25 de abril de 2011

"El segundo hombre más poderoso de México"

En agosto de 1956, Winston Scott, un americano procedente de Alabama, llegó a la Ciudad de México para trabajar como Primer Secretario de la Embajada de Estados Unidos. Su arribo no llamó la atención, salvo en ciertos círculos de la élite política mexicana, quienes sabían que Scott tenía un cargo muy distinto al que mencionaba.
Winston Scott era en realidad el Jefe de la estación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en nuestro país, y su presencia en México influyó en nuestra historia. Desde los conflictos ferrocarrileros de finales de los años 50, las sucesiones presidenciales de Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, la matanza del 2 de octubre de 1968 y el asesinato de John F. Kennedy; Winston Scott participó desde las sombras para beneficiar a su país, en una larga carrera que muchas veces le provocó grandes frustraciones.
Winston Scott nació en 1909 y era doctor en Matemáticas por la Universidad de Michigan. En 1941 se unió a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) donde comenzó su carrera como espía. Se enroló en la Marina y en 1944 fue aceptado para trabajar en la Oficina de Servicios Estratégicos, un organismo fundado dos años antes para combatir a los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1947, Scott era ya un respetado miembro de la comunidad de inteligencia norteamericana y fue uno de los fundadores de la CIA. Luego de una fructífera carrera, el entonces director de la Agencia, Allen Dulles, lo comisionó para encargarse de las actividades en nuestro país.
De forma parecida a otros diplomáticos norteamericanos (concretamente Dwight Morrow y Josephus Daniels), Scott se valió de su carácter "campechano" para ganarse a diversos miembros de la élite política mexicana. Su carisma (y su capacidad para manipular, como buen espía que era) le permitieron hacerse muy amigo del entonces presidente electo Adolfo López Mateos.
La CIA y el Departamento de Estado sabían que en México operaban varios grupos de espionaje desde la Segunda Guerra Mundial, y les preocupaba que el Servicio de Inteligencia Soviético, (la famosa KGB) se valiera de la cercanía geográfica entre nuestro país y Estados Unidos, además de nuestras centenarias rencillas, para imponer un gobierno comunista.
Por esa razón, Winston Scott desarrolló un programa llamado LITEMPO, el cual buscaba fortalecer las relaciones entre Estados Unidos y México, ganándose la amistad de los políticos más importantes de nuestro país.
A cambio de favores, información, y dinero en algunos casos, los políticos que formaban parte de LITEMPO le daban toda clase de apoyos a la CIA para moverse a su antojo por nuestro país.
Entre otros involucrados en el programa LITEMPO estuvieron los presidentes Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría; el Jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios; el millonario mexicano Carlos Trouyet y otros personajes.
Cada domingo, Winston Scott desayunaba con el presidente López Mateos; llegó a ser más poderoso que los embajadores Robert Hill y Thomas Mann. Cuando el Departamento de Estado necesitaba conocer la opinión de López Mateos sobre algún tema, sólo tenía que pedirle a Scott que se lo preguntara, en lugar de usar los conductos oficiales.
Al mismo tiempo, Scott armó una gran red de espionaje, comprando varias casas que estaban alrededor de las embajadas cubana y soviética, donde instaló un enorme sistema de cámaras y grabadoras, con la intención de saber todo lo que pasaba al interior.
Scott tuvo varios triunfos mientras estuvo en la Ciudad de México. Su estación era reconocida como la más importante y mejor organizada de todo el hemisferio occidental.
Él se encargó de organizar la visita del presidente John F. Kennedy a México en 1962, recibió a Juana Castro Ruz, la hermana de Fidel Castro, cuando ella huyó de Cuba en 1964 y también se dedicó a espiar a Lázaro Cárdenas, a petición de López Mateos y Díaz Ordaz.
Sin embargo, su gran triunfo fue personal. Cuando se casó en 1962 con Janet Liddy, en una hermosa residencia de las Lomas de Chapultepec, tuvo como testigos de boda a
López Mateos y Díaz Ordaz, en un movimiento que estuvo a punto de descubrirlo como el jefe de la CIA en México ante el mundo entero.
Desgraciadamente, Scott siempre vivió con el dolor y la frustración de no haber podido evitar el asesinato de John F. Kennedy, en 1963.
Meses antes, Scott tuvo información de que Lee Harvey Oswald había estado en México y se comunicó con varios oficiales de la embajada cubana.
Al morir Kennedy, Scott informó a sus superiores todo lo que sabía sobre Oswald, pero en Washington prefirieron ignorar esos documentos.
Al parecer, el presidente Lyndon B. Johnson sabía de la conexión entre Oswald y los comunistas, pero prefirió alimentar la versión de que había sido un asesino solitario para evitar la Tercera Guerra Mundial.
Sin embargo, el celo con el que la CIA ocultó la estadía de Oswald en México alimentó los rumores de que lo ocurrido en Dallas el 23 de noviembre de 1963 pudo ser una operación planeada por el servicio de Inteligencia que, entre otras cosas, tenía que proteger al presidente Kennedy.
Scott obedeció a sus superiores y no investigó más sobre la posibilidad de que Oswald no hubiera actuado solo, pero siempre tuvo dudas acerca de lo que realmente ocurrió.
Mientras tanto, el tiempo pasaba. Cuando llegó 1968, Scott mantenía una buena relación con el presidente Gustavo Díaz Ordaz, pero ya no comprendía el país en el que se encontraba.
Cuando comenzaron las manifestaciones estudiantiles, pensó que al final los comunistas habían logrado inflitrarse, pero no encontró pruebas contundentes de ello. Que la matanza de Tlatelolco hubiera sido planeada por el gobierno mexicano le parecía "imposible", pero simplemente no tenía forma de comprobarlo. En lugar de recurrir a sus informantes, Scott se valió de los datos que le daba el gobierno mexicano, por lo que la CIA llegó a reportar quince versiones distintas de lo ocurrido ese dos de octubre.
En 1969, la Agencia lo condecoró por sus servicios durante casi 20 años. Pero había llegado el momento de retirarse.
Scott permaneció en México, donde formó una empresa llamada Diversified Corporate Services. La empresa servía como consultoría para hacer negocios en el país, pero algunos creen que en realidad hacían trabajos de espionaje para el gobierno mexicano, ya que entre los socios estaba otro espía legendario, Ferguson Dempster, el jefe de la inteligencia británica en nuestro país.
En 1970, Scott empezó a escribir sus memorias, en las que dedicó un gran espacio a demostrar que Kennedy fue asesinado por un agente comunista, apoyado en una gran conspiración.
Scott señalaba que no se había investigado de forma conveniente el vínculo entre Oswald, diversas organizaciones comunistas, Cuba y la Unión Soviética.
Al mismo tiempo, Scott reflexionaba en sus memorias sobre su vida como miembro de la CIA.
Para Scott, un buen espía debía asumir desde el principio que tendría que vivir dos vidas, una real y la otra como fachada, lo que a la larga puede ocasionar desgastes emocionales, especialmente cuando su labor consiste en vigilar a aquellos amigos que en realidad podrían ser enemigos.
Es fácil, dice Scott, volverse engreido y pensar que todo se sabe y todo se puede, pero tarde o temprano llega el fracaso.
Al final, señala Scott en su manuscrito, "me entregué por entero al trabajo y dediqué muy poco tiempo y atención a las actividades recreativas y a la vida familiar normal. Comprendi cabalmente que en todas esas miles de horas de trabajo y dedicación, busqué mucho y, ya lo ven, resultó muy poca cosa para mí y para mi país".
El manuscrito fue interceptado por la CIA, quienes lo vieron con desagrado por todo lo que revelaba. Pensaron en bloquear la publicación del libro, pero no tuvieron que hacerlo.
Winston Scott murió en la Ciudad de México el 26 de abril de 1971. Dos días más tarde, personal de la CIA llegó a su casa para recoger todos sus documentos. Muchos de ellos todavía están clasificados como "alto secreto".
Winston Scott, (alias Willard Curtis), está enterrado en la Panteón Americano de la Ciudad de México.
¿Quién será en este momento su sucesor? ¿Quién estará ocupando su lugar y desde las sombras está influyendo en nuestras vidas? Quizá nuestros nietos algun día lo sabrán.




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