22 de octubre de 2010

Los dueños de la Ciudad de México


En diciembre de 1914, la Ciudad de México vivía temerosa ante la posibilidad de ser destruida. Los que tenían recursos huían de la capital mientras que el resto intentaba juntar la poca comida que quedaba o se entregaban al fervor religioso. La causa de tanto pánico era la próxima llegada de las tropas de los generales Emiliano Zapata y Francisco Villa. Los revolucionarios habían declarado que la Ciudad de México tendría que pagar su culpa, por no haber defendido al presidente Francisco I. Madero cuando fue víctima de un golpe de Estado que acabó con su vida en 1913.
El golpista general Victoriano Huerta desató una nueva guerra civil, mucho más sangrienta que la que logró la renuncia de Porfirio Díaz en 1911. Luego de vencer a Huerta, los revolucionarios, deslumbrados ante la posibilidad de adueñarse de México, empezaron a pelearse entre sí. La Ciudad de Aguascalientes fue la sede de una convención que buscaba una salida negociada ante las presiones de los nuevos generales, pero ésto no pudo darse. Venustiano Carranza huyó hacia Veracruz para fortalecerse, mientras Villistas y Zapatistas tomaban la temerosa Ciudad de México.
Sin embargo, la capital descubrió pronto que las "hordas zapatistas" no llegaron sedientos de sangre. En su lugar, se dedicaron a pedir tortillas en las casas de la ciudad, aunque algunos aprovecharon su estancia para comer en un nuevo restaurante: Sanborns. Si bien hubo casos de violencia, en ningún modo se comparan con lo que hicieron sus rivales -los carrancistas- cuando les tocó adueñarse de la ciudad.



El día 16, los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata, junto con los miembros de la Convención de Aguascalientes, entraron a la Ciudad de México. La película nos muestra que pudo más la curiosidad y las ganas de ver a los vencedores de Victoriano Huerta que el miedo ante el pillaje. Cientos de miles de personas se congregaron en el Zócalo para recibir a los comandantes del Ejército Libertador del Sur y de la División del Norte. Esa gran plaza que vio llegar a Iturbide, al ejército norteamericano, a las tropas francesas que trajeron a Maximiliano, al ejército repúblicano que regresó a Juárez al poder, y que fue testigo de los grandes festejos por el centenario de 1910, ahora contemplaba un nuevo momento de nuestra historia.

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