16 de septiembre de 2016

Las lecciones que nos dejó la revolución de independencia.

Miguel Hidalgo y la Independencia nacional forman parte de uno de los episodios más conocidos de nuestra historia; por lo menos si tomamos en cuenta la cantidad de gente que sale cada noche del 15 de septiembre a divertirse y a gritarle vivas a este país. Pero este acontecimiento puede servirnos también para extraer lecciones que nos servirían para mejorar al México de 2016. Es cierto que las circunstancias que vivía este territorio hace más de 200 años eran muy distintas a las que tenemos ahora, pero también es verdad que muchas de esas características se mantienen hasta el día de hoy y al final, los seres humanos somos los protagonistas de la historia; y nosotros no hemos cambiado mucho a pesar del paso del tiempo: seguimos apresados por nuestros miedos y nuestras pasiones.

¿Cuáles son entonces las lecciones que hoy podemos aprender de nuestra revolución de independencia? Yo considero que las más importantes son las siguientes:

El exterior siempre ha influido en nuestra historia: Si bien recordamos la rebelión de Hidalgo como el punto de inicio de nuestra revolución de independencia, en realidad el verdadero inicio ocurrió dos años antes, en 1808. En ese año España fue invadida por las tropas de Napoleón Bonaparte, quien pretendía extender su imperio por la península hispánica y las colonias americanas. Cuando la Casa de Borbón (los gobernantes de España) perdió la corona, en América comenzó una grave crisis política porque ya no había un rey legítimo.

El dinero siempre es importante: Al inicio de la revolución de independencia Nueva España tenía serios problemas económicos. Para algunos autores como Carlos Marichal estaba de plano quebrada. Resulta que España a través de una serie de reformas administrativas conocidas como Reformas Borbónicas se dedicó a extraer capitales de sus colonias (especialmente de México) para pagar sus gastos en Europa. Entre 1790 y 1820 la Corona extrajo de Nueva España cerca de 250 millones de pesos en plata, más del 90% de la producción total.
A esto hay que sumarle una serie de nuevos impuestos y préstamos forzosos que afectaban especialmente a los pequeños granjeros y a las comunidades indígenas. El enojo entre los novohispanos era muy grande y también por eso una de las promesas de Hidalgo al comenzar su rebelión fue que terminaría con todos esos tributos.

Una sociedad dividida es muy débil: Nueva España no era una nación; era parte de un imperio más grande y a su interior estaba dividida en una serie de grupos raciales y económicos: españoles, criollos (americanos hijos de españoles), indígenas y el enorme grupo de mestizos en el que también había africanos y asiáticos. La Revolución de Independencia no fue entonces una guerra entre mexicanos y españoles para empezar porque no existía todavía un país llamado México. Para los novohispanos la patria era la Corona, pero no había una identificación clara entre un habitante de las provincias internas (hoy la zona norte de México), las intendencias del centro y la intendencia de Mérida (hoy península de Yucatán).

Nunca hay que ignorar a los símbolos y líderes populares: Esa sociedad dividida que no se identificaba como un solo país se unió por valores y líderes comunes. La religión fue fundamental para lograrlo. La virgen de Guadalupe se convirtió en el símbolo de los insurgentes y la de Los Remedios de los realistas. A los insurgentes también los unió un mensaje de esperanza (“dejaremos de pagar tributos”, “acabará la pobreza”, “la burocracia virreinal dejará de explotarnos”) y a los realistas los unió el miedo al caos (“Hidalgo quiere coronarse rey”, “matará a todos los leales a la Corona”, “es un traidor justo cuando deberíamos defender a España del ataque de Napoleón”).
En esa revolución fueron muy importantes los líderes del pueblo, y algunos de ellos fueron sacerdotes como Hidalgo, Morelos y Santiago Matamoros; pero también hubo bandoleros como Chito Villagrán, funcionarios como Miguel Domínguez y mujeres como Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez. Hasta existió una sociedad secreta “Los Guadalupes” formada por abogados y pequeños empresarios que con sus contactos en el gobierno virreinal conseguían información y recursos para ayudar a Morelos a seguir su lucha en el sur.

Las revoluciones pueden tener diferentes proyectos políticos y terminar de forma muy parecida a como empezaron: Hidalgo quería al principio defender los derechos de Fernando VII y acabar con la opresión que sufrían indígenas y criollos por parte de la burocracia virreinal. El cura Morelos intentó independizar a Nueva España, convertirla en una república parlamentaria y proteger a los más pobres. Iturbide por su parte decidió crear un imperio en el que todos sus habitantes tuvieran los mismos derechos y fueran católicos. Pero fue hasta 1824, a tres años de ocurrida la independencia, que este país se convirtió en una república federal que comenzó un largo y difícil camino para asegurar el bienestar de todos sus habitantes. Algo que a casi 200 años de la consumación de la independencia todavía no hemos logrado.

Ver nuestro pasado puede darnos importantes lecciones para nuestro presente, y además eso sirve para que lo vivido ayer vuelva a ser importante y tengamos claro de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. 

Una última lección que nos deja la revolución de independencia: por cada personaje histórico de existencia o comportamiento dudoso tenemos a miles de mexicanos oscuros pero muy valientes que no se acobardaron ante las circunstancias y lo dieron todo (en muchas ocasiones hasta sus vidas) para que este país mejorara. Todos ellos merecen, como dice nuestro himno nacional "un recuerdo de gloria y un sepulcro de honor"