2 de abril de 2012

EM (VI) Vasconcelos y Ortiz Rubio.

El 17 de noviembre de 1929 se celebraron elecciones extraordinarias para escoger al nuevo presidente de la república, luego del asesinato de Álvaro Obregón y el periodo provisional de Emilio Portes Gil.

De un lado estaba un afamado intelectual, rector de la Universidad Nacional y primer secretario de Educación Pública: José Vasconcelos.

Del otro, un oscuro diplomático que vivió fuera de México varios años y era casi desconocido en el país. Pero esa cualidad lo convertía en el candidato idóneo para fortalecer al naciente sistema político mexicano: Pascual Ortiz Rubio.

El asesinato de Obregón marcó a la clase política de su tiempo. Agotados luego de años de batallas, asesinatos e intrigas, los sobrevivientes se consumían en su búsqueda de más poder.

Junto con Obregón iba a regresar a la presidencia ese grupo que lo apoyó en la crisis política de 1920, cuando el entonces jefe del Ejecutivo, Venustiano Carranza, fue asesinado al querer impedir que el manco alcanzara el poder.

El regreso de Obregón parecía una consecuencia lógica de las políticas aplicadas por el grupo que gobernaba México desde 1920: constitucionalistas que derrotaron a Huerta, Villa y Zapata, que se deshicieron de Carranza y De la Huerta, y consideraban que tenían el derecho de gobernar el país como mejor les pareciera.

Sin embargo, al morir Obregón esa confianza se vino abajo. El sistema se estaba construyendo sobre una base personalista, y el hombre "destinado" a gobernar al país durante otro periodo presidencial (y tal vez muchos más) acababa de ser asesinado por un fanático católico.

Los obregonistas le echaron la culpa al entonces presidente, Plutarco Elías Calles, y amenazaron con iniciar una nueva guerra civil. Calles tuvo que negociar cuidadosamente para evitar otra etapa de destrucción, pero también se dio cuenta de que el país no podía subsistir con el viejo modelo caudillista.

En una reunión con los generales más importantes del ejército mexicano, Calles les pidió que mantuvieran la disciplina y apoyaran a un candidato de unidad, un civil que contara con el respaldo de todos los grupos revolucionarios para tranquilizar al país en lo que se realizaban nuevas elecciones.

Los generales aceptaron, y el secretario de Gobernación de Calles, Emilio Portes Gil, se convirtió en el nuevo presidente. Calles se había anotado un triunfo, pero sabía que no era suficiente. Si quería asegurar la estabilidad de México, era necesario encontrar un mecanismo pacifico para compartir el poder entre los sobrevivientes de la Revolución.

La solución estaba en los partidos totalitarios que estaban surgiendo en Europa en ese momento. Grandes concentraciones políticas que pretendían integrar a todas las corrientes de opinión en un sólo organismo, dentro del cual se compitiera por el poder sin derramar sangre.

Con esta idea en mente, Plutarco Elías Calles declaró en su último informe de gobierno en 1928 que no extendería su mandato, que la época de los caudillos había terminado y comenzaba la era de las instituciones.

En marzo de 1929, luego de meses de negociaciones, surgió el Partido Nacional Revolucionario (PNR). Era en realidad una enorme federación de partidos estatales, los cuales funcionaban como "propiedad privada" de cada caudillo revolucionario.

Estos "sobrevivientes de la matanza" se dieron cuenta de que les convenía obedecer a Calles y apoyarlo en su idea de construir un partido único, para de ese modo mantener el poderío en sus regiones gracias al apoyo del centro. Los que no estuvieron de acuerdo con la idea de Calles se lanzaron a una nueva lucha, la rebelión escobarista, que fue destruida varios meses después.

Con el Partido en marcha, era necesario encontrar un candidato a las próximas elecciones presidenciales. Rápidamente destacó un general revolucionario aliado de Obregón y Calles, quien además estaba construyendo una gran fortuna: Aarón Sáenz.

Sin embargo, Calles opinaba diferente. Para él era necesario un candidato de unidad, alguien que no contara con poder ni prestigio personal y tuviera que apoyarse en el partido para llevar a cabo sus políticas (y que, de preferencia, no fuera militar).

Es así como aparece Pascual Ortiz Rubio, un ingeniero topógrafo de Michoacán, que fue maderista y luego constitucionalista. En 1917 gobernó en su estado natal, tres años después apoyó a Alvaro Obregón y obtuvo a cambio la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas.

Ortiz Rubio dejó rápidamente los puentes y caminos por la vida diplomática. Pasó varios años en Alemania y Brasil como embajador, hasta que en 1929 fue llamado con urgencia a la Ciudad de México. El presidente Portes Gil lo nombró Secretario de Gobernación, y poco después el Partido lo nominó como su primer candidato a la presidencia de la república.

Para el mismo Ortiz Rubio fue una sorpresa su nominación. Tenía varios años fuera de México y no contaba con capital político. Pero eso lo hacía conveniente, ya que el resto de los generales revolucionarios necesitaban un candidato de unidad, mientras que Calles creía que un presidente sostenido por el PNR y no por sus pistolas (literalmente) le daría estabilidad al país.

No todos los revolucionarios apoyaron a Ortiz Rubio (ni ingresaron al PNR). Además de los escobaristas hubo otros que no estuvieron de acuerdo con el plan de Calles y buscaron el poder creyendo en el voto democrático.

Entre ellos estuvo Vito Alessio Robles, quien dirigía un viejo y muy renombrado grupo político: el Partido Nacional Antirreeleccionista (PNA). Fundado en 1909 y que llevó a la presidencia a Francisco I. Madero en 1911, el PNA logró sobrevivir a la guerra civil y al periodo de Obregón y Calles. Alessio Robles consideraba que podían ganarle la presidencia al PNR, pero para ello necesitaban un candidato fuerte.

Su primera opción era Antonio I. Villarreal, otro general revolucionario; pero cuando éste se unió a la fracasada rebelión escobarista, hubo que buscar a otro candidato, y lo encontraron en José Vasconcelos.

Para 1929, Vasconcelos era una figura renombrada en México. Miembro de la Generación del Ateneo, Maderista, Villista, filosofo, rector de la universidad Nacional, primer secretario de educación pública, pedagogo, escritor, conferencista... parecía el candidato idóneo para sustituir a los militares revolucionarios.

Vasconcelos no tomó con agrado la oferta del PNA de ser su candidato, pero no tenía más opciones, por lo que en julio de 1929 comenzó su campaña presidencial. Era un muy brillante orador, que prometía a sus votantes la no reelección, el voto femenino, moralizar la administración pública, impulsar la educación, establecer impuestos directos y convertir a México en un régimen parlamentario.

Rápidamente se ganó el apoyo de la clase media, especialmente de los universitarios y las mujeres. Pero su lenguaje lo hacía incomprensible para los campesinos, que formaban la mayoría en México.

Por su parte, el PNR rápido puso a caminar su maquinaria electoral. Con una fuerte organización federal, estatal y municipal, 31 partidos regionales, 280 centros distritales y 5 mil unidades municipales, el partido enseñó su músculo por primera vez en la historia de México.

Ortiz Rubio recorrió 14 estados y contó con recursos gracias a diversas artimañanas; entre ellas el gobierno de la república descontó siete días de salario anual a los trabajadores del Estado para sostener al candidato oficial.

Vasconcelos tenía de su lado a gran parte de la clase media, pero su campaña estaba desorganizada y tenía poco dinero. Ortiz Rubio era un desconocido, pero tenía atrás el dinero y el poder del PNR. Al final eso decidió la elección.

Ortiz Rubio ganó por 1, 948, 848 votos. Vasconcelos obtuvo 1, 110, 979. Ante lo que consideró un fraude electoral, Vasconcelos lanzó el Plan de Guaymas, para convocar a un gran movimiento armado que quitara a Ortiz Rubio y el PNR del poder. Muy pocos lo siguieron, y la mayoría de ellos fueron asesinados.

En 1929, el Partido de la Revolución logró su primer gran triunfo. Se mantuvo en el poder (con distintos nombres) hasta el año 2000. Pero desde el primer momento quedó claro que no bastaba con tener un candidato carismático y talentoso para ganar la presidencia, y también que la Familia Revolucionaria se consideraba la única con derecho de gobernar este país, aunque a su interior hubiera fracturas, como veremos en otra ocasión.


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