4 de marzo de 2013

El himno nacional mexicano de Henri Herz.

De tiempo en tiempo a alguien se le ocurre proponer que cambiemos la letra del himno nacional. Les parece demasiado violento, incompatible con el tiempo que vivimos y muy patriotero. 
Lo cierto es que nuestro himno no fue muy querido cuando se estrenó en 1854 y tuvieron que pasar décadas para que la sociedad mexicana lo aceptara, a pesar de que ya no sepa qué es un bridón y siga creyendo que deberíamos acabar con "Masiosare", el extraño enemigo. 
Nuestro himno no ha tenido una vida fácil, empezando por el hecho de que tuvo que competir durante varios años con otra melodía, la cual fue compuesta por un músico austriaco que deseaba agradecer de ese modo el cariño con el que lo recibieron los mexicanos. 
Henri Herz (el del retrato) era un famoso pianista que llegó a México en 1849 para dar una serie de conciertos. Conmovido por la aceptación de su público decidió agradecerles componiendo un himno nacional. 
La propuesta fue recibida con mucho gusto, y un grupo de literatos llamado La Academia de Letrán organizó un concurso para escoger la mejor poesía patriótica, que sería musicalizada por el pianista austriaco. 
El ganador fue el poeta Andrés Davis Bradburn, quien escribió un texto que se parece a nuestro actual himno nacional: 

Truene, truene el cañón; que el acero
En las olas de sangre se tiña.
Al combate volemos; que ciña
Nuestras sienes laurel inmortal.
Nada impide morir si, con gloria,
Una bala enemiga nos hiere;
Que es inmenso placer, al que muere, 
Ver su enseña triunfante ondear.     

Herz musicalizó esas estrofas para estrenar el himno nacional el 15 de septiembre de 1850, pero no lo tuvo listo a tiempo. Lo tocaron por primera vez hasta noviembre de ese año y no tuvo mucho éxito, ya que Herz no hablaba bien español, por lo que no sabía cómo respetar la pronunciación y los acentos de cada palabra. Sin embargo, un editor de periódicos llamado Ignacio Cumplido le dio gran difusión, por lo que siguió tocándose en ceremonias oficiales hasta 1867. 
Cada sociedad va creándose con el paso del tiempo aquellos símbolos que le sirvan para recordar su pasado, formarse una identidad e imaginarse el futuro que desean. A pesar de su fama durante casi 20 años, el himno de Henri Herz no logró sobrevivir y hoy está casi olvidado. El himno de Bocanegra y Nunó pudo mantenerse porque tuvo algo que le gustó a los mexicanos. Tal vez su carácter marcial, quizá algo en su letra; lo cierto es que no me imagino el Estadio Azteca, o el Zócalo un 15 de septiembre, cantando esa melodía que un músico austriaco nos regaló.




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