8 de enero de 2009

El regreso del Marxismo y los historiadores del siglo XXI

Las perspectivas económicas no son nada buenas. A las noticias que tuvimos en 2008 recibimos ahora la de que Larry Flint, creador de la revista Hustler, uno de los pilares de la industria pornográfica norteamericana, quiere pedir al Congreso de su país que los salve apoyando un paquete de rescate de 5 mil millones de dólares.
Si bien Flint reconoce que su empresa no está en peligro de desaparecer, si considera que, dada la creciente crisis económica y los problemas emocionales que ello ocasiona ya, es necesario que la gente se entretenga, ¡y qué mejor entretenimiento que la pornografía!.
Chistes aparte, es cierto que la economía tiene serios problemas, producto de un modelo económico que fue altamente permisivo con la libre empresa, y creyó que un mercado con manga ancha y un gobierno mínimo eran la condición óptima para que las sociedades prosperaran.
En este tiempo de crisis, parece que el fantasma de Karl Marx está de regreso. De hecho, hace pocos meses, una editorial japonesa anunció que sacará a la venta una edición de El Capital en manga, ese estilo japonés de hacer comics.
Es innegable la importancia del marxismo en el análisis de la sociedad capitalista de los siglos XIX, XX y por lo que se ve, seguramente del XXI.
Lo que pienso que sería preocupante, es que el viejo Karl regrese en una de sus formas más obsoletas: lo que Eric Hobsbawm llama "el marxismo vulgar".
¿En qué consiste esto? en su ensayo "
¿Qué deben los historiadores a Karl Marx?", Hobsbawm señala siete apartados que no necesariamente forman parte del pensamiento marxista original, pero que con el paso de los años se le fueron incrustando:

  • creer que la economía es el factor fundamental en las sociedades y del cual dependen todos los demás.
  • La utilización indiscriminada del modelo “base y superestructura” y la creencia simple de que la primera determina la segunda.
  • Ver a la "lucha de clases" como el motor de la historia.
  • La creencia en una ley histórica materialista de la evolución, y que era inevitable que la masa (o la clase obrera) prevaleciera sobre el individuo.
  • La obligación de estudiar determinados temas (los económicos) y descartar otros “que no eran funcionales” o peor aún, denotaban una actitud “pequeño-burguesa” ante la vida.
  • El auge de otros temas que no necesariamente eran marxistas, pero estaban más cercanos al “mito revolucionario”, como la agitación de las clases oprimidas.
  • Una concepción historiográfica presuntamente científica, pero dogmáticamente basada en la idea de la base y la superestructura.

En esencia, la crítica de Hobsbawm está (paradójicamente) en que otros autores no hayan criticado suficientemente los conceptos propuestos por Marx y simplemente los hubieran adoptado sin un análisis riguroso. En un artículo anterior, comenté sobre la idea del "motor de la historia", y cómo en distintas épocas este mito ha resurgido como un arma política para justificar regímenes y modos autoritarios de pensar. El marxismo vulgar ofrece una visión reduccionista y dogmática de la Historia que no toma en cuenta el papel del individuo, considera que la economía es la razón de todo cuanto ocurre, y anhela fervientemente que la acumulación de contradicciones en la base económica produzca la feliz Revolución que lleve por fin a la humanidad a la era dorada del comunismo científico.
Creo que está de más decirlo, pero por las dudas lo hago de nuevo: no existe el motor de la historia. Todas aquellas teorías que, apoyándose en una interpretación particular del pasado han intentado predecir y controlar el futuro han fracasado. Y muchas veces provocando la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos.
Qué bueno que el viejo Karl esté de regreso. Su aportación a la economía y al análisis historiográfico es indudable. Pero por favor, ante la deblacle del neoliberalismo no pretendamos reenarbolar viejas banderas. Mejor aplicamos de manera critica las herramientas que nos dejaron Karl, Max (Weber), August (Comte), el otro Karl (Popper) y todos los pensadores que nos precedieron, para producir un discurso historiografico que nos permita comprender mejor nuestro pasado y nos dé elementos para enfrentar nuestro presente.

Eric Hobsbawm, Sobre la Historia, Crítica, 1997.



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