4 de octubre de 2011

El ejército norteamericano en México.


Tiempo es ya, mi querido lector, de darte a conocer la vida y costumbres de los invasores, mas para ello es preciso considerar a éstos en dos grupos: el de los jefes, oficiales y soldados del ejército regular, y el de los oficiales y soldados voluntarios. En primer grupo encontrábanse individuos que por su comportamiento en la guerra y el que observaron durante su estancia en la Capital demostraron su buena instrucción militar y, sobre todo, educación, contándose entre ellos jefes de alta graduación y muchos subalternos que, por sus méritos, obtuvieron más tarde en su nación, grandes honores y las más altas dignidades...

Notáronse como bien organizados los cuerpos de rifleros y los de artillería, dignos propiamente del ejército de una nación civilizada, por lo que hago de ellos, como de los oficiales a que me he referido, la mención que en mis apreciaciones creo justa. A estas cualidades se contraponían las de los oficiales voluntarios, pues muchos fueron los que se confundieron por sus desórdenes con la hez de sus subordinados, autorizando con su ejemplo actos inmorales, como los que tenían lugar en los salones de baile del callejón de Betlemitas, de la calle del Coliseo, frente al Teatro Principal, y del Hotel de la Bella Unión, no faltando quienes cometieran actos criminales, como el asalto de la casa de don Manuel Fernández, en la calle de la Palma, en defensa de la cual perdió la vida don Manuel Zorrilla; ya convirtiendo en cloacas inmundas las casas que ocupaban por haberse ausentado de ellas sus duerños, ya concurrido a las casas de juego toleradas por sus mismas autoridades.

Esa tolerancia fue en gran parte la causa de las expoliaciones y robos que pusieron a la población en un estado intranquilo, particularmente en las noches.

Los voluntarios constituían una soldadesca en la que estaban representadas todas las razas, desde la caucásica hasta la etíope y por consiguiente, eran también variables las inclinaciones y costumbres de los individuos. Hasta en los trajes existía diferencia con los soldados de los cuerpos regulares, pues éstos vestían, uniformemente, pantalón y chaqueta de paño azul y cachucha de hule, y los voluntarios usaban trajes variados y ridículos que consistían en pantalón bombacho o ajustado y bota fuerte, chaqueta, blusa o levita, verde, roja o indefinible color, y ceñida la cintura con una correa que sostenía a la vez, un pistolón de seis tiros y un gran cuchillo de monte; sombrero de fieltro, de palma o de petate, o bien a manera de chambergo o jarano; unos usaban barbas y otros no, por todo lo cual los tipos variaban hasta el infinito.

Existía en todos un rasgo extraño, un candor especial, mas no el que procede de la resultante de nobles sentimientos connaturales, sino de la ceguedad y de la confianza inherentes al bonachón, o como en nuestra tierra se llama, con más propiedad, a cada individuo de esa especie, un "Juan Lanas".

Común era en ellos el hábito de la embriaguez, y de este rasgo supieron aprovecharse nuestros léperos para cometer sus iniquidades, y las meretrices de la última ralea para explotarlos; mas como tales accidentes no les servían de enseñanza para precaverse del daño, mi calificación tiene en esa inocentada su primera prueba.

¡Cuán grande fue la amistad de los soldados con la hez del pueblo, y cuán cara les costó! pues a las borracheras que adquirían en tiendas, tabernas y pulquerías, seguían las pendencias y a éstas los asesinatos, lo que obligó a las autoridades yankees a reprimirlos por medio de severos castigos.

De un orden diverso aunque igualmente perjudicial para los soldados fue su amistad con las meretrices de ínfima clase y a las que ellos mismos dieron el nombre impropio de "Margaritas". En las reuniones con ellas dábase lugar a la comisión de escenas soeces e inmorales que, a veces, tenían por escenario los balcones del hotel La Bella Unión y por espectadora a la gentualla que, con burla las aplaudía...

En los bailes eran los voluntarios la imagen viva de la caricatura, tratando de imitar los bailes del pueblo. Cada cual tenía por compañera una Margarita y al ejemplo de ésta ejecutaba el jarabe, con el cuerpo descoyuntado y las piernas muy dobladas, y en fuerza del movimiento producido por el obligado zapateado, adquirían fuertes sacudidas las faldas del sombrero y el gran saco de provisiones que por medio de correas pendía de uno de sus hombros, aconteciendo con frecuencia que a sí mismo se diese zancadilla al pretender trenzar las piernas, toscamente aprisionadas en las botas fuertes.

En tanto que unos bailaban, otros mantenían plática con sus amores, y no digo sabrosa, porque era imposible que lo fuese, con aquellas meretrices a quienes el pueblo bajo daba el nombre de ciertos insectos de ocho pies, ni podía ser sabrosa una plática, sostenida en medio de ademanes y contorsiones, por monosílabos, o por algunas frases u oraciones en las que, como sujeto, aparecía un caso oblicuo del pronombre personal yo, verbo en infinitivo y por complemento un barbarismo, ejemplo: "mi querer osté".

No debe causar extrañeza que los soldados hablasen así, cuando los mismos oficiales, con su educación y todo, y como prueba del desdén con que todo norteamericano mira cualquier idioma que no sea el suyo, decía cada despropósito que cantaba el credo, y allá va uno de tantos. Ponderando un oficial la propensión al lujo que distinguía a las americanas y particularmente a las neoyorquinas, cándidamente decía que eran muy lujuriosas.

Como he manifestado, diversos eran los lugares establecidos para semejantes tertulias, pero el más concurrido era el de la Bella Unión, al que todo hijo de vecino podía concurrir, mediante la exhibición de dos pesos. Para tales bailes, las Margaritas abandonaban el zagalejo y el rebozo por los vestidos escotados, ahuecadores, cofias, moños y cintas, de todo lo que se proveía en las casas de empeño por cuenta de los empresarios, sin faltar los collares y pendientes de similor, efectos de tercera y cuarta mano, tan averiados como la inocencia y virtud de las que los usaban.

La plaza del mercado y puestos de verduras, los tendajones y los cafés improvisados en alguna puerta de no pocas tiendas de ultramarinos, eran los lugares a que asiduamente asistían los soldados y voluntarios, como que aquel mercado y aquellos puestos les proporcionaban, a bajo precio, coles, cebollas, nabos, tomates, zanahorias y cuantos frutos producían nuestras chinampas y campos de hortaliza, los que saboreaban crudos, con fruición tal, cual si gustasen de los manjares más delicados. Faltábales muchas veces el dinero o las ganas de satisfacer el precio del efecto comprado, y entonces se alzaban con este diciendo con el mayor cinismo "éste por mí".

He aquí, querido lector, otro rasgo de sublime candidez. Los cafés improvisados los proveían del desayuno, consistente en una taza de agua caliente por una cuartilla de real, pero lo raro del caso era, que muchos despreciaban el pan, y acompañaban cada sorbo del café aguado con un mordisco de cebolla, de nabo, de tomate o de zanahoria, y si algún azorado les mostraba admiración, ellos, como la cosa más natural del mundo, decían, mostrando el encendido tomate y meneando la cabeza: "¡Oh!, esto estar mocho bueno". Hay que advertir que eran tan dados en sus alocuciones a los infinitivos como a las interjecciones. De sus comidas, nada puedo decir porque no los ví a las horas del rancho, pero supongo, haciéndoles mucho favor, que aquellas eran mejores que los desayunos, atendiendo a las abundantes y suculentas raciones que les daban; sin embargo, se decía como cosa cierta que condimentaban las viandas y manjares con ruibarbo y muchas drogas, y hasta las mismas frutas, como el zapote, mamey y melón, no se escapaban del condimento de la mostaza. Con razón un amigo mío me decía, hace poco, que la comida yankee le sabía a tlapalería.

Andaban por las calles constantemente con la pipa en la boca o mascando tabaco de Virginia, que secretaba una sanguaza que escurriendo por las extremidades de aquella marcaba unos surcos a manera de pinceladas de barniz o belladona.

Otra práctica que llamaba mucho la atención era la observada en sus funerales. En donde quiera enterraban a sus muertos, en la Alameda, en los atrios de los templos, en el paseo, en el campo del Ejido, en San Lázaro y en los potreros, pues poco o nada les importaba que el lugar fuese o no sagrado. Para conducción de un cadáver al campo mortuorio, la comitiva guardaba el siguiente orden: por delante iban unos cuantos músicos tocando una marcha desentonada y desabrida, que más tenía de fúnebre por su desbarajuste que por su ritmo; a los músicos seguía un pelotón de soldados con las armas terciadas, luego un carro grande de transporte con su toldo de lona armado en aros de madera y en ese carro iba el cajón con el cadáver; a continuación el caballo del difunto conducido de la brida por un soldado, y a lo último los asistentes al entierro, militares pero sin armas. Según el rito de la religión que en vida había profesado el difunto, era la ceremonia con sacerdote o sin él. en este caso un oficial era el que rezaba o leía en vez del dicho sacerdote una oración, concluida la cual echaba una palada de tierra en la fosa, y a su ejemplo hacían lo mismo los asistentes, quienes durante toda la ceremonia habían permanecido con la cachucha en la mano. Los soldados hacían tres descargas seguidas y todos se retiraban. Los cadáveres de los que en vida no habían pertenecido a religión alguna eran enterrados sin ceremonia.

Cuando andaban en formación por las calles para renovar sus guardias o por cualquier otro motivo, veíaseles siempre acompañados de música que ejecutaba la canción favorita del "Yankee Doodle"

Memorias de la guerra de 1847 de Antonio García Cubas, en "El libro de mis recuerdos"

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