18 de octubre de 2011

Miguel Angel Granados Chapa y sus recuerdos de Excélsior.

En octubre de 2006, yo corría de un lado para otro intentando terminar mi tesis doctoral, la cual trata sobre la historia del periódico Excélsior. Mi interés estaba en contar la historia de la empresa más que la del diario en sí, por lo que necesitaba conocer lo más posible el funcionamiento de esa compañía. Para lograrlo, tuve que entrevistar a diversas personas que trabajaron en Excélsior, y uno de ellos fue Miguel Angel Granados Chapa.
No fue fácil encontrarlo. El maestro Granados era una persona muy ocupada. Luego de varios intentos, pude al fin "cazarlo" en el Club de Periodistas de México, a dónde él había acudido para presentar la nueva edición de Los Periodistas, la novela-reportaje con la que Vicente Leñero estableció la "versión canónica" de lo ocurrido en Excélsior durante la dirección de Julio Scherer.
Recuerdo que el maestro hizo carcajear al público presente, al decirle que el edificio de Excélsior de Reforma 12 se estaba ladeando hacia la derecha, lo cual era totalmente congruente con la línea editorial del diario desde su fundación en 1917.
Al terminar la presentación me acerqué a saludarlo. Me dijo que me conocía y que sabía el trabajo que yo estaba realizando. Se llevó el dedo índice derecho a los labios, miró hacia arriba, y luego me dijo "lo espero en mi oficina a las diez de la mañana".
Allí estuve, en una cerrada que está paralela a Avenida Universidad. Me ofreció un café, platicamos sobre conocidos comunes, y fue muy amable conmigo al contarme un pedazo de su vida: su etapa en Excélsior entre 1966 y 1976.
El maestro Granados llegó a Excélsior por recomendación de un amigo suyo, quien le contó que había una vacante en la mesa de redacción. Fue recibido por una de las leyendas de ese diario: Víctor Velarde, uno de los jefes de información más importantes en la historia de Excélsior. Luego de un examen, Granados se convirtió en miembro del periódico. Durante dos años fue asalariado, hasta que en 1968 se convirtió en cooperativista. Eso hizo que su condición económica mejorara, y pasara de cobrar 4 mil pesos al mes a más del doble en 1970.
Para ese entonces, Excélsior había vivido una de sus mayores crisis, luego de la muerte de quienes lo sostuvieron por décadas: Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. Gracias a ellos Excélsior se convirtió en una cooperativa, una empresa en la que todos los trabajadores son dueños, y como tal comparten los riesgos y las ganancias. Todos los cooperativistas tienen derecho de opinar sobre la marcha de su empresa. Sin embargo, en el caso de Excélsior, las opiniones al final no contaban: eran las decisiones de De Llano y Figueroa las que se materializaban.
Al morir estos dos personajes, la cooperativa tuvo que aprender a gobernarse a sí misma, pero no fue sencillo. En 1965 hubo un violento enfrentamiento entre dos grupos que querían mandar en el periódico. El grupo perdedor fue "expulsado" de Excélsior, pero siguieron presionando hasta la salida de Julio Scherer en 1976.
Muchos periodistas querían trabajar en Excélsior porque allí les pagaban bien, en comparación con otros medios. Además, siempre había la posibilidad de tener "trabajos extra", los cuales eran asignados arbitrariamente. La cooperativa había envejecido y no aceptaba fácilmente a nuevos miembros, como Granados.
Al principio, Julio Scherer se burlaba de él diciendole "el licenciado". Y es que hay que recordar que Granados estudió Derecho y Periodismo (y luego hizo estudios de doctorado en historia), en una época en la que la norma en las redacciones era, a lo más, haber terminado uno o dos semestres en la Universidad Nacional.
Cuando Scherer se convirtió en director de Excélsior, Granados se unió a él, a pesar de que había votado en su contra en las elecciones de 1968. Granados esperaba que Víctor Velarde fuera el director, pero a pesar del prestigio que tenía dentro del diario, perdió.
Con Scherer llegó una nueva generación a dirigir Excélsior: más críticos del Estado, pero también con vicios. Scherer sabía que contaba con la planta de reporteros más importante de México, pero también que muchos de ellos aceptaban sobornos y habían acumulado fortunas gracias a sus contactos políticos.
Un reportero promedio de Excélsior ganaba ocho mil pesos mensuales. Pero gracias a sus contactos, comisiones y negocios extra, esa cantidad podía fácilmente dispararse hasta los 75 mil.
Despedir a todos los reporteros por corruptos hubiera destruido a Excélsior. El único camino posible estaba en apartarlos gradualmente del periódico. Fue así como Carlos Denegri, el gran reportero de los años 40-60 comenzó a desaparecer, mientras que otros, muy jóvenes, encontraban su primera oportunidad en el diario comandado por Scherer.
Junto a Scherer había un "Estado mayor" que lo ayudaba a gobernar Excélsior. Vicente Leñero, Hero Rodríguez Toro, Alberto Ramírez de Aguilar, Manuel Becerra Acosta hijo, Regino Díaz Redondo y por supuesto el maestro Granados. Este grupo decidía sobre la integración de los consejos y comisiones de la cooperativa, pero tuvo que enfrentarse a otros enemigos, dentro y fuera de la empresa, lo que a la larga los desgastó.
Scherer se proponía "democratizar" a la cooperativa Excélsior, pero para ello primero debía transformar al periódico abriéndolo a las posturas políticas de la época. Sin embargo, ello provocó que sus relaciones con la iniciativa privada y la presidencia de la república se volvieran cada vez más tirantes.
Y eso que, el cambio en la línea editorial no provocó ninguna queja por parte de los lectores de Excélsior. A pesar de la posterior fama de la página editorial del diario (donde escribían -entre otros- Daniel Cosío Villegas, Jorge Ibargüengoitia, Ricardo Garibay, Marcos Moshinsky y Heberto Castillo) esa sección no era tan leída. Al público de Excélsior le interesan más los reportajes de color y las entrevistas.
Entre 1974 y 1975, quedó claro que Scherer no buscaría reelegirse como director de Excélsior, por lo que empezaron a formarse dos grupos: uno a favor de Regino Díaz Redondo y otro apoyando a Granados Chapa.
Siempre fue un misterio para el maestro Granados cómo pudo crecer Regino Díaz Redondo dentro de Excélsior. Le parecía un hombre sin capacidades sobresalientes, mal redactor, prepotente y entregado a distintas adicciones. Pero alguna vez, Scherer le explicó que para él, sobre todas esas fallas, estaba la lealtad que Díaz Redondo le había mostrado durante la crisis de 1965 y en la elección de 1968.
Scherer "empujó" a Díaz Redondo para que éste se convirtiera en presidente del Consejo de Administración de Excélsior, pero éste aprovechó la ola de rumores al interior de la empresa para hacerse de partidarios, con la intención de convertirse en el nuevo director general.
Granados (y otras personas) alertaron a Scherer sobre la inminente traición de Díaz Redondo, pero él no los escuchó.
El ocho de julio de 1976, el maestro Granados defendió a Julio Scherer cuando él tuvo que salir del edificio de Reforma 18, luego de que fue imposible exponer su postura ante la asamblea general de la cooperativa, y también al darse cuenta de que el presidente Luis Echeverría no lo apoyaría como sí hizo anteriormente. La imagen de Granados con el puño en alto y gritando "¡Scherer, Scherer"! mientras salían de Excélsior es reflejo de la tensión que se vivía en ese momento y también de las convicciones del maestro. Meses después de su salida, fundaron la revista política más importante del último cuarto del siglo XX mexicano: Proceso.
Granados colaboró un tiempo en esa primera etapa, pero pronto se retiró para seguir otros caminos. Regresaría a Proceso en los últimos años de su vida.
La última vez que platiqué con el maestro Granados fue en aeropuerto de Monterrey, donde yo estaba haciendo una estancia posdoctoral en el ITESM, y él había asistido a un coloquio organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Quedamos en volver a platicar (ahora sobre un proyecto distinto), pero desgraciadamente ya no pudo concretarse.
Por cierto, una de las pasiones del maestro Granados era la historia del periodismo. En 1994, el naciente periódico Reforma estuvo a punto de desaparecer porque la Unión de Voceadores decidió no vender más ejemplares del diario. En una reunión de alto nivel, los directores de Reforma conocieron una viejísima historia:
En 1932, luego de convertirse en cooperativa, el diario Excélsior también sufrió un boicot por parte de los voceadores. Lo único que se les ocurrió a los trabajadores del diario fue agarrar las pacas con los ejemplares y salir ellos a las calles a venderlos. Reporteros, columnistas, redactores y trabajadores de Excélsior se encargaron durante varias semanas de vender su periódico, para demostrarle a los voceadores y al público que eran capaces de todo por defender su trabajo.
Los directores de Reforma decidieron hacer lo mismo, y entre noviembre de 1994 y marzo de 1995, las calles más importantes de la Ciudad de México se llenaron de "neovoceadores". Muchos de ellos sólo eran lectores de Reforma, no tenían ninguna otra relación con el diario; pero no estaban dispuestos a permitir que su diario favorito desapareciera.
Siempre hay que tener presente al pasado: la persona que les contó esa historia a los dueños de Reforma fue Miguel Ángel Granados Chapa.

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