8 de noviembre de 2011

Algo va mal


"Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo" Con esas palabras comienza el último libro que escribió un gran historiador británico: Tony Judt.

Normalmente se aconseja a los historiadores no vincularse con la política y retraerse al "tranquilo" mundo del pasado, pero son legión los clionautas que no siguen esa conseja. Para muchos historiadores es imposible entender lo que ocurrió ayer si no reflexionan largamente sobre lo que está pasando hoy. Ese es el caso de "Algo va mal".

El título no deja indiferente a su lector: desde hace muchos años algo va espantosamente mal. Por una parte vivimos la era con mayor riqueza en la historia humana, pero al mismo tiempo el desequilibrio entre pobres y ricos es brutal.

Nos hemos convertido en una sociedad a la que sólo le interesa enriquecerse, sin importar cómo. Apreciamos más al que tiene mucho dinero en el bolsillo y no al que trabaja o estudia para mejorar su vida. Millones de jóvenes no estudian ni trabajan, lo que quiere decir que sus vidas adultas serán peores que las de sus padres y abuelos. No confiamos en nuestros políticos ni queremos participar en la política. El medio ambiente está destrozado, las crisis económicas que nos empobrecen ya se volvieron recurrentes, la desconfianza, el miedo y la incertidumbre ante el futuro son actitudes cotidianas y quizá lo peor de todo está en que al parecer ya nos acostumbramos a vivir en este horror.


¿Cómo llegamos a esta situación, y qué podríamos hacer para salir de ella? en "Algo va mal", Tony Judt reflexiona sobre cómo pasamos de una época marcada por el Estado benefactor (entre 1945 y 1980) para luego dejar paso a la economía de mercado, la cual ha creado muchísima riqueza, la cual está concentrada en muy pocas manos.


Señala Judt que la sociedad occidental, luego del horror de las dos guerras mundiales y la crisis económica de 1929, tuvo la capacidad de reorganizarse para evitar que esos males se repitieran. Con el trabajo de personalidades como Franklin D. Roosevelt, Charles de Gaulle y John Maynard Keynes, entre otros, pudo construirse un modelo político, económico y social que convirtió al Estado en la pieza fundamental de cada país.

El Estado comenzó a intervenir en la economía, la cual había pasado por una época sin restricciones desde la segunda mitad del siglo XIX. Gracias a la centralización y planificación económica (lo que entre otras cosas permitió que los Estados cobraran más impuestos a sus ciudadanos) las naciones de Europa lograron reconstruirse después de la Segunda Guerra Mundial y comenzó una era caracterizada por la bonanza y la protección del ciudadano.

Desde la cuna y hasta la tumba, las personas tenían su vida marcada, gracias a la educación gratuita, los servicios médicos, el empleo en el gobierno, los estímulos económicos, la posibilidad de ir a la universidad y de acceder a la alta cultura y una pensión asegurada para pasar tranquilamente los últimos años de vida.

Esa historia la conocimos perfectamente en México: de hecho, la llamamos "el milagro mexicano", aunque, como nos demuestra Judt, también se dio en casi todo el mundo. Hay que decir que no todo era maravilloso: el impulso estatal por controlar a sus gobernados creó una enorme y carísima burocracia, además de que era mal visto criticar a ese Estado que se preocupaba por resolver las vidas de sus ciudadanos, aunque ellos no estuvieran totalmente de acuerdo.

De diferentes formas, el Estado benefactor ejerció también un paternalismo autoritario. Esa es una de las razones de los movimientos de protesta de los años 60: los jóvenes se rebelaban ante un aparato político que les ofrecía un futuro maravilloso a cambio de contribuir a su mantenimiento, sin tomar en cuenta que podían tener opiniones totalmente contrarias a las de sus gobernantes.

El Estado benefactor se encontró entonces con el gran conflicto de la libertad, personificado por esa generación joven de los años 60, que quería cambios, y fundamentalmente el derecho de opinar distinto a lo que sus mayores pensaran.

Al crecer tanto el Estado benefactor, se volvió cada vez menos eficiente, más caro, y empezó a perder esa legitimidad con la que contó desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue en ese momento que comenzó a aplicarse un programa económico proveniente de la Universidad de Chicago, que consistía en reducir el tamaño de los Estados vendiendo la mayoría de las empresas que controlaba, eliminando muchas regulaciones comerciales y permitiendo que "la mano invisible del mercado" se encargara de casi todo.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 fue vista como la victoria de ese nuevo modelo: el neoliberalismo. Hubo hasta quien se atrevió a decir que la Historia se había terminado, pues a partir de entonces todos los países del mundo se gobernarían democraticamente y serían capitalistas.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de que ese proyecto era irrealizable. La pobreza creció, la sociedad mundial comenzó a sufrir serios atrasos en educación y salud, el capital especulativo se consolidó como la fuerza más importante del planeta y las crisis económicas se volvieron recurrentes.

La sociedad cambió, asegura Judt. Dejó de creer en sus Estados, en su cultura, y dedicó todos sus esfuerzos a una sola meta: ganar dinero. Enriquecerse a costa de lo que fuera se convirtió en la única empresa válida. Si se iba a la universidad, era para ganar dinero; si se entraba a la política, era por ganar dinero, si había que dedicarse a negocios reprobables, la posesión del dinero lo justificaba.

Todo ésto ha devaluado moralmente a la sociedad contemporánea y le ha hecho creer que no hay más camino en la vida. Que "las cosas así son y no van a cambiar". Judt propone que tomemos conciencia de que tenemos una deuda tanto con los que vendrán después como con los que estuvieron antes. Que no podemos seguir viviendo como si lo que nos rodea no importara y sólo el boato fuera trascendente.

Para Judt, el camino está en la renovación de la socialdemocracia, en crear un verdadero capitalismo humano que tome en cuenta que no todo en la vida es ganar dinero. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. A pesar de que los movimientos de indignados crecen por todo el mundo, nuestra sociedad se ha vuelto muy codiciosa y ya no creemos en los que nos rodean.

¿Cómo protegernos de ese monstruo en que se ha convertido el sistema económico? A pesar de la ola de indignación que recorre el planeta, necesitamos algo más, algo más fuerte y grande que pueda enfrentarse al capital especulativo. Ese algo es el Estado.

Sin embargo, mientras no nos convirtamos en ciudadanos que luchan por defender sus derechos, será imposible transformar al Estado para que deje de favorecer al gran capital y se dedique a proteger a sus habitantes.

Decía Kant que todo hombre tenía el derecho de ser un fin en sí mismo y no el medio para que otros lograran sus fines particulares. Durante gran parte del siglo XX el conflicto se concentró entre el Estado totalitario y el Estado liberal-democrático. Al parecer, el siglo XXI presenciará el enfrentamiento entre el mercado salvaje y el Estado que luchará por su sobrevivencia.

¿Qué pasará con nosotros, los que estamos en medio de ese conflicto? Sólo el tiempo lo dirá, pero no esperemos nada bueno de nuestro futuro si permanecemos indiferentes ante lo que ocurre a nuestro alrededor.









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