1 de noviembre de 2011

Memento Mori (con los tenis pa´delante)


Para Papá.

Todos moriremos. No hay forma de evitarlo. Es lo único seguro que tenemos en la vida (por lo menos, los mexicanos. Ya que en otras culturas también creen en la inevitabilidad de pagar impuestos).

Ante la certeza de que tarde o temprano saldremos de ese mundo, los seres humanos hemos creado una serie de rituales para lidiar con la muerte, ya sea que al fin doña Catrina decidió venir por nosotros, o que sólo la veamos pasar a nuestro lado, por ahora.

Todas las culturas tienen rituales funerarios. Algunos muy simples, otros muy complejos. Todos tenemos la necesidad de encontrar un sentido cuando perdemos a alguien que quisimos mucho. En el caso mexicano, nuestras tradiciones están empapadas por el catolicismo y también por las tendencias de cada época. Recuerdo el asombro que sentí al saber que hay funerarias que cuentan con "Business center" y conexión a internet. Eso de hacer negocios mientras cafeteas a tu mamá puede parecer repulsivo, pero no creo que sea raro.

¿Cómo lidiaron las generaciones anteriores con la muerte? la respuesta nos la da Verónica Zárate en su libro Los nobles ante la muerte en México,
el cual es una investigación sobre las prácticas funerarias de la nobleza mexicana entre 1750 y 1850.

Hay que decirlo de entrada: a pesar de los múltiples estudios sobre los pobres, y el gran interés por la "historia desde abajo", los ricos son más sencillos de investigar. Eso es porque dejan más testimonios de su paso por la tierra.

Verónica Zárate investigó cómo se manifestó durante cien años la "socialización de la muerte", la relación entre vivos y muertos a través de la devoción religiosa, las prácticas sociales y los lazos familiares.

A los nobles novohispanos les preocupaba enormemente la muerte (como a todos, lo aceptemos o no). En su caso, formaban parte de un mundo formado por la religión católica, y donde además era fundamental mantener a su familia en la posición social que tenían.

Por esa razón, lo primero que tenían que hacer los nobles novohispanos era redactar su testamento. Este documento servía como un instrumento legal que intentaba garantizar el cumplimiento de la última voluntad del fallecido y al mismo tiempo quería ser una guía para las futuras acciones de los herederos.

Los testamentos no sólo servían para repartir fortunas, también se usaban para ayudar al alma del fallecido a llegar lo más pronto posible al paraíso. En los testamentos quedaba asentado que el muerto había nacido cristiano y con la sangre limpia (sin antepasados judíos), que siempre se había comportado con la honra y dignidad que le conferían sus títulos nobiliarios, y que al estar cerca el momento de morir, deseaba poner en paz su alma arreglando sus asuntos materiales.

No todo mundo hacía testamentos en esa época, fundamentalmente por dos razones: primero, el costo. Un testamento podía costar hasta 30 pesos, y aún más, en una sociedad donde un profesor del Colegio de Minas ganaba 4 pesos diarios y un labrador sólo 3 mensualmente.

La segunda razón por la que había pocos testamentos radica en el miedo. Parecía que arreglar los asuntos terrenales antes de morir sólo servía para invocar a la muerte. A pesar de los siglos, esos dos motivos siguen presentes en la sociedad mexicana, señal de que algunas cosas no cambian, pese a todo.

Para asegurarse un buen destino luego de la muerte, el noble novohispano disponía en su testamento que una cierta cantidad de su fortuna debía usarse para pagar obras piadosas: comida para los pobres, hospitales, capillas, misas en su nombre y otros. Todo con el fin de que los beneficiados con sus obras rezaran por la salvación de su alma, lo que le permitiría abandonar el purgatorio lo más rápido posible y entrar al paraíso.

La mejor forma de morir era en su casa; rodeado de sus familiares, amigos, servidores, un médico que aliviara sus dolores y un sacerdote que lo confesara, le diera la comunión y la extremaunción. Morir era un acto social, en el que se vinculaba lo espiritual y lo material. Normalmente allí se escribía el testamento, para que luego el fallecido fuera colocado con los pies hacia el oriente, donde está Jerusalén.

En ese momento comenzaban los ritos funerarios. El cadáver era preparado y se le vestía normalmente con un hábito de alguna orden religiosa o militar. El velorio se realizaba en su casa, a donde llegaban más amigos y familiares a dar el pésame a los familiares.

El tamaño del funeral dependía de la riqueza e importancia del difunto (igual que hoy). El cadáver era expuesto con los brazos en cruz, mientras se celebraba un responso o una misa de requiem por su alma. Después, el muerto (metido en un carísimo ataúd) era llevado en hombros de sus familiares y amigos a la parroquía donde había sido feligrés.

La procesión que acompañaba al muerto y a sus familiares podía ser enorme (si contaba con el dinero para pagarlo, claro), y a veces pasaba por la Catedral Metropolitana para recibir una última bendición. Todos los participantes llevaban cirios encendidos y una persona tocaba una campana para representar la trompeta que, según los cristianos, llamará a las almas al Juicio Final.

Mientras tanto, y como había estipulado en su testamento el difunto, se celebraban muchas misas por su alma, tantas como fuera posible. ¡La Condesa de Selva Nevada pagó 4 mil misas de a peso cada una! Esto era porque se creía que el alma del muerto estaba vulnerable mientras no se sepultara el cuerpo, por lo que había que rezar por él lo más que se pudiera.

A pesar de las grandes procesiones, normalmente el entierro era muy sencillo: podía ser en el cementerio de la parroquía a la que asistía el difunto o en una capilla familiar que también estuviera allí. El carísimo ataúd era sustituído por una sencilla caja, o se enterraba al muerto envuelto en una sábana. A diferencia de la procesión, donde asistía la mayor cantidad posible de personas, al entierro sólo concurrían los familiares.

Luego de enterrar al difunto, los familiares y sus servidores seguían de luto hasta por un máximo de seis meses (más tiempo era mal visto). Luego del entierro seguían las misas por su alma y las honras fúnebres, las cuales podían realizarse días, meses, e inclusive años después de su muerte. Estas honras eran presididas por enormes piras funerarias, recubiertas de velas, que representaban al difunto. Tenían tantas velas que era necesario contar con varios cubos llenos de agua, para evitar un incendio.

Los muertos nobles dejaban rastro de su vida a través de sus obras pías y también gracias a los epitafios de sus tumbas, los cuales hacían mención de los hechos más importantes durante su existencia y a veces pedían más oraciones por la persona que allí descansaba.

Verónica Zárate dice que estudiar las costumbres funerarias de los nobles también es importante porque éstas se propagan por el resto de la sociedad, quien las adopta a su manera y posibilidad. En este proceso de adaptación la risa juega un papel muy importante. Los mexicanos le tememos a la muerte, como todos los pueblos del mundo, pero también hemos sabido burlarnos de ella.

Un día moriremos, pero tal vez no sea el final de todo. O quizá sí, pero en ese final encontraremos un nuevo principio. Mientras tanto, pensemos cómo se transformaron las costumbres mortuorias de la aristocracia mexicana escuchando una de mis canciones preferidas, que retrata fielmente cómo se hacía un verdadero funeral "a la mexicana"




2 comentarios:

  1. Qué buen artículo! Gracias por compartirnos tus conocimientos. Norma Saldaña.

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  2. Órale! Que información tan chida, bro! No cabe duda que la flaca a todos nos tocará algún día y es bueno saber de dónde viene la tradición funeraría de nuestro país. Los velorios son tristes, pero se ponen chidos cuando el muertito era alivianado y pedía que en su "fiesta" se llevaran mariachis, se tomara café con piquete -ó piquete con café- y contaran chistes colorados

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