9 de noviembre de 2016

Cuando no sepas a dónde vas, mira hacia atrás para que recuerdes de dónde vienes.

El 18 de diciembre de 1861, el presidente Benito Juárez se dirigió a la nación para informarle que un peligro se acercaba. Tropas españolas habían llegado a Veracruz para tomar el puerto y así obligar a México a cumplir con una serie de exigencias que le era imposible afrontar. 
Con esa agresión comenzó una de las etapas más difíciles y al mismo tiempo esplendorosas de nuestra historia nacional. Después de España llegaron tropas inglesas y francesas con el mismo objetivo, y los últimos querían desaparecer a nuestro país y convertirnos en un protectorado francés disfrazado de monarquía constitucional. 
En su discurso a la nación el presidente Juárez señaló que nuestra dignidad nacional y nuestra independencia estaban en peligro de muerte. Si bien no deseaba entrar en una guerra con esos países y consideraba imprescindible cumplir nuestros compromisos con ellas en cuanto fuera posible, no permitiría de ninguna manera que nuestra patria fuera destrozada. 
Para defender a nuestro país, el presidente Juárez convocó a todos sus habitantes: 
“yo apelo a vuestro patriotismo y os excito a que, deponiendo los odios y enemistades a que ha dado origen la diversidad de nuestras opiniones y sacrificando vuestros recursos y vuestra sangre, os unáis en derredor del gobierno y en defensa de la causa más grande y más sagrada para los hombres y para los pueblos: en defensa de nuestra patria.”
De esta manera comenzó una guerra sangrienta y dolorosa para el país, pero que culminó en 1867 cuando la república fue restaurada y México consolidó su soberanía ante el mundo. 
El presidente Juárez, en la frase que lo hizo más famoso, señaló que había que respetar y defender a toda costa los derechos de los demás para de esa forma defender los nuestros. 
En este momento todo parece indicar que Estados Unidos elegirá como presidente a un hombre que dedicó su campaña a agredir a nuestro país llamándonos ladrones y violadores. Ha prometido que en cuanto llegue al poder nos obligará a renegociar el Tratado de Libre Comercio, expulsará a millones de indocumentados y construirá un enorme muro en su frontera para evitar que regresen. 
Para México (y el resto del mundo) comienza una etapa muy dura, en la que nuestros valores e ideales serán puestos a prueba mientras la arrogancia, la ignorancia y la codicia se adueñan del gobierno más importante del planeta. 
Muchas veces como historiador he visto que mis alumnos acuden a mis clases buscando saber sobre el pasado para entender el presente, y además buscan algo que todos los seres humanos necesitamos para seguir adelante en nuestras vidas: esperanza. 
En momentos de incertidumbre, cuando no tenemos claro qué hay más adelante, es necesario ver hacia atrás para encontrar en los ejemplos del pasado la fuerza para avanzar. 
El pasado también fue un presente lleno de incertidumbres y nuestros antecesores no perdieron la fe y siempre creyeron que saldrían adelante. 
Somos una sociedad que no confía en su gobierno, que ve que la ley no es obedecida y que la corrupción nos ha inundado de tal forma que ya no nos concebimos sin ella. 
Todo eso nos hace vulnerables ante los enemigos internos y externos que aparecen en nuestro camino. 
Pero si permanecemos unidos –como pidió el presidente Juárez en 1861- si confiamos en nuestras fortalezas y no nos dejamos vencer por el miedo o la desesperación, tendremos las armas que nos permitieron salir adelante hace 155 años cuando todo parecía perdido. 
Les pido que confiemos en nosotros mismos, que no nos dejemos vencer por el miedo o la desesperación; que creamos que sí merecemos un futuro mejor y podemos alcanzarlo si trabajamos por él. 
Hemos pasado por etapas peores y salimos adelante. También saldremos de esta.

16 de septiembre de 2016

Las lecciones que nos dejó la revolución de independencia.

Miguel Hidalgo y la Independencia nacional forman parte de uno de los episodios más conocidos de nuestra historia; por lo menos si tomamos en cuenta la cantidad de gente que sale cada noche del 15 de septiembre a divertirse y a gritarle vivas a este país. Pero este acontecimiento puede servirnos también para extraer lecciones que nos servirían para mejorar al México de 2016. Es cierto que las circunstancias que vivía este territorio hace más de 200 años eran muy distintas a las que tenemos ahora, pero también es verdad que muchas de esas características se mantienen hasta el día de hoy y al final, los seres humanos somos los protagonistas de la historia; y nosotros no hemos cambiado mucho a pesar del paso del tiempo: seguimos apresados por nuestros miedos y nuestras pasiones.

¿Cuáles son entonces las lecciones que hoy podemos aprender de nuestra revolución de independencia? Yo considero que las más importantes son las siguientes:

El exterior siempre ha influido en nuestra historia: Si bien recordamos la rebelión de Hidalgo como el punto de inicio de nuestra revolución de independencia, en realidad el verdadero inicio ocurrió dos años antes, en 1808. En ese año España fue invadida por las tropas de Napoleón Bonaparte, quien pretendía extender su imperio por la península hispánica y las colonias americanas. Cuando la Casa de Borbón (los gobernantes de España) perdió la corona, en América comenzó una grave crisis política porque ya no había un rey legítimo.

El dinero siempre es importante: Al inicio de la revolución de independencia Nueva España tenía serios problemas económicos. Para algunos autores como Carlos Marichal estaba de plano quebrada. Resulta que España a través de una serie de reformas administrativas conocidas como Reformas Borbónicas se dedicó a extraer capitales de sus colonias (especialmente de México) para pagar sus gastos en Europa. Entre 1790 y 1820 la Corona extrajo de Nueva España cerca de 250 millones de pesos en plata, más del 90% de la producción total.
A esto hay que sumarle una serie de nuevos impuestos y préstamos forzosos que afectaban especialmente a los pequeños granjeros y a las comunidades indígenas. El enojo entre los novohispanos era muy grande y también por eso una de las promesas de Hidalgo al comenzar su rebelión fue que terminaría con todos esos tributos.

Una sociedad dividida es muy débil: Nueva España no era una nación; era parte de un imperio más grande y a su interior estaba dividida en una serie de grupos raciales y económicos: españoles, criollos (americanos hijos de españoles), indígenas y el enorme grupo de mestizos en el que también había africanos y asiáticos. La Revolución de Independencia no fue entonces una guerra entre mexicanos y españoles para empezar porque no existía todavía un país llamado México. Para los novohispanos la patria era la Corona, pero no había una identificación clara entre un habitante de las provincias internas (hoy la zona norte de México), las intendencias del centro y la intendencia de Mérida (hoy península de Yucatán).

Nunca hay que ignorar a los símbolos y líderes populares: Esa sociedad dividida que no se identificaba como un solo país se unió por valores y líderes comunes. La religión fue fundamental para lograrlo. La virgen de Guadalupe se convirtió en el símbolo de los insurgentes y la de Los Remedios de los realistas. A los insurgentes también los unió un mensaje de esperanza (“dejaremos de pagar tributos”, “acabará la pobreza”, “la burocracia virreinal dejará de explotarnos”) y a los realistas los unió el miedo al caos (“Hidalgo quiere coronarse rey”, “matará a todos los leales a la Corona”, “es un traidor justo cuando deberíamos defender a España del ataque de Napoleón”).
En esa revolución fueron muy importantes los líderes del pueblo, y algunos de ellos fueron sacerdotes como Hidalgo, Morelos y Santiago Matamoros; pero también hubo bandoleros como Chito Villagrán, funcionarios como Miguel Domínguez y mujeres como Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez. Hasta existió una sociedad secreta “Los Guadalupes” formada por abogados y pequeños empresarios que con sus contactos en el gobierno virreinal conseguían información y recursos para ayudar a Morelos a seguir su lucha en el sur.

Las revoluciones pueden tener diferentes proyectos políticos y terminar de forma muy parecida a como empezaron: Hidalgo quería al principio defender los derechos de Fernando VII y acabar con la opresión que sufrían indígenas y criollos por parte de la burocracia virreinal. El cura Morelos intentó independizar a Nueva España, convertirla en una república parlamentaria y proteger a los más pobres. Iturbide por su parte decidió crear un imperio en el que todos sus habitantes tuvieran los mismos derechos y fueran católicos. Pero fue hasta 1824, a tres años de ocurrida la independencia, que este país se convirtió en una república federal que comenzó un largo y difícil camino para asegurar el bienestar de todos sus habitantes. Algo que a casi 200 años de la consumación de la independencia todavía no hemos logrado.

Ver nuestro pasado puede darnos importantes lecciones para nuestro presente, y además eso sirve para que lo vivido ayer vuelva a ser importante y tengamos claro de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. 

Una última lección que nos deja la revolución de independencia: por cada personaje histórico de existencia o comportamiento dudoso tenemos a miles de mexicanos oscuros pero muy valientes que no se acobardaron ante las circunstancias y lo dieron todo (en muchas ocasiones hasta sus vidas) para que este país mejorara. Todos ellos merecen, como dice nuestro himno nacional "un recuerdo de gloria y un sepulcro de honor"

15 de septiembre de 2016

"Si todavía nos acobijamos por la patria..."

Serían las once de la noche, cuando a la muy dudosa claridad que nos rodeaba, percibí en la tropa cierta inquietud, cierta separación de grupos, pero distantes, a la vista de los centinelas que sobresalían derechos e inmóviles como los pilares. Con extraordinaria precaución, embarrancándome en las cercas y con menos ruido que el rodar de una pluma por los suelos, penetré hasta la recámara del señor Juárez y le dí parte de lo que observaba.
El señor Juárez, vistiéndose y echándose sobre los hombros un capotillo con abertura para los brazos,  y segunda capilla muy larga, me dijo -Ve, acércate y dame cuentas de lo que ocurra, sin despertar a nadie.
Me dirigí, entonces, al más numeroso de los grupos, después de contestar al quién viva, y ví a los soldados rastreando por el suelo con un afán desusado.
-¿Qué es eso, muchachos, qué buscan?
-Miren -dijo un soldado-, aquí está el Güero -y los soldados me rodearon. 
-¡Oiga! -me dijo uno de ellos -, ¿pues qué no sabe ni el día en que viva?
-Pues ¿qué sucede?
-Que esta noche es el grito, señor, ¿qué nada le dice su corazón?
-Cierto, hijo, 15 de septiembre -exclamé avergonzado de mi olvido. 
-Noche divina, Güero, la noche del Tata Cura; pero ya lo ve; por más que buscamos y rebuscamos, no hallamos ni una hebra de ramitas para una mala luminaria-
-Vamos a buscar- y los soldados renovaron sus diligencias.
-Bravo dolor...eso de dejar de celebrar el grito...
-Si todavía nos acobijamos por la patria.
Tienen razón... Y el sentimiento que animaba a aquellos soldados era tan enérgico y tan tierno que había conmovido a las piedras. 
Ya comenzaban a arder con basuras, astillas y palos viejos, unas cuantas luminarias que soplaban algunos soldados en el suelo, enrojeciendo las llamas ojos y carrillos. Yo corrí a ver a Juárez, quien se impresionó profundamente, diciéndome: -Coge todo el dinero que tenemos (ese todo cabía en el bolsillo de su chaleco), y dáselos para que celebren su grito los muchachos. Porque Juárez, que tenía algo de marmóreo en su fisonomía, que era como glacial en los grandes conflictos, sentía profundamente, se apasionaba en lo más recóndito de sus entrañas, mejor dicho, era pasión sin estrépito, era como el sello de su conciencia y el que lo conocía a fondo podía distinguir algo de rudo y agreste en ciertos momentos, iluminado por una suprema bondad. 
Autorizado por Juárez corrí a ver a mis hijos, a Negrete y a Manuel G. y a Francisco Yépez; grité, alboroté y a poco cien luminarias ardían resplandecientes en el patio y los muchachos saltaban sobre las llamas, gritando vivas a la Independencia. 
Negrete, con unos cuantos, puso cortinas en nuestros cuartos y multiplicó las luces; corrió luego y exhumó del fondo de su baúl un sarape lindísimo que tenía la forma y los colores de la bandera nacional, lo enarboló en un morillo, y nuestras familias y nuestros hijos formaron el víctor y el paseo cívico más original y más grandioso que pueda imaginarse. Y he dicho grandioso porque las circunstancias, la fe en la causa y el ejemplo del soldado que ostentaba su culto grandioso de la patria, hacían de aquella solemnidad un acontecimiento sublime y lleno de ternura para nuestros corazones. 
Alguien, y no sé de dónde, proporcionó al concurso una tambora gigantesca que atronaba en el espacio, y un violín alharaquiento y tumultuoso que remedaba el alboroto en su desenfreno y la epilepsia en sus más desordenadas peripecias. 
Juárez, por su parte, había reforzado una entelerida mesilla, fingiendo, con inspiración alrevesada de tapicero, una tribuna. 
Rostros alegres, almas abiertas, muchachos preguntones, perros saltadores, empleados, mujeres, respirando júbilo, trémulos de emoción, se agolparon a la tribuna. 
Juárez, entre Iglesias y Lerdo, salieron a la ventana central en medio del frenesí, del contento y las tempestades de vivas y aplausos, acompañadas de la tambora y del violín que hacían trizas todas las armonías imaginables. 
Cuando menos los pensaba, me sentí arrebatado como por un torbellino, levantado en alto y colocado sobre la mesilla a guisa de un santo en andas; mientras unos me decían: ¡habla!, otros a mi alrededor gritaban: ¡Silencio!, ahora va a hablar el Güero, va a hablar el tío Guillermo. 
Las circunstancias, el lugar, aquellas fisonomías tostadas por el sol, y en que reverberaba la llama sobre el borde negro de un volcán en erupción, aquellas tapias, aquellas mujeres, aquellas montañas cercanas que imponían silencio a la entrada del desierto, todo el conjunto me impresionaba, de modo que dejé hablar a mi alma como si algo extraño me poseyese y yo fuera el espectador y el auditorio de mi persona y mi palabra. 
-La patria- decía- es sentirnos dueños de nuestro cielo y de nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duela como carne y que el sol nos alumbre como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos, la luz del alma de la mujer que dice "te amo..."
Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores.
La gente se agolpaba a la mesa que flotaba como barca en recia borrasca, salían gemidos roncos de los labios y se enjugaban copiosas lágrimas de los ojos. Los soldados ¡oh! los soldados estaban sublimes. se les veía el orgullo de ser los vengadores de esa patria adorada, en sus exclamaciones vibraba la esperanza, los gritos...presagiaban victoria. 
El discurso se interrumpía, era diálogo, era alarido, era la expresión de lo que mi alma sentía y reflejaba, y como lluvia de estrellas creía ver que caían de mis labios las palabras al hablar de Hidalgo y de la Independencia.
No sé cómo concluí, descendí en los brazos de Juárez, de Iglesias y de Lerdo, que me llenó de elogios. 
Aturdía la tambora, varios concurrentes dispararon sus armas, el violín se hacía rajas, los chicos hacían machincuepas, y el júbilo tenía algo de imponente y de sublime en su conjunto, y por nuestra situación que no es fácil que ahora la transmita el recuerdo. 
Rendidos de gozar y de sentir, se fueron alejando los concurrentes...Un grupo de soldados se apoderó del violinista y a guisa de serenata fue al frente de los balcones de Juárez a cantar "Los cangrejos", "Los monos verdes" y "La paloma"; a esta última canción le pusieron los trovadores bélicos unos versos que cantaban con tal cariño y con tal ternura, que no pudimos contener las lágrimas cuando lo escuchamos; y a mí me conmovieron más que ninguno de los poetas que admiro. Decían así: 

"Si a tu ventana llega un papelito,
ábrelo con cuidado, que es de Benito;
mira que te procura felicidá, 
mira que lo acompaña la libertá".

Guillermo Prieto, "El Grito" de Diario del Hogar, 1869.


6 de septiembre de 2016

Las tres crisis de José López Portillo y Enrique Peña Nieto

En 1984 Francisco Gil Villegas, en ese entonces un joven académico de El Colegio de México escribió "La crisis de legitimidad en la última etapa del sexenio de José López Portillo". En ese artículo Gil Villegas reflexiona sobre los problemas que llevaron al catastrófico final de ese sexenio que transcurrió entre 1976 y 1982 y encuentra tres crisis que ocurrieron al mismo tiempo y ocasionaron un desastre histórico.
La primera crisis, dice Gil Villegas, fue económica. El excesivo gasto público más la caída de los precios del petróleo dejaron a México sin recursos no sólo para mantener su ritmo de crecimiento sino hasta para atender las necesidades básicas de su población.
La siguiente crisis fue administrativa. El gobierno de López Portillo no tenía capacidad para impedir que la economía se viniera abajo, además de que la corrupción estaba absorbiendo una parte importante de esos recursos.
Y eso provocó la tercera crisis: la de legitimidad. El gobierno de López Portillo perdió el apoyo y la lealtad de la iniciativa privada mexicana (que veía como se mantenía artificialmente el precio de nuestra moneda y por eso prefirió sacar sus capitales del país) mientras las clases medias y bajas sufrían por el aumento de precios que al final llevó a que el Estado mexicano tuviera que nacionalizar la banca y controlar el tipo de cambio. 
Todo eso ocurrió en la última etapa del sexenio de López Portillo, que Gil Villegas identifica alrededor de 1981 cuando la Reserva Federal de Estados Unidos subió sus tasas de interés y comenzó la caída de ese gobierno cuyo titular se definió como "la última esperanza de la Revolución Mexicana". 
A 34 años de esos acontecimientos México ha cambiado mucho. Sin embargo, podemos aprender de ese pasado y más en estos momentos en los que el gobierno de Enrique Peña Nieto también está viviendo una serie de crisis que pueden ahondarse en esta última etapa de su sexenio. 
Para empezar, la deuda externa mexicana subió un 8.8% de enero a julio de este año, hasta llegar a los 177 mil 300 millones de dólares. A pesar de que pueden señalarse razones externas para este endeudamiento, no pueden ignorarse las palabras del gobernador del Banco de México Agustín Carstens: "El endeudamiento está llegando a los límites de lo razonable". 
Como asegura Manuel Jauregui, columnista de Reforma: "La economía mexicana está al borde de la recesión, la pobreza crece por la declinación del poder adquisitivo del salario y hay indicios de inflación".
El siguiente punto tiene que ver con los problemas que ha tenido el gobierno de Enrique Peña Nieto para aplicar las reformas educativa y energética que presumió como las más importantes de su mandato. A pesar de que, en entrevista con Carlos Marín, Peña Nieto aseguró que en treinta estados de la república ya se lleva a cabo la reforma educativa, durante meses hemos visto a la CNTE actuar como si no hubiera alguien que pudiera contenerla. La reforma energética, por su parte, no ha logrado que bajen los precios de la gasolina, aunque el presidente Peña Nieto se justificó en su reciente "encuentro con los jóvenes del 2 de septiembre pasado asegurando que jamás prometió ese descenso y que mientras tanto el gas sí ha bajado de precio. 
Pero el tercer punto es el más delicado. Es la crisis de legitimidad; de esa capacidad para gobernar gracias al apoyo y la lealtad de la sociedad. En ese punto el gobierno de Peña Nieto ha ido de fracaso en fracaso: la corrupción está desatada a todos niveles del gobierno federal y a nivel estatal y municipal; territorios muy importantes del país siguen controlados por la delincuencia; hay constantes violaciones a los derechos humanos; y otra vez citando a Manuel Jáuregui: la imagen presidencial está severamente erosionada. Entre la Casa Blanca, el departamento de Miami, las disculpas por "ofrecer una percepción incorrecta" y ahora el vergonzoso escándalo con Donald J. Trump el presidente Peña Nieto se percibe (ahora sí) cada vez más débil; justo en el momento en que el país necesita de una autoridad firme (y con legitimidad) para conducir al país en el final del sexenio, una etapa que debido al cambio de poderes forzosamente será conflictiva. 
La historia nunca se repite pero siempre se parece a sí misma porque sus personajes principales -los seres humanos- siempre están atados a sus miedos y pasiones. El pasado a través de sus analogías nos sirve para entender el presente. Ojalá en este caso eso nos sirva para que el sexenio de Enrique Peña Nieto no termine de una forma tan dramática como el de José López Portillo. 

30 de agosto de 2016

Siempre en mi mente...

Creo que nunca se los he contado pero yo tuve un tío muy querido que se dedicó al espectáculo. Mi tío Chava venía de una familia muy pobre con muy pocas oportunidades para salir adelante, pero él encontró muy pronto el camino que lo llevó a tener una vida muy rica en experiencias: la danza. 
Mi tío Chava fue bailarín en el Ballet Folclórico de México de Amalia Hernández, lo que le permitió conocer muchos países y a muchas personas interesantes. Al mismo tiempo trabajó en teatros y centros nocturnos junto a Manuel "El Loco" Valdés, Silvia Pinal, Lucía Mendez y Antonio Aguilar; en esa época dorada del espectáculo mexicano que se acabó en los años ochenta por la crisis económica, el crecimiento de la delincuencia y el terremoto que destruyó esta ciudad a mediados de esa década. 
Entre las muchas personas que conoció y con las que trabajó estaba por supuesto Alberto Aguilera Valadez. Todos lo conocemos como "Juan Gabriel", pero mi tío Chava (y los más cercanos al cantante) siempre lo llamaron por su nombre real. "Alberto" fue un amigo cercano de mi tío a principios de los años 70, cuando Juan Gabriel se estaba convirtiendo en uno de los cantantes más importantes de América Latina. 
Tal vez Alberto y Chava se hicieron buenos amigos porque los dos tuvieron una infancia difícil. Alberto nació en Michoacán en los años 50 pero su vida estuvo marcada por la frontera norte, la pobreza, la ausencia del padre y el descubrimiento de la música. Vendrían después los centros nocturnos en Ciudad Juárez, el encuentro con el gran José Alfredo Jiménez, la cárcel en Lecumberri y al final su ascenso a la fama cuando en 1971 grabó una canción claramente autobiográfica: No tengo dinero
Juan Gabriel pertenece a esa generación de cantantes que contaron con la televisión para difundir sus canciones en un momento en el que en México y en América Latina el negocio de la música popular era controlado por una sola empresa: Televisa. Y sólo había un programa de televisión en todo el continente que podía asegurar el éxito (o condenar al fracaso) de quienes allí se presentaban: Siempre en Domingo. 
Fue gracias también a Raúl Velasco (un hombre a veces siniestro, muchas veces muy conservador, pero muy importante y que se merece que un historiador escriba su biografía) que Juan Gabriel, José José, Rocío Durcal, Camilo Sesto, Julio Iglesias, Luis Miguel, Pandora, Timbiriche y muchos otros se hicieron famosos en el mundo entero y que se formó un gusto musical en el público mexicano y latinoamericano que duró por lo menos hasta principios de este siglo. 
La muerte de Raúl Velasco, el declive del negocio de la música y el crecimiento de Miami como nueva "capital" de la música popular en español terminaron con esa época, pero Juan Gabriel siguió adelante porque a pesar del enorme impulso que tuvo con la televisión no era un artista que dependiera de ella; para Juan Gabriel eran más importantes los teatros, las arenas, los estadios y los palenques. Allí se encontraba con su público, el que lo adoraba en todo momento y le perdonaba que el paso de los años fuera mermando su voz. 
Por supuesto que al hablar de Juan Gabriel es imprescindible señalar la homosexualidad; algo que él nunca reconoció ("Lo que se ve no se juzga", como le dijo al periodista Fernando del Rincón) pero siempre estuvo allí. Juan Gabriel es parte de esas figuras del siglo XX como Salvador Novo, Chabela Vargas y Carlos Monsiváis a quienes les tocó vivir en un México profundamente hipócrita, "macho", misógino y que asesinaba homosexuales porque le daba pánico (como ahora) reconocer que en su cultura también es homosexual. 
Pero Juan Gabriel con sus canciones lograba que los machos se dieran la oportunidad de salir del closet aunque fuera un momento. 
Dice Pedro Palou que con la muerte de Juan Gabriel México ha entrado definitivamente a la "posmexicanidad": se acabó esa época que comenzó en los sesenta en la que convivieron por última vez el México rural que venía de la Revolución Mexicana y al que le crearon una serie de mitos con las canciones rancheras interpretadas por Pedro Infante, Javier Solís, Cuco Sánchez y José Alfredo Jímenez; y el México urbano que era el orgullo de personajes como Miguel Alemán y Adolfo López Mateos, en el que el mambo, el rock y luego la balada setentera definieron el gusto musical de millones. Vivimos nuevos tiempos en la música popular mexicana, aunque no a todos nos agraden. Tal vez por eso siempre volveremos a Juan Gabriel. 
Antes de morir, mi tío le pidió a mi mamá que si alguna vez tenía la oportunidad de hablar con Juan Gabriel le enviara sus saludos y le dijera que esperaba que se acordara de él. Mamá ya no pudo cumplir con ese encargo, pero espero que Chava y Alberto se hayan reencontrado pues tenían muchas cosas que platicar. 


26 de agosto de 2016

Cinco opiniones sobre la historia y el presente.

"There can be no question that generalizations about the past, defective as they may be, are possible – and that they can strengthen the capacity of statesmen to deal with the future."
Arthur Schlesinger, historiador. 

"He who lives to see two or three generations is like a man who sits some time in the conjurer's booth at a fair, and witnesses the performance twice or thrice in succession. The tricks were meant to be seen only once."
Arthur Schopenhauer, filósofo.

"What I suspect is that memory of past and anticipation of future events work together, go hand in hand as it were in a friendly way, without disputing over priority and leadership."
Carl Becker, historiador.

"The longer you can look back, the farther you can look forward."
Winston Churchill, político. 

"What is past is prologue."
William Shakespeare.

25 de agosto de 2016

Cuando la historia llega al corazón.



Esta foto me sobrecogió. Es Omran Daqneesh, un niño sirio de cinco años que sobrevivió hace unos días al bombardeo de su casa en la ciudad de Aleppo, en Siria. Omran no llora, el shock no se lo permite. Sólo parece que espera a que su mamá llegue a abrazarlo y limpiarle la cara. 
Herodoto cuenta en sus Nueve libros de la Historia el incidente de Creso, rey de Lidia, el cual luego de ser derrotado por las tropas de Ciro II de Persia en la batalla del río Halis y al ver la destrucción de su imperio y el dolor de sus seres queridos simplemente no pudo articular palabra. Las penas medianas nos hacen llorar, pero las penas máximas nos enmudecen. 
Hoy recordé a Omran en una clase sobre la Primera Guerra Mundial. Mis alumnos y yo leímos un artículo inquietante: The souls of soldiers. Civilians under fire in First World War France, escrito por Susan Grayzel
En este artículo, Grayzel narra los primeros grandes bombardeos ocurridos en Francia durante la guerra que duró de 1914 a 1918. En esa época la tecnología fascinaba al hombre y hubo varios autores que escribieron diversos relatos (entre ellos H.G. Wells) imaginándose cómo sería la experiencia de ver una ciudad destruida por un ataque aéreo. 
Pero la realidad siempre nos sobrepasa. Aunque no causaron tanto daño como la Batalla de Inglaterra, los bombardeos en el norte de Francia y especialmente en París fueron lo suficientemente severos para aterrorizar a la población. 
Grayzel también menciona cómo el gobierno francés censuraba la información sobre los bombardeos para que los alemanes no supieran en qué lugar del país habían tenido éxito sus ataques, pero al mismo tiempo hicieron una gran campaña de propaganda pensada para mantener la moral de su población lo más alta posible. 
En un mundo en el que los civiles se habían convertido por primera vez en blancos militares era necesario ensalzar a las mujeres que trabajaban en las fábricas y a los niños que sufrían por la violencia, para darle un sentido a la matanza y mantener a Francia convencida de que había que soportar la destrucción hasta vencer a los alemanes. 
Lo que más me importaba era que mis alumnos -futuros colegas- aprendieran a ver la Historia a largo plazo y que sean empáticos con ella. Que no la vean como algo muerto y lejano sino que puedan identificarse con los acontecimientos del pasado, compartan sus sentimientos y los relacionen con su presente. 
Creo que sólo así la Historia adquiere su verdadero valor. 
"Profe, ¿podemos leer textos menos dramáticos para la próxima vez? no sabes cuánto lloré con éste" me dijo una alumna al final de la clase. 
Me hubiera gustado decirle que la Historia siempre es linda, que esos niños franceses al final tuvieron una buena vida y que la mamá de Omran le lavó la cara y lo llevó a un lugar seguro. Lamentablemente no pude hacerlo. 


24 de agosto de 2016

“Historia aplicada”: usar al pasado para entender al presente.

El número de septiembre de 2016 de la revista norteamericana The Atlantic trae un artículo que retoma el antiguo tema sobre la validez de la historia como un conocimiento objetivo que puede servirnos para guiar nuestras acciones a la luz de las próximas elecciones presidenciales en ese país.
Con el título “Why the U.S. President Needs a Council of Historians?” sus autores Graham Allison y Niall Ferguson lanzan una propuesta muy provocativa pero interesante: el presidente de Estados Unidos debería tener un grupo de historiadores que lo asesoren con su conocimiento del pasado para establecer las estrategias que podría aplicar su gobierno para resolver los problemas que se presenten en los próximos años.
Allison y Ferguson son académicos con muchos años de experiencia. El primero tiene cerca de tres décadas analizando la seguridad nacional en Estados Unidos y es director del Centro Belfer para asuntos internacionales de la Universidad de Harvard. Por su parte, Ferguson ha construido una importante carrera como historiador con obras como Civilization, the west and the rest y una muy reciente biografía sobre el exsecretario de Estado norteamericano Henry Kissinger.
De hecho, este artículo que publican en The Atlantic es una versión condensada de un manifiesto que publican en la página del Centro Belfer, con el cual comienzan un nuevo proyecto académico: la Historia aplicada.
¿Cuál es la base de este proyecto? Ferguson y Allison consideran que la Historia es una disciplina válida que a través de una metodología rigurosa nos ofrece conocimientos certeros sobre el pasado y esos conocimientos pueden usarse para comprender mejor el presente y de esa forma construir un futuro.
Inspirados en Tucídides, quien aseguraba que la historia del futuro se parecería a la del pasado porque al final los seres humanos no son tan diferentes (siguen teniendo las mismas pasiones y los mismos miedos); Graham y Ferguson proponen crear especialistas en historia aplicada que asesoren a los políticos en su toma de decisiones.
“Hay que iluminar los retos del presente con analogías históricas”, dicen los autores, estableciendo los antecedentes de los hechos contemporáneos, sugiriendo posibles medidas a tomar también inspiradas en el pasado y evaluando las posibles consecuencias de esos actos.
Ferguson y Allison consideran que hay que consolidar un vínculo respetuoso entre los teóricos y los que toman las decisiones políticas; además de que también hay que regresarle a la Historia el lugar que tuvo hasta mediados del siglo XX como formadora y consejera de gobernantes.
            Para lograrlo, los “historiadores aplicados” deben ser capaces de hilar muy fino y no hacer comparaciones burdas entre el pasado y el presente, deben estudiar los problemas contemporáneos y hacer analogías con los vividos anteriormente y por sobre todo deben tener visión a largo plazo para comprender que las historias de los Estados ocurren en siglos y no en unos pocos años.
            Algunas de sus estrategias serían revisar el estilo de gobernar de presidentes anteriores y preguntarse qué hubieran hecho en nuestro presente, analizar la importancia histórica de las instituciones que forman al Estado y hacer mucha historia contrafactual preguntándose qué hubiera pasado si las circunstancias hubieran sido distintas.

            La Historia aplicada exige hacer un enorme ejercicio de imaginación pero también hay que tener una estricta metodología  y un profundo conocimiento de los hechos para no perderse en argumentos sin sustento. Es un tema que seguramente provocará mucha polémica en la comunidad de historiadores pero que nos sirve para regresar a la Historia al debate público y darle la importancia que merece. 

21 de marzo de 2016

¿Por qué deberíamos recordar a Benito Juárez?

1. Porque nació en 1806 en San Pablo Guelatao, un pequeño pueblo del estado de Oaxaca.

2. Porque era zapoteca, y tal como hoy, los indígenas mexicanos vivían en una espantosa pobreza.

3. Porque gracias a su empeño se atrevió a salir de su pueblo para irse a vivir a la casa de Antonio Maza para aprender a leer y a escribir. 

4. Porque a pesar de los intentos de su padrino Antonio Salanueva, Juárez decidió no convertirse en sacerdote y estudió Derecho, lo que le abrió las puertas de un mundo que de otra forma hubiera sido imposible ingresar. 

5. Porque Juárez viene de una corriente mestiza, liberal y federalista que estaba convencida de que México necesitaba modernizarse consolidando el poder del Estado, limitando a la Iglesia Católica, impulsando la educación laica, gratuita y obligatoria y defendiendo la propiedad privada. 

6. Porque fue el primer presidente indígena en la historia de México.

7. Porque a pesar de que aceptó el Tratado McLane-Ocampo (que le daba a Estados Unidos derecho de paso por el Istmo de Tehuantepec y otras zonas del país), al final se arrepintió, no permitió que se aplicara y aún así contó con el reconocimiento del gobierno norteamericano, lo que le permitió vencer al Partido Conservador durante la Guerra de Reforma. 

8. Porque defendió la soberanía nacional al enfrentarse al Imperio Francés.

9. Porque Juárez se volvió presidente de México en 1858 en sustitución de Ignacio Comonfort, luego se reeligió en 1861 gracias al apoyo de un grupo de gobernadores, volvió a reelegirse por decreto en 1865 y todavía se reeligió dos veces más: en 1868 y en 1871. 

10. Porque fundó la Escuela Nacional Preparatoria, donde estudiaron muchas generaciones que contribuyeron a transformar este país.

11. Porque fue uno de los impulsores de las Leyes de Reforma, que hasta el día de hoy son fundamentales para la historia de México. 

12. Porque murió el 18 de julio de 1872 en la ciudad de México, luego de haber tenido una vida en la que su talento y su tesón lo convirtieron en uno de los hombres más importantes de nuestra historia. 

11 de enero de 2016

Una entrevista incómoda

La recaptura de Joaquín "El Chapo Guzmán" ha sido la nota más importante desde el viernes pasado. Y a eso hay que sumarle que el sábado la revista Rolling Stone publicó una entrevista al narcotráficante más famoso del mundo. 
Sean Penn entrevistó al Chapo con la colaboración de la actriz Kate del Castillo, quien sirvió de contacto entre los dos. 
¿Fue correcto que Penn hiciera esa entrevista? ¿Es moral que Rolling Stone publique las declaraciones de un hombre al que el gobierno de Estados Unidos calificó de "enemigo público"? ¿No están sirviendo Penn y Del Castillo a los intereses del Chapo?
¿Hasta dónde debe llegar un periodista para conseguir una noticia? Esa es una pregunta que no tiene una respuesta sencilla. Son muchos los que dicen que Kate del Castillo y Sean Penn se han convertido en cómplices del Chapo y deben responder ante la justicia por su delito. Otros consideran que los periodistas no pueden convertirse en jueces de sus entrevistados; ellos sólo deben preocuparse por buscar la información y darla a conocer a la sociedad. 
Yo soy de los segundos. Y el caso Penn-Del Castillo-Chapo me recordó otra entrevista muy polémica ocurrida hace 77 años, cuando un periodista mexicano platicó con Adolfo Hitler en Varsovia.
Se llamaba José Pagés Llergo. En 1937 había fundado una revista que provocó un gran impacto en el país: Hoy. Influida por otros medios norteamericanos ya clásicos, como Time y Life, la revista Hoy había alcanzado un gran éxito por la calidad de sus reportajes, sus impresionantes fotografías y los autores que allí publicaban. 
A punto de iniciar la Segunda Guerra Mundial, Pagés Llergo decidió que era necesario entrevistar al hombre que estaba a punto de transformar la historia de Europa y del mundo entero. En junio de 1939 comenzó un largo viaje que lo llevó a Viena, Munich y Berlín buscando a Adolfo Hitler. Tuvo que enfrentarse con la maquinaria burocrática del Ministerio de Información del Reich, quien al principio le negó la posibilidad de siquiera saludar al Führer y luego lo obligó a presentar cuestionario tras cuestionario hasta que le aprobaron las preguntas que podría hacerle.
Al final, el encuentro se llevó a cabo el 25 de septiembre de 1939 en la Varsovia arrasada semanas antes por las tropas alemanas. Pagés se acercó a saludar a Hitler, quien clavó en él sus ojos de acero. Sin embargo, dice Pagés, Hitler lo saludó muy amablemente sorprendido de que un periodista mexicano quisiera entrevistarlo. 
El resto del breve encuentro consistió en un monólogo en el que Hitler lanzaba retos contra los líderes occidentales que “habían provocado” a Alemania. Rodeado por altos oficiales, Pagés intentó preguntarle a Hitler sobre la política de Estados Unidos ante la invasión a Polonia y la decisión de Francisco Franco de permanecer neutral en el nuevo conflicto. Hitler lo escuchó con la boca cerrada y las manos cruzadas detrás de la espalda. Luego volvió a estrechar la mano de Pagés y se marchó.
La entrevista como tal nunca ocurrió, pero Pagés no podía perder la oportunidad de por lo menos escribir todo lo que vivió en ese momento. Hoy publicó “¡Yo hablé con Hitler!” el 18 de noviembre de 1939, y causó una gran conmoción en México debido a la forma como Pagés describía al Führer. Hoy fue acusada de ser una publicación fascista (acusaciones que seguramente fueron alentadas por los servicios de espionaje ingleses y norteamericanos que operaban en México en ese año). Pagés Llergo tuvo que salir de la revista y mudarse a Guadalajara, donde vivió por varios años, hasta que regresó a México y fundó una revista legendaria: Siempre! 
¿Qué les pasará a Sean Penn y a Kate del Castillo por haber entrevistado al Chapo Guzmán? Espero que nada, pero esta entrevista ya pasó a la historia como una más de aquellas en las que apareció la oportunidad de conseguir una gran información y alguien decidió tomarla.