presente, al decirle que el edificio de Excélsior de Reforma 12 se estaba ladeando hacia la derecha, lo cual era totalmente congruente con la línea editorial del diario desde su fundación en 1917.
Al terminar la presentación me acerqué a saludarlo. Me dijo que me conocía y que sabía el trabajo que yo estaba realizando. Se llevó el dedo índice derecho a los labios, miró hacia arriba, y luego me dijo "lo espero en mi oficina a las diez de la mañana".
Allí estuve, en una cerrada que está paralela a Avenida Universidad. Me ofreció un café, platicamos sobre conocidos comunes, y fue muy amable conmigo al contarme un pedazo de su vida: su etapa en Excélsior entre 1966 y 1976.
El maestro Granados llegó a Excélsior por recomendación de un amigo suyo, quien le contó que había una vacante en la mesa de redacción. Fue recibido por una de las leyendas de ese diario: Víctor Velarde, uno de los jefes de información más importantes en la historia de Excélsior. Luego de un examen, Granados se convirtió en miembro del periódico. Durante dos años fue asalariado, hasta que en 1968 se convirtió en cooperativista. Eso hizo que su condición económica mejorara, y pasara de cobrar 4 mil pesos al mes a más del doble en 1970.
Para ese entonces, Excélsior había vivido una de sus mayores crisis, luego de la muerte de quienes lo sostuvieron por décadas: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. Gracias a ellos Excélsior se convirtió en una cooperativa, una empresa en la que todos los trabajadores son dueños, y como tal comparten los riesgos y las ganancias. Todos los cooperativistas tienen derecho de opinar sobre la marcha de su empresa. Sin embargo, en el caso de Excélsior, las opiniones al final no contaban: eran las decisiones de De Llano y Figueroa las que se materializaban.
Al morir estos dos personajes, la cooperativa tuvo que aprender a gobernarse a sí misma, pero no fue sencillo. En 1965 hubo un violento enfrentamiento entre dos grupos que querían mandar en el periódico. El grupo perdedor fue "expulsado" de Excélsior, pero siguieron presionando hasta la salida de Julio Scherer en 1976.
Muchos periodistas querían trabajar en Excélsior porque allí les pagaban bien, en comparación con otros medios. Además, siempre había la posibilidad de tener "trabajos extra", los cuales eran asignados arbitrariamente. La cooperativa había envejecido y no aceptaba fácilmente a nuevos miembros, como Granados.
Al principio, Julio Scherer se burlaba de él diciendole "el licenciado". Y es que hay que recordar que Granados estudió Derecho y Periodismo (y luego hizo estudios de doctorado en historia), en una época en la que la norma en las redacciones era, a lo más, haber terminado uno o dos semestres en la Universidad Nacional.
Cuando Scherer se convirtió en director de Excélsior, Granados se unió a él, a pesar de que había votado en su contra en las elecciones de 1968. Granados esperaba que Víctor Velarde fuera el director, pero a pesar del prestigio que tenía dentro del diario, perdió.
Con Scherer llegó una nueva generación a dirigir Excélsior: más críticos del Estado, pero también con vicios. Scherer sabía que contaba con la planta de reporteros más importante de México, pero también que muchos de ellos aceptaban sobornos y habían acumulado fortunas gracias a sus contactos políticos.
Un reportero promedio de Excélsior ganaba ocho mil pesos mensuales. Pero gracias a sus contactos, comisiones y negocios extra, esa cantidad podía fácilmente dispararse hasta los 75 mil.
Despedir a todos los reporteros por corruptos hubiera destruido a Excélsior. El único camino posible estaba en apartarlos gradualmente del periódico. Fue así como Carlos Denegri, el gran reportero de los años 40-60 comenzó a desaparecer, mientras que otros, muy jóvenes, encontraban su primera oportunidad en el diario comandado por Scherer.
Junto a Scherer había un "Estado mayor" que lo ayudaba a gobernar Excélsior. Vicente Leñero, Hero Rodríguez Toro, Alberto Ramírez de Aguilar, Manuel Becerra Acosta hijo, Regino Díaz Redondo y por supuesto el maestro Granados. Este grupo decidía sobre la integración de los consejos y comisiones de la cooperativa, pero tuvo que enfrentarse a otros enemigos, dentro y fuera de la empresa, lo que a la larga los desgastó.
Scherer se proponía "democratizar" a la cooperativa Excélsior, pero para ello primero debía transformar al periódico abriéndolo a las posturas políticas de la época. Sin embargo, ello provocó que sus relaciones con la iniciativa privada y la presidencia de la república se volvieran cada vez más tirantes.
Y eso que, el cambio en la línea editorial no provocó ninguna queja por parte de los lectores de Excélsior. A pesar de la posterior fama de la página editorial del diario (donde escribían -entre otros- Daniel Cosío Villegas, Jorge Ibargüengoitia, Ricardo Garibay, Marcos Moshinsky y Heberto Castillo) esa sección no era tan leída. Al público de Excélsior le interesan más los reportajes de color y las entrevistas.
Entre 1974 y 1975, quedó claro que Scherer no buscaría reelegirse como director de Excélsior, por lo que empezaron a formarse dos grupos: uno a favor de Regino Díaz Redondo y otro apoyando a Granados Chapa.
Siempre fue un misterio para el maestro Granados cómo pudo crecer Regino Díaz Redondo dentro de Excélsior. Le parecía un hombre sin capacidades sobresalientes, mal redactor, prepotente y entregado a distintas adicciones. Pero alguna vez, Scherer le explicó que para él, sobre todas esas fallas, estaba la lealtad que Díaz Redondo le había mostrado durante la crisis de 1965 y en la elección de 1968.
Scherer "empujó" a Díaz Redondo para que éste se convirtiera en presidente del Consejo de Administración de Excélsior, pero éste aprovechó la ola de rumores al interior de la empresa para hacerse de partidarios, con la intención de convertirse en el nuevo director general.
Granados (y otras personas) alertaron a Scherer sobre la inminente traición de Díaz Redondo, pero él no los escuchó.
El ocho de julio de 1976, el maestro Granados defendió a Julio Scherer cuando él tuvo que salir del edificio de Reforma 18, luego de que fue imposible exponer su postura ante la asamblea general de la cooperativa, y también al darse cuenta de que el presidente Luis Echeverría no lo apoyaría como sí hizo anteriormente. La imagen de Granados con el puño en alto y gritando "¡Scherer, Scherer"! mientras salían de Excélsior es reflejo de la tensión que se vivía en ese momento y también de las convicciones del maestro. Meses después de su salida, fundaron la revista política más importante del último cuarto del siglo XX mexicano: Proceso.
Granados colaboró un tiempo en esa primera etapa, pero pronto se retiró para seguir otros caminos. Regresaría a Proceso en los últimos años de su vida.
La última vez que platiqué con el maestro Granados fue en aeropuerto de Monterrey, donde yo estaba haciendo una estancia posdoctoral en el ITESM, y él había asistido a un coloquio organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Quedamos en volver a platicar (ahora sobre un proyecto distinto), pero desgraciadamente ya no pudo concretarse.
Por cierto, una de las pasiones del maestro Granados era la historia del periodismo. En 1994, el naciente periódico Reforma estuvo a punto de desaparecer porque la Unión de Voceadores decidió no vender más ejemplares del diario. En una reunión de alto nivel, los directores de Reforma conocieron una viejísima historia:
En 1932, luego de convertirse en cooperativa, el diario Excélsior también sufrió un boicot por parte de los voceadores. Lo único que se les ocurrió a los trabajadores del diario fue agarrar las pacas con los ejemplares y salir ellos a las calles a venderlos. Reporteros, columnistas, redactores y trabajadores de Excélsior se encargaron durante varias semanas de vender su periódico, para demostrarle a los voceadores y al público que eran capaces de todo por defender su trabajo.
Los directores de Reforma decidieron hacer lo mismo, y entre noviembre de 1994 y marzo de 1995, las calles más importantes de la Ciudad de México se llenaron de "neovoceadores". Muchos de ellos sólo eran lectores de Reforma, no tenían ninguna otra relación con el diario; pero no estaban dispuestos a permitir que su diario favorito desapareciera.
Siempre hay que tener presente al pasado: la persona que les contó esa historia a los dueños de Reforma fue Miguel Ángel Granados Chapa.

4 de octubre de 2011

El ejército norteamericano en México.


Tiempo es ya, mi querido lector, de darte a conocer la vida y costumbres de los invasores, mas para ello es preciso considerar a éstos en dos grupos: el de los jefes, oficiales y soldados del ejército regular, y el de los oficiales y soldados voluntarios. En primer grupo encontrábanse individuos que por su comportamiento en la guerra y el que observaron durante su estancia en la Capital demostraron su buena instrucción militar y, sobre todo, educación, contándose entre ellos jefes de alta graduación y muchos subalternos que, por sus méritos, obtuvieron más tarde en su nación, grandes honores y las más altas dignidades...

Notáronse como bien organizados los cuerpos de rifleros y los de artillería, dignos propiamente del ejército de una nación civilizada, por lo que hago de ellos, como de los oficiales a que me he referido, la mención que en mis apreciaciones creo justa. A estas cualidades se contraponían las de los oficiales voluntarios, pues muchos fueron los que se confundieron por sus desórdenes con la hez de sus subordinados, autorizando con su ejemplo actos inmorales, como los que tenían lugar en los salones de baile del callejón de Betlemitas, de la calle del Coliseo, frente al Teatro Principal, y del Hotel de la Bella Unión, no faltando quienes cometieran actos criminales, como el asalto de la casa de don Manuel Fernández, en la calle de la Palma, en defensa de la cual perdió la vida don Manuel Zorrilla; ya convirtiendo en cloacas inmundas las casas que ocupaban por haberse ausentado de ellas sus duerños, ya concurrido a las casas de juego toleradas por sus mismas autoridades.

Esa tolerancia fue en gran parte la causa de las expoliaciones y robos que pusieron a la población en un estado intranquilo, particularmente en las noches.

Los voluntarios constituían una soldadesca en la que estaban representadas todas las razas, desde la caucásica hasta la etíope y por consiguiente, eran también variables las inclinaciones y costumbres de los individuos. Hasta en los trajes existía diferencia con los soldados de los cuerpos regulares, pues éstos vestían, uniformemente, pantalón y chaqueta de paño azul y cachucha de hule, y los voluntarios usaban trajes variados y ridículos que consistían en pantalón bombacho o ajustado y bota fuerte, chaqueta, blusa o levita, verde, roja o indefinible color, y ceñida la cintura con una correa que sostenía a la vez, un pistolón de seis tiros y un gran cuchillo de monte; sombrero de fieltro, de palma o de petate, o bien a manera de chambergo o jarano; unos usaban barbas y otros no, por todo lo cual los tipos variaban hasta el infinito.

Existía en todos un rasgo extraño, un candor especial, mas no el que procede de la resultante de nobles sentimientos connaturales, sino de la ceguedad y de la confianza inherentes al bonachón, o como en nuestra tierra se llama, con más propiedad, a cada individuo de esa especie, un "Juan Lanas".

Común era en ellos el hábito de la embriaguez, y de este rasgo supieron aprovecharse nuestros léperos para cometer sus iniquidades, y las meretrices de la última ralea para explotarlos; mas como tales accidentes no les servían de enseñanza para precaverse del daño, mi calificación tiene en esa inocentada su primera prueba.

¡Cuán grande fue la amistad de los soldados con la hez del pueblo, y cuán cara les costó! pues a las borracheras que adquirían en tiendas, tabernas y pulquerías, seguían las pendencias y a éstas los asesinatos, lo que obligó a las autoridades yankees a reprimirlos por medio de severos castigos.

De un orden diverso aunque igualmente perjudicial para los soldados fue su amistad con las meretrices de ínfima clase y a las que ellos mismos dieron el nombre impropio de "Margaritas". En las reuniones con ellas dábase lugar a la comisión de escenas soeces e inmorales que, a veces, tenían por escenario los balcones del hotel La Bella Unión y por espectadora a la gentualla que, con burla las aplaudía...

En los bailes eran los voluntarios la imagen viva de la caricatura, tratando de imitar los bailes del pueblo. Cada cual tenía por compañera una Margarita y al ejemplo de ésta ejecutaba el jarabe, con el cuerpo descoyuntado y las piernas muy dobladas, y en fuerza del movimiento producido por el obligado zapateado, adquirían fuertes sacudidas las faldas del sombrero y el gran saco de provisiones que por medio de correas pendía de uno de sus hombros, aconteciendo con frecuencia que a sí mismo se diese zancadilla al pretender trenzar las piernas, toscamente aprisionadas en las botas fuertes.

En tanto que unos bailaban, otros mantenían plática con sus amores, y no digo sabrosa, porque era imposible que lo fuese, con aquellas meretrices a quienes el pueblo bajo daba el nombre de ciertos insectos de ocho pies, ni podía ser sabrosa una plática, sostenida en medio de ademanes y contorsiones, por monosílabos, o por algunas frases u oraciones en las que, como sujeto, aparecía un caso oblicuo del pronombre personal yo, verbo en infinitivo y por complemento un barbarismo, ejemplo: "mi querer osté".

No debe causar extrañeza que los soldados hablasen así, cuando los mismos oficiales, con su educación y todo, y como prueba del desdén con que todo norteamericano mira cualquier idioma que no sea el suyo, decía cada despropósito que cantaba el credo, y allá va uno de tantos. Ponderando un oficial la propensión al lujo que distinguía a las americanas y particularmente a las neoyorquinas, cándidamente decía que eran muy lujuriosas.

Como he manifestado, diversos eran los lugares establecidos para semejantes tertulias, pero el más concurrido era el de la Bella Unión, al que todo hijo de vecino podía concurrir, mediante la exhibición de dos pesos. Para tales bailes, las Margaritas abandonaban el zagalejo y el rebozo por los vestidos escotados, ahuecadores, cofias, moños y cintas, de todo lo que se proveía en las casas de empeño por cuenta de los empresarios, sin faltar los collares y pendientes de similor, efectos de tercera y cuarta mano, tan averiados como la inocencia y virtud de las que los usaban.

La plaza del mercado y puestos de verduras, los tendajones y los cafés improvisados en alguna puerta de no pocas tiendas de ultramarinos, eran los lugares a que asiduamente asistían los soldados y voluntarios, como que aquel mercado y aquellos puestos les proporcionaban, a bajo precio, coles, cebollas, nabos, tomates, zanahorias y cuantos frutos producían nuestras chinampas y campos de hortaliza, los que saboreaban crudos, con fruición tal, cual si gustasen de los manjares más delicados. Faltábales muchas veces el dinero o las ganas de satisfacer el precio del efecto comprado, y entonces se alzaban con este diciendo con el mayor cinismo "éste por mí".

He aquí, querido lector, otro rasgo de sublime candidez. Los cafés improvisados los proveían del desayuno, consistente en una taza de agua caliente por una cuartilla de real, pero lo raro del caso era, que muchos despreciaban el pan, y acompañaban cada sorbo del café aguado con un mordisco de cebolla, de nabo, de tomate o de zanahoria, y si algún azorado les mostraba admiración, ellos, como la cosa más natural del mundo, decían, mostrando el encendido tomate y meneando la cabeza: "¡Oh!, esto estar mocho bueno". Hay que advertir que eran tan dados en sus alocuciones a los infinitivos como a las interjecciones. De sus comidas, nada puedo decir porque no los ví a las horas del rancho, pero supongo, haciéndoles mucho favor, que aquellas eran mejores que los desayunos, atendiendo a las abundantes y suculentas raciones que les daban; sin embargo, se decía como cosa cierta que condimentaban las viandas y manjares con ruibarbo y muchas drogas, y hasta las mismas frutas, como el zapote, mamey y melón, no se escapaban del condimento de la mostaza. Con razón un amigo mío me decía, hace poco, que la comida yankee le sabía a tlapalería.

Andaban por las calles constantemente con la pipa en la boca o mascando tabaco de Virginia, que secretaba una sanguaza que escurriendo por las extremidades de aquella marcaba unos surcos a manera de pinceladas de barniz o belladona.

Otra práctica que llamaba mucho la atención era la observada en sus funerales. En donde quiera enterraban a sus muertos, en la Alameda, en los atrios de los templos, en el paseo, en el campo del Ejido, en San Lázaro y en los potreros, pues poco o nada les importaba que el lugar fuese o no sagrado. Para conducción de un cadáver al campo mortuorio, la comitiva guardaba el siguiente orden: por delante iban unos cuantos músicos tocando una marcha desentonada y desabrida, que más tenía de fúnebre por su desbarajuste que por su ritmo; a los músicos seguía un pelotón de soldados con las armas terciadas, luego un carro grande de transporte con su toldo de lona armado en aros de madera y en ese carro iba el cajón con el cadáver; a continuación el caballo del difunto conducido de la brida por un soldado, y a lo último los asistentes al entierro, militares pero sin armas. Según el rito de la religión que en vida había profesado el difunto, era la ceremonia con sacerdote o sin él. en este caso un oficial era el que rezaba o leía en vez del dicho sacerdote una oración, concluida la cual echaba una palada de tierra en la fosa, y a su ejemplo hacían lo mismo los asistentes, quienes durante toda la ceremonia habían permanecido con la cachucha en la mano. Los soldados hacían tres descargas seguidas y todos se retiraban. Los cadáveres de los que en vida no habían pertenecido a religión alguna eran enterrados sin ceremonia.

Cuando andaban en formación por las calles para renovar sus guardias o por cualquier otro motivo, veíaseles siempre acompañados de música que ejecutaba la canción favorita del "Yankee Doodle"

Memorias de la guerra de 1847 de Antonio García Cubas, en "El libro de mis recuerdos"

27 de septiembre de 2011

En la opinión de Don Porfirio...

¿Qué pensaba Porfirio Díaz de sus gobernados? dicen que a veces un sólo gesto pinta de cuerpo entero a una persona. Veamos dos comentarios hechos por el general sobre el pueblo que lo siguió como su caudillo hasta 1911. El primer comentario se lo hizo a Francisco Bulnes:

"Los mexicanos están contentos con comer desordenadamente antojitos, levantarse tarde, ser empleados públicos con padrinos de influencia, asistir a su trabajo sin puntualidad, enfermarse con frecuencia y obtener licencias con goce de sueldo, no faltar a las corridas de toros, divertirse sin cesar, tener la decoración de las instituciones mejor que las instituciones sin decoración, casarse muy jóvenes y tener hijos a pasto, gastar más de lo que ganan y endrogarse con los usureros para hacer 'posadas' y fiestas onomásticas. Los padres de familia que tienen muchos hijos son los más fieles servidores del gobierno, por su miedo a la miseria; a eso es a lo que tienen miedo los mexicanos de las clases directivas: a la miseria, no a la opresión, no al servilismo, no a la tiranía; a la falta de pan, de casa y de vestido y a la dura necesidad de no comer o sacrificar su pereza"

El segundo comentario surgió durante la entrevista con James Creelman:

"Todo se reduce a un estudio de lo individual. Es lo mismo en todos los países. El individuo que apoya a su gobierno en paz o en guerra tiene algún motivo personal. La ambición puede ser buena o mala, pero no es, en el fondo, más que una ambición personal. El principio de un gobierno verdadero es descubrir cuál es ese motivo y el gobernante nato debe buscar, no para extinguir, sino para regular, la ambición individual. Yo he tratado de seguir esta regla en mis relaciones con mis compatriotas, quienes son por naturaleza amables y afectuosos y que siguen con más frecuencia los dictados de su corazón que los de su cabeza. He tratado de descubrir qué es lo que el individuo quiere. Aun de su adoración a Dios un hombre espera algo a cambio y ¿cómo un gobierno humano espera obtener algo más grande de su organización?"


Creo que el viejo general conocía a sus paisanos. ¿Habremos cambiado en más de cien años?

22 de septiembre de 2011

"México independiente: 30 años de crisis para construir una nación (1824-1854)"


En 1824, México estuvo a punto de desaparecer. Luego del fracaso del proyecto imperial, varias provincias pensaron seriamente en la posibilidad de convertirse en naciones independientes. Fue a través de una ardua negociación que México pudo sobrevivir en lugar de seguir el camino de los países centroamericanos. Sin embargo, ese fue sólo el inicio de tres décadas en las que la existencia nacional pendió de un hilo, entre los anhelos separatistas, la debilidad de los gobiernos centrales y las ambiciones territoriales de otros países. Entre 1824 y 1854, una generación que nació y murió en dos países y un mismo territorio vio cómo el sueño de construir la mayor potencia del planeta era destruido por ellos mismos, debido a sus limitaciones y también a sus ambiciones personales. México vivía en un limbo, entre las tradiciones políticas virreinales que se negaban a morir y las nuevas prácticas republicanas que aún no existían del todo. El resultado fue una época de caos, en donde, como dijo un intelectual de esa época: "Veracruz es el lugar más bonito de México, porque es por ahí por donde se sale de él".
Los espero en mi nuevo diplomado sobre México Independiente, en el Centro de Cultura Casa Lamm. ¡Empezamos el próximo 27 de octubre!

15 de septiembre de 2011

La Independencia en 27 fáciles lecciones


Estoy seguro de que ya estás listo (o lista) para celebrar el aniversario 201 del inicio de la Revolución de Independencia. Las cervezas y otras bebidas alcohólicas estarán en su punto, las tostadas de pata, los pambazos, los sopes, el pozole y otros guisos ya esperan a tus invitados, tienes en tu iPod la música perfecta para acompañar la fiesta (desde el Huapango de Moncayo hasta el "Mariachi loco") y tienes un montón de banderas, serpentinas, cornetas, huevos con confeti, sombreros y hasta bigotes para gritar como enajenado(a) cuando transmitan la ceremonia del grito.
Sin embargo, y antes de que los excesos lo impidan, revisemos brevemente de qué se trató eso llamado Guerra de Independencia. Por lo menos para que tengas más claro por qué debemos rendir homenaje a esos héroes que ofrendaron su vida para que tengamos puentes.

1. entre 1521 y 1821 este país se llamó "Reino de la Nueva España" y formaba parte de una misma nación con la península hispanica. O sea, todos éramos españoles, sin importar dónde hubiéramos nacido.

2. en esos 300 años el mestizaje provocó que surgiera una nueva nación, que se sentía dueña de esta tierra y que creía que no era una colonia europea, sino un reino con los mismos derechos que Castilla, Navarra, Aragón o Napoles, (los cuales formaban el Imperio Español).

3. A partir de 1760, la situación cambió. La Casa de Borbón se adueñó del Imperio español y aplicó una serie de medidas para modernizarlo. En México redistribuyó el territorio, cobró nuevos impuestos, y trajo a muchísimos funcionarios españoles que manejaban a Nueva España a su antojo, lo que enojó a los que habían nacido aquí (y que llamaremos criollos).

4. en 1808, el francesito (porque era de baja estatura) Napoleón Bonaparte, invadió España. Cuando en México se enteraron, una parte de los criollos (que ya estaban hartos de ser gobernados desde Madrid) armaron un complot para independizarse de la metrópoli, pero sin violencia. un grupo de españoles que vivían en la Ciudad de México se les adelantaron, apresaron al virrey (que no veía con malos ojos ese primer intento independentista) y acabaron con sangre ese movimiento.

5. al fracasar el movimiento de 1808, por todo el país surgieron grupos que conspiraron para obtener, por la mala, lo que no se había logrado por la buena. El capitan Ignacio Allende, junto con el corregidor Miguel Domínguez y su esposa, organizaron un complot e invitaron a un cura muy famoso en la región del Bajío llamado Miguel Hidalgo.

6. el complot fue descubierto, por lo que Hidalgo y Allende apresuraron su levantamiento. No sabemos a ciencia cierta qué le dijo Hidalgo a sus feligreses en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, pero en algunas crónicas consta que les pidió que lo siguieran para defender al Rey de España que en ese momento era preso de los franceses (otros autores lo niegan). Pero al final de su arenga, el padre Hidalgo les dijo: "¡a los que me sigan a caballo les regalaré un peso, y a los que vengan a pie les daré un tostón!".

7.la campaña de Hidalgo duró hasta 1811, cuando fue apresado por los realistas y fusilado en Chihuahua. Antes de eso hizo cosas espléndidas, como declarar la independencia de la América (no usó nunca la palabra "México"), abolir la esclavitud, y otras horribles como permitir la matanza de inocentes en la alhóndiga de Granaditas en Guanajuato, y la de españoles que tenía secuestrados en la Ciudad de Guadalajara. Alguien diría que no se puede hacer una omelette sin romper muchos huevos...

8. el heredero de la lucha de Hidalgo fue un alumno suyo (y también cura) llamado José María Morelos. A diferencia de Hidalgo, Morelos se preocupó por crear un verdadero ejército, en lugar de simplemente levantar a las masas. Fue un genio militar que tuvo a raya al ejército realista y un político muy sensible a las necesidades del pueblo novohispano.

9. Morelos se planteó la necesidad de independizar a México de España, de crear un congreso, una constitución, un poder ejecutivo, que la ley sirviera para moderar los vicios de los ciudadanos y alentar sus virtudes. También estableció que los días 16 de septiembre y 12 de diciembre deberían celebrarse en todo el Septentrión (otro nombre usado en ese entonces para llamar a nuestro país).

10. Morelos fue fusilado en 1815, luego de que se convirtió en el guardaespaldas del Congreso Legislativo que él había ayudado a fundar. Congreso que desapareció cuando murió el gran caudillo.

11. Entre 1815 y 1820, el movimiento independentista casi desapareció. Se concentró en el sur, en forma de guerrillas. Tuvo líderes importantes, como Juan Alvarez, Nicolás y Miguel Bravo, Vicente Guerrero y el español Francisco Xavier Mina. Inclusive surgió una sociedad secreta, llamada "Los Guadalupes", que les ayudaba consiguiéndoles dinero y armas. Sin embargo, estas guerrillas nunca fueron tan importantes como los ejércitos de Hidalgo y Morelos.

12.durante la guerra, la economía fue casi destrozada. Las haciendas eran atacadas por insurgentes, realistas y bandidos. La producción de plata (uno de los grandes negocios del virreinato) decayó debido a que era muy difícil importar insumos para su producción.

13. conforme transcurrió la guerra, comenzaron a surgir caudillos regionales, que en su mayoría eran también parte del ejército realista. Estos caudillos manejaban sus regiones a su antojo, cobraban sus propios impuestos e imponían su ley.

14. mientras tanto, España había logrado deshacerse de los franceses y gobernaba Fernando VII. Sin embargo, un movimiento liberal había promulgado en 1812 una constitución en el puerto de Cadiz, que limitaba el poder del rey y buscaba modernizar a España. Fernando VII pudo abolir la constitución durante varios años, pero en 1820 los liberales españoles lo obligaron a restaurarla.

15.en México, la Constitución de Cadiz fue jurada (y por eso tenemos una "Plaza de la Constitución"), pero para la élite novohispana era un documento sacrílego, que afectaba los derechos de la Iglesia y del ejército realista. Al serles imposible rechazar la constitución, y viendo que España tenía demasiados problemas, creyeron que había llegado el momento justo para separar a las dos naciones.

16. Estos "nuevos independentistas" buscaron un líder que los dirigiera, y lo encontraron en el coronel Agustín de Iturbide. Un militar criollo que conoció a Hidalgo (y había peleado contra él), que era famoso por su crueldad en el campo de batalla, por su gusto por el juego y por ser muy carismático entre sus tropas.

17. Iturbide aceptó la oferta de esos independentistas, pero pronto los traicionó para dirigir el movimiento él solo. Buscó a los caciques regionales para obtener su apoyo, ofreciéndoles un plan para unir a todos los novohispanos y consumar la independencia de una vez por todas.

18. el plan de Iturbide ofrecía tres cosas: la separación total de España, la unión de todos los miembros de este nuevo país, y defender la religión católica para que sirviera como aglutinante de los mexicanos.

19. Iturbide pactó con uno de los últimos caudillos insurgentes y sucesor de Morelos: Vicente Guerrero. A este hecho se le conoce como "abrazo de Acatempan", aunque algunos historiadores aseguran que abrazo, abrazo, nunca se dieron. Especialmente porque las tropas de Guerrero estaban enfermas de vitiligo (les decían "los pintos") y estaban en una pobreza absoluta.

20.la guerrilla independentista se unió a la fracción del ejército realista que comandaba Iturbide (a la cual se estaban agregando militares de otras regiones), y formaron un nuevo ejército, llamado "Trigarante".

21. Algunas tropas realistas se rehusaron a unirse a este nuevo ejército. La fortaleza de San Juan de Ulúa, frente al puerto de Veracruz, fue bastión español durante muchos años, pero la mayoría de los españoles e insurgentes vieron en el plan de Iturbide la salida perfecta a una guerra que había destrozado a la que fue la joya del Imperio Español.

22. en agosto de 1821 llegó a México el último virrey de la Nueva España: Juan de O´Donojú. Al ver la situación perdida, prefirió pactar la rendición con Iturbide. En la Ciudad de Córdoba firmaron un tratado en el que España reconocía la independencia mexicana y le ofrecía enviarle un príncipe para gobernar al nuevo país, que a partir de entonces sería conocido como "Imperio Mexicano".

23. Sin embargo, cuando el famoso tratado llegó a Madrid, las cortes lo rechazaron y Fernando VII exigió a México que se dejara de independencias y volviera a formar parte del Imperio Español. México se negó, lo que dio inicio a una serie de décadas muy oscuras, en las que nuestro país vivió en bancarrota, con golpes de Estado, invasiones extranjeras y el riesgo constante de desaparecer como nación.

24. el 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante se reunió en el Bosque de Chapultepec y marchó hacia la Ciudad de México, la cual los esperaba totalmente engalanada, lista para una gran fiesta. Semanas antes se organizó una colecta para comprarle uniformes al nuevo ejército mexicano. Iturbide desfiló al frente de sus tropas vestido de civil, y Vicente Guerrero venía muy atrás.

25. luego del desfile, Iturbide dio un discurso en el que le decía a los mexicanos que la Independencia al fin se había conseguido, que el 27 de septiembre era un día de gloria y alegría pues al fin terminaban las rencillas entre hermanos, que él ya había señalado a la nación el modo de ser libre, y ahora le correspondía a ella establecer cómo debían ser felices. Al final del discurso, sólo le pedía a la nación que le permitiera irse a su casa para vivir en paz, junto a su familia, y sólo pedía a cambio que, de tiempo en tiempo, lo recordaran con cariño.

26. no hubo una guerra de independencia, sino varios movimientos: el de 1808, el de Hidalgo, el de Morelos, las guerrillas y el plan de Iturbide. Cada uno con intereses que no siempre coincidían, pero que a final llevaron al surgimiento de una nueva nación.

27. Después de todo lo anterior. ¿Vale la pena celebrar el inicio de la Revolución de Independencia? cada quién tendrá su respuesta. La mía es muy clara: sí. Y lo vale tanto por lo ocurrido, como por todo lo bueno que ha pasado en este territorio desde que somos una nación independiente. ¡Viva México!

30 de agosto de 2011

Gustavo, el malo; era muy malo...


Entre muchas otras linduras, nuestra clase política es ágrafa. No les gusta leer (aunque siempre presuman de que "están releyendo el Quijote") y mucho menos escriben sus memorias. Es una lástima, ya que, a pesar de que tenemos las biografías políticas de José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Jesús Silva Herzog y muchos otros, nuestro panorama biográfico está muy incompleto. Nos falta, por mencionar un sólo ejemplo, una gran biografía sobre Adolfo López Mateos, que nos explique si es verdad que era guatemalteco y que nunca se tituló como licenciado en derecho.
Por otro lado, si los políticos no escriben sus memorias, los historiadores hemos despreciado el género biográfico durante varias décadas. Los "hijos de Clío" (no es una cantina) hemos sido educados para enfocarnos en estudios de caso, y eso de investigar la vida de una persona nos parece muy "positivista", algo que, creo, es un error.
Yo les confieso que espero algún día dedicarme a escribir biografías, ¡siempre y cuando termine primero esos libros que tienen años esperándome! -perdón por el momento catártico.
Si los políticos y los historiadores han decidido alejarse de la biografía, a su rescate vienen los novelistas. Muchos han escrito obras sobre la vida de diversos personajes; allí está La noche de Angeles, de Ignacio Solares; La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán; Juárez, el rostro de piedra, de Eduardo Antonio Parra; y mi novela biográfica favorita: El seductor de la patria; de Enrique Serna.
El novelista tiene mayor espacio que el historiador para imaginarse escenas imposibles de comprobar documentalmente. Hay que decir que los historiadores también nos imaginamos muchas cosas, puesto que no lo podemos saber todo. "Allí donde es imposible asegurar, se impone sugerir", decía Marc Bloch. La diferencia entre historiadores y novelistas estaría en cuánto pueden sugerir los primeros.
Todo esto viene a mi mente, porque acabo de leer una gran novela, aunque me deje muchas dudas en su parte histórica: Díaz Ordaz. Disparos en la oscuridad; de Fabrizio Mejía Madrid.
Si alguien comparte el infierno con Antonio López de Santa Anna, ese es Gustavo Díaz Ordaz. A pesar de que fue un presidente que mantuvo la economía y el crecimiento estables, que repartió mucha tierra a los campesinos y que libró a América Latina de armas nucleares, una sola palabra lo condena a las tinieblas: Tlatelolco.
Como muchos otros personajes, no tenemos una gran biografía de Gustavo Díaz Ordaz. Sus memorias siguen retenidas por su familia, quien sólo le prestó una parte a Enrique Krauze para que escribiera uno de los capítulos de su libro La Presidencia Imperial.
Si tuvieramos esas memorias, podríamos entender mucho más sobre Gustavo Díaz Ordaz. A falta de ellas, debemos conformarnos con las fuentes indirectas que nos ayuden a explicarnos a este personaje .
Mejía Madrid hace un relato de la vida del expresidente, tomando como base el año de 1977, cuando Díaz Ordaz fue enviado como primer embajador mexicano ante el Reino de España, luego de la muerte de Francisco Franco. Díaz Ordaz permaneció sólo unos días en Madrid, ya que "aventó" la embajada, y regresó a México, donde murió dos años después.
En su relato, Mejía Madrid nos muestra un ser profundamente torturado, que por el azar (y su empeño) logró subir hasta convertirse en presidente de la república. Díaz Ordaz nació en Puebla en 1911
(aunque, en este libro Mejía Madrid dice que eso es falso), en una familia porfirista venida a menos. La Revolución los lanzó a Oaxaca, donde la pobreza los obligó a vivir como arrimados en la casa de un pariente. Años más tarde, Díaz Ordaz regresó a Puebla a estudiar Derecho, y poco a poco se involucró con la clase política de la zona, lidereada por esa figura mítica (y tenebrosa) llamada Maximino Avila Camacho.
Díaz Ordaz tuvo diversos cargos públicos, entre ellos fue diputado, senador, Secretario de Gobernación, y en 1964 Presidente de la República.
A lo largo del texto, Mejía Madrid nos muestra a un Díaz Ordaz forjado en el horror, el complejo de inferioridad (transformado en profunda arrogancia) y el autoritarismo. Desde muy joven aprende que la inconformidad debe ser reprimida, y comienza un largo camino aplastando movimientos en contra del sistema, hasta llegar a la gran matanza del dos de octubre de 1968.
La megalomanía de Díaz Ordaz llega a niveles de locura, hasta el punto que tiene que inventarse enemigos para mantener ese nivel de tensión que lo llevó hasta la presidencia de la república, y que al final lo carcome hasta la muerte.
Si bien es una novela, y por ello no precisa notas a pie de página, me parece que a este libro le falta un apartado en donde el autor explique cómo nació esta obra, los obstáculos a los que se enfrentó, y fundamentalmente las fuentes que consultó.
Ese apartado sería muy útil para entender la manera en que construyó a este personaje, ya que el libro tiene un gran problema: nos muestra un ser tan, pero tan malo, que termina siendo una caricatura.
Cuando no hay un balance entre las caras que tiene un personaje -histórico o novelístico- éste rápidamente se convierte en una burla. El Díaz Ordaz de Mejía Madrid es muy burdo: todo en él es dolor y rabia. No hay espacio para la reflexión o para otras cosas que pudo haber vivido en la realidad este presidente.
Y es que, desde el principio, la novela está hecha con odio; tal como señala Elena Poniatowska en su comentario al libro.
Hay dos puntos más que, creo yo, merecían un mayor espacio en la obra de Mejía Madrid: primero, la nominación presidencial. Es cierto que, ante las migrañas de Adolfo López Mateos, era Díaz Ordaz quien tomaba muchas decisiones, pero ¿acaso no lo cimbró el hecho de saber que sería el próximo presidente de la república? la descripción que hace Mejía Madrid es muy somera, como si fuera algo sin importancia.
Y el segundo caso: Tlatelolco. Luego de contarnos como Díaz Ordaz "provocó" todo el conflicto -al azuzar a los estudiantes, al enviar golpeadores y al ejército; y por último al preparar con el Estado Mayor Presidencial la matanza del dos de octubre- el relato termina con el Secretario de la Defensa Nacional rompiendo unas hojas que contenían un proyecto de decreto para suspender las garantías individuales en todo el país. Eso equivale -para decirlo claramente- a un golpe de Estado planeado desde la Presidencia de la República, el cual habría sido detenido por el Ejército Mexicano. ¿No merecía una mayor explicación por parte del autor?
Díaz Ordaz. Disparos en la oscuridad, es una novela muy interesante. Ojalá en sus próximas ediciones incluya algún comentario por parte de su autor, ya que necesitamos obras que nos ayuden a comprender a estos personajes, en lugar de quedarnos sólo en el juicio fácil. Gustavo Díaz Ordaz pudo ser muy malo, eso ya lo sabemos, ¿podremos entenderlo a él y al país que le tocó vivir?

25 de agosto de 2011

Sol de Monterrey...


No cabe duda: de niño
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante
y el sol, mi escudero.)

Todo el cielo era de añil;
toda la casa, de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Más adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh, cuánto me pesa el sol!
¡Oh, cuándo me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana-
Cada ventana era sol,
cada cuarto eran ventanas.

Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.

Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
-¡ya llevas sol para rato!-
Es tesoro -y no se acaba:
no se me acaba -y lo gasto,
traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.-
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

Alfonso Reyes.

16 de agosto de 2011

Hidalgo y su primera proclama


La semana pasada fue presentado el libro Hidalgo, maestro, párroco e insurgente. Este libro, escrito por el historiador Carlos Herrejón, promete ser la mejor biografía jamás realizada sobre el cura de dolores. Herrejón, miembro de El Colegio de Michoacán, es uno de los mayores conocedores de la Independencia de México, y seguramente su nuevo libro nos permitirá entender mejor a uno de los personajes más interesantes (y complejos) de nuestra historia.
Queda la promesa de reseñar próximamente el libro en este blog. Por lo pronto (y para calentar ánimos), los dejó con un documento del padre Hidalgo: es una de las primeras proclamas que lanzó el ejército independentista, semanas después de haber salido del pueblo de Dolores.

El día 16 de septiembre de 1810, verificamos los criollos en el pueblo de Dolores y villa de San Miguel el Grande, la memorable y gloriosa acción de dar principio a nuestra santa libertad poniendo presos a los gachupines, quienes para mantener su dominio y que siguiéramos en la ignominiosa esclavitud que hemos sufrido por trescientos años, habían determinado entregar este Reino Cristiano, al hereje Rey de Inglaterra, con [lo] que perdíamos nuestra Santa Fe Católica, perdíamos a nuestro Legítimo Rey Don Fernando Séptimo, y que estábamos en peor y más dura esclavitud.

Por tan sagrados motivos, nos resolvimos los criollos a dar principio a nuestra sagrada redención, pero bajo los términos más humanos y equitativos, poniendo el mayor cuidado para que no se derramara una sola gota de sangre, ni que el Dios de los Ejércitos fuera ofendido.

Se hizo, pues, la prisión, conforme a los sentimientos de la humanidad que nos habíamos propuesto; sin embargo, de que el vulgo ciego saqueó una tienda, sin poder[se] contener ese hecho tan feo y que estábamos sumamente adoloridos.

Se prendieron a todos, menos a los señores sacerdotes gachupines; se pusieron en una casa cómoda y decente todos los presos, y se les está atendiendo en los caminos en donde andan con nuestro Ejército, en cuanto es posible, para su descanso y comodidad.

Este ha sido el suceso; y nuestros enemigos quieren pintarlo con negros colores en horror e inequidad, con el fin de atraer a su partido a nuestros propios hermanos criollos, con el detestable pensamiento de que nos destruyamos y matemos criollos con criollos, oprimiéndonos con su dominio y quitándonos nuestra sustancia y libertad.

Pero, ¿qué criollo por malo que sea, ha de querer exponer su vida contra sus hermanos, sin esperanza alguna más, de seguir al cautiverio, quizá peor del que hasta aquí hemos tenido?

Nuestra causa es santísima, y por eso estamos todos prontos a dar nuestras vidas.

¡Viva nuestra Santa Fe Católica!

¡Viva nuestro amado Soberano el Señor Don Fernando Séptimo, y vivan nuestros derechos, que Dios [y] la naturaleza nos han dado!

Pidamos a su Majestad Divina la victoria de nuestras armas, y cooperemos a la buena causa con nuestras personas, con nuestros arbitrios, y con nuestros influjos, para que el Dios Omnipotente sea alabado en estos dominios, y que ¡viva la Fe Cristiana y muera el mal Gobierno!