7 de diciembre de 2010

Adios, Bicentenario... hola, realidad.


Se acabó el 2010. Termina el año del Bicentenario y del Centenario. Aunque creo que se acabó el 20 de noviembre pasado, con ese conjunto de festejos tan raros que además se realizaron en una fecha distinta a la ya mencionada. Con eso de que a Vicente Fox se le ocurrió que podíamos disfrutar de fines de semana de tres días, aunque nos brincáramos las fechas históricas por las cuales en esos días no hay labores, ahora no supimos si la Revolución comenzó el 15 de noviembre, el 20 o en alguna otra fecha, (o si alguna vez tuvimos una "Revolución Mexicana").
Ni modo, hay que decirlo otra vez: los festejos no estuvieron a la altura de nuestras expectativas. El problema no estuvo en el "Quetzalcóatl conceptual", ni en el "Coloso de 15 minutos" y mucho menos en el "Shalalá" (perdón por recordarles que alguna vez existió esa canción). No, el gran problema fue que no usamos al 2010 para repensar los dos siglos anteriores ni para imaginarnos las centurias que vienen. No construimos algo que realmente quede para el futuro, porque no nos atrevimos a cuestionar seriamente al presente. Todo se quedó en una fiesta mediocre, mientras el Estado mexicano vive una época muy oscura, a pesar de que Felipe Calderón insista con decir que "vamos ganando la guerra" y que tache de mentiroso a Wikileaks.
En este contexto, la revista Nexos presenta el último artículo de su serie "La Construcción de México, 1810-2010". Le tocó cerrar el ciclo a Luis Medina, un académico del CIDE, quien reflexiona sobre tres problemas en los que se concentra gran parte de la crisis que vivimos desde los años 90: el equilibrio de poderes, la relación entre el centro y los estados, y de qué maneran conviven en este país gobernantes y gobernados.
México 2010: hacia el Porfiriato tardío, es el nombre de este artículo, en el que Medina comienza examinando la relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Desde 1997, ambos poderes han estado a la greña. Vicente Fox se pasó su sexenio diciendo que el Ejecutivo proponía y el Legislativo disponía, pero al final no lo dejaban gobernar, por lo que se le ocurrió (a él o a sus asesores) armar una campaña mediática para presionar a los legisladores, con lo que sólo logró echarle gasolina a la hoguera que fue alimentando durante el sexenio, hasta que el primero de septiembre de 2006 no lo dejaron entrar a la Cámara de Diputados para que rindiera su último informe de gobierno. Con Calderón las cosas tampoco han ido bien. De hecho, cuando el presidente ha entrado al palacio de San Lázaro, ha sido de pisa y corre, y hace unos días volvió a enfrentarse al Legislativo exigiéndole que le digan si van a aceptar sus iniciativas de reformas o mejor cerramos el país hasta el próximo sexenio.
Hay que decir que todo esto no es nuevo. México nació con profundos conflictos entre el Ejecutivo y el Legislativo. Los dos vivieron una lucha de poder durante el siglo XIX que sólo se solucionó cuando Porfirio Díaz pudo hacerse fuerte gracias a las alianzas que estableció con los gobernadores de los estados. Antes de eso, Juárez tuvo que gobernar con decretos y también imponiendo gobernadores. Los presidentes anteriores y el Emperador Iturbide se las vieron negras para negociar con los diputados, al punto que varios golpes de Estado se fraguaron en el poder Legislativo.
Díaz no pasó por estos problemas porque a cambio del apoyo de los gobernadores, permitió que éstos manejaran sus regiones con total libertad (siempre y cuando sus acciones concordaran con los intentos pacificadores y modernizadores del Estado mexicano). Venustiano Carranza impulsó la modificación constitucional que le diera más poderes al Ejecutivo, pero tuvo que ser Calles con la creación del Partido de la Revolución, quien logró establecer un poder firme que "absorbió" al Legislativo y le dio estabilidad al sistema, hasta que volvió a reventarse a finales del siglo XX.
El segundo problema está en la relación que mantiene el centro con la periferia. Actualmente nuestros gobernadores tienen un poder con el que no contaban antes. Si bien, mientras duró el "gobierno de la Revolución" tuvieron un amplio margen de acción, éste no podía ir más allá de las decisiones del centro. Actualmente es imposible pensar que el presidente pueda remover a un gobernador, o presionarlo a través de su congreso estatal para que tenga que pedir licencia, pero durante la segunda mitad del siglo XX eso fue cosa de todos los días.
Nuestro federalismo está mal construido, y eso viene desde el origen. Por una parte éramos una monarquía acostumbrada a recibir órdenes desde el centro, pero al mismo tiempo estaban surgiendo una serie de poderes regionales que lograron la Independencia en 1821 y no estaba dispuestos a volverse a sujetar a otro poder sin recibir algo a cambio. Los estados podían cobrar impuestos libremente y hasta tener sus propias milicias, lo que fue una de las razones por lo que muchos no participaron en la defensa de México durante la guerra de 1847.
Juárez (y después Díaz) lograron convencer a los gobernadores que, luego de los enormes problemas que vivió México durante la mayor parte del siglo XIX, era más conveniente para todos armar una red de lealtades que permitiera al Ejecutivo gobernar sobre todo el país a cambio de que esos gobernadores no perdieran su parcela. En ese sentido, la Revolución tuvo éxito; ya que a ningún gobernador o cacique se le ocurrió aprovechar la anarquía reinante para separar a su estado de la unión. A cambio de mantener sus privilegios, los nuevos caciques se subieron al carro de la Revolución y mantuvieron la disciplina del Partido durante décadas, hasta que el sistema comenzó a desmoronarse.
¿Y en toda esta estructura creada a partir de alianzas y repartos, dónde queda la sociedad? pues afuera. Apenas estamos construyendo una ciudadanía consciente de sus derechos y obligaciones, y que esté dispuesta a exigirle a su gobierno que se comporte de forma conveniente. Y eso va a tomar muchas décadas, porque estamos acostumbrados a quejarnos del gobierno pero no a participar en él para cambiarlo.
Y es que las prácticas políticas han sido diseñadas para que el ciudadano no participe. En su origen los partidos políticos eran meras logias de "grilleros" que apoyaban a algún caudillo pero no tenían miras a largo plazo. Las elecciones mexicanas eran de forma indirecta, lo que quiere decir que los ciudadanos votaban para elegir a los electores que a su vez elegirían a los gobernantes. O sea, todo estaba puesto para ni siquiera fuera necesario un fraude electoral: con que el elector votara por quien él quería, ya fuera del gusto o rechazo de sus representados era suficiente; ya que además en muchos casos esos representados ni siquiera se enteraban de que había elecciones.
A Díaz le preocupaba muchísimo mantener un aparato electoral que legitimara a su gobierno e impulsó la realización de elecciones "limpias e incuestionables". Sólo había que asegurarse primero que los candidatos fueran convenientes tanto para el centro como para los estados. A quien se eligiera sería bueno para el sistema. Díaz dejó en manos de los gobernadores las elecciones estatales (aunque muchas veces tuvo que mediar entre los distintos grupos regionales para que no acabaran matándose entre ellos) y a cambio mantuvo un férreo control de los legisladores federales y la Suprema Corte de Justicia. También había que "promover el tedio" entre los ciudadanos, para que todos se quejaran pero nadie quisiera hacer algo para cambiar las cosas.
Madero fue el primero que creyó en la posibilidad de cambiar las cosas. Su libro "La sucesión presidencial en 1910" y la campaña política que llevó a cabo le mostró a muchos mexicanos que no tenían por qué vivir bajo el mismo esquema. Es una lástima que los mexicanos actuales no tengamos presente su ejemplo. Porque ahora, quizá más que nunca, los ciudadanos tenemos que participar en el gobierno de nuestro país. Nuestra abulia política se convierte cada vez más en un problema de seguridad nacional.
Si los ciudadanos no han participado en la política, y el Ejecutivo ha tenido que pactar con gobernadores y legisladores para mantenerse en el poder, ¿en dónde queda pues la Constitución? pues queda en su vitrina, limitada a ser un símbolo que se respeta pero no se cumple, tal como lo señalaron los virreyes novohispanos hace siglos. Medina apunta en su artículo que el Estado mexicano del siglo XX se construyó a partir de cinco acuerdos que pactaron los revolucionarios con otros poderes: el sector privado, los intelectuales, la clase política, los obreros y los campesinos. Me parece que le faltó mencionar a la Iglesia y al Ejército, con quienes también tuvo que conciliar, aunque los colocara fuera del sistema.
El Estado Revolucionario se vino abajo cuando rompió los acuerdos que mantuvo con esos otros personajes políticos: a los empresarios los golpeó con la nacionalización de la banca en 1982 (fomentando con este hecho el crecimiento del PAN y su llegada a la presidencia en el año 2000); los intelectuales (y por extensión el "grupo universitario") nunca perdonó la agresión sufrida en 1968; el PRI fue cada vez más una herramienta política del presidente en turno, hasta que Salinas casi lo desmoronó y Zedillo prefirió alejarse del partido (otra de las razones del triunfo Foxista). Por su parte, obreros y campesinos siempre fueron usados a conveniencia del Estado, lo que empeoró la economía de estos trabajadores durante décadas, ya fuera bajo el "nacionalismo revolucionario", o globalizados vía TLC.
El año 2000 era vital para crear nuevas estructuras que pudieran suplir a las anteriores. Y, como señala Luis Medina, fue otra oportunidad perdida. Vicente Fox no pudo (o no quiso) fajarse los pantalones para hacer las reformas que México necesitaba. Diez años más tarde, Felipe Calderón sigue peleándose con el Congreso, mantiene sus pactos con los "poderes fácticos" (como la maestra Elba Esther), se enfurece cuando Wikileaks nos confirma que Estados Unidos se preocupa cada vez más al ver que su vecino no está en paz, y el proyecto panista se hunde gracias a un presidente que creyó que podía legitimarse con una guerra sin importarle cuán larga y costosa pudiera ser.
¡Qué año más difícil! Nos ha tocado vivir una era interesante, como reza la antigua maldición china. Pero, a pesar de todo, también nos demuestra que hay esperanza. El verdadero cambio vendrá cuando cada ciudadano se responsabilice por sus propios actos, cuando entienda que tiene que participar para que las cosas mejoren, cuando venza su desgano ante la política y comprenda de una vez por todas que los "hombres providenciales" han sido nefastos para nuestro país. Que el recuerdo de 2010 nos sirva para mejorar todo lo malo que hemos vivido.





1 comentario:

  1. MUY INTERESANTE, DIFERENTES CAMINOS LLEVAN LAS HISTORIAS POLÍTICAS DE AMERICA LATINA, LASTIMOSAMENTE.

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