24 de junio de 2013

"Somos los árbitros de la nación, no sus mandaderos"


El periódico Reforma informó hoy que el coordinador del PAN en el Senado, Ernesto Cordero "utilizó recursos públicos para comprar joyas, botellas de ron, artículos de lujo de la marca Louis Vuitton y hasta chicles" 
En total, Cordero y la fracción panista gastaron 98 mil pesos en boletos de avión, telefonía celular, champú para evitar la caída del cabello, joyería, una chamarra cazadora, ropa deportiva, ropa para niños, accesorios de baño, toallas y varios más durante ocho meses.
"Para este año -dice Reforma-  los líderes de las bancadas en el Senado tienen a su disposición más de 707 millones de pesos para gastos de las distintas fracciones y comisiones legislativas, de los cuales 468 millones se destinan para los gastos de las fracciones y el resto para diversos pagos de las comisiones legislativas".
O sea que, el senador Cordero y sus amigos le dieron apenas un "pellizquito" al enorme presupuesto que tienen a su disposición. 
Al leer esta nota recordé a un diputado mexicano que no gozó de tanto dinero como los de ahora, pero tuvo una vida tan interesante y se involucró tanto en la política que sus últimos días los pasó en un pequeño departamento, construido en Palacio Nacional, y muy seguramente pagado por el presidente en turno: Guadalupe Victoria. 
El 13 de diciembre de 1823, cuatro años antes de su muerte, el diputado del que estoy hablando, Servando Teresa de Mier, subió a la tribuna para pronunciar un discurso que irritó a muchos de sus contemporáneos, entre otras cosas porque rechazaba totalmente el sistema federal para gobernar este país. 
Decía Mier que los mexicanos no sabíamos qué era esa cosa llamada federalismo, y si lo aplicábamos para gobernarnos, el país desaparecería. 
Afortunadamente México sigue aquí. Pero es cierto que dejar atrás el centralismo y volvernos federalistas nos costó (y nos cuesta) muchos dolores de cabeza. 
Regresando a Cordero, el discurso de Mier incluye algunas líneas sobre cómo debía desempeñar su trabajo un legislador, que a lo mejor le gustarían mucho a este senador panista (y a muchos otros), pero ya sería llevar el cinismo hasta lo jamás visto (y miren que los mexicanos durante nuestra historia hemos contemplado a bastantes políticos corruptos):

...¿y qué hemos de hacer, se nos responderá, si así lo quieren, así lo piden? Decirles lo que Jesucristo a los hijos ambiciosos del Zebedeo: No sabéis lo que pedís.
Los pueblos nos llaman sus padres, tratémoslos como a niños que piden lo que no les conviene: no sabéis lo que pedís.
Se necesita valor, dice un sabio político, para negar a un pueblo entero; pero es necesario a veces contrariar su voluntad para servirlo mejor. Toca a sus representantes ilustrarlo y dirigirlo sobre sus intereses, o ser responsable de su debilidad.
Al pueblo se le ha de conducir, no obedecer. Sus diputados no somos mandaderos, que hemos venido aquí a tanta costa y de tan largas distancias para presentar el billete de nuestros amos. Para tan bajo encargo sobraban lacayos en las provincias o corredores en México.
Si los pueblos han escogido hombres de estudios e integridad para enviarlos a deliberar en un Congreso General sobre sus más caros intereses, es para que acopiando luces en la reunión de tantos sabios decidamos lo que mejor les convenga; no para que sigamos servilmente los cortos alcances de los provincianos circunscritos en sus territorios.
Venimos al Congreso General para ponemos como sobre una atalaya, desde donde columbrando el conjunto de la nación, podamos proveer con mayor discernimiento a su bien universal. Somos sus árbitros y compromisarios, no sus mandaderos.
La soberanía reside esencialmente en la nación, y no pudiendo ella en masa elegir sus diputados, se distribuye la elección por las provincias; pero una vez verificada, ya no son los electos diputados precisamente de tal o tal provincia, sino de toda la nación.
Éste es el axioma reconocido de cuantos publicistas han tratado del sistema representativo. De otra suerte el diputado de Guadalajara no pudiera legislar en México, ni el de México determinar sobre los negocios de Veracruz.
Si, pues, todos y cada uno de los diputados lo somos de toda la nación, ¿cómo puede una fracción suya limitar los poderes de un diputado general? Es un absurdo, por no decir una usurpación de la soberanía de la nación.
Yo he oído atónito aquí a algunos señores de Oaxaca y Jalisco, decir que no son dueños de votar como les sugiere su convicción y conciencia, que teniendo limitados sus poderes no son plenipotenciarios o representantes de la soberanía de sus provincias.
En verdad, nosotros los hemos recibido aquí como diputados, porque la elección es quien les dio el poder, y se los dio para toda la nación; el papel que abusivamente se llama poder, no es más que una constancia de su legítima elección; así como la ordenación es quien da a los presbíteros la facultad de confesar, lo que se llama licencia no es más que un testimonio de su aptitud para ejercer la facultad que tienen por su carácter. 


¿Se imaginan a un diputado o senador de nuestro tiempo diciendo algo parecido a lo que Mier señala? La diferencia está en que Mier esperaba que el Poder Legislativo pudiera imponerse a la sociedad, porque contaría con algo que, nosotros sabemos bien, jamás ha tenido: autoridad moral.

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