14 de febrero de 2011

El horror de la Decena Trágica.


La Habana, octubre de 1912; un grupo de políticos mexicanos se reunió de forma secreta en esa isla para armar un complot que transformó violentamente la historia de nuestro país. A casi cien años de ese hecho, mientras vivimos una época oscura en donde las matanzas se reproducen cada día por todo el territorio nacional, tenemos que ver hacia atrás, a nuestro pasado, para entender cómo hemos llegado hasta donde nos encontramos.
Gregorio Ruiz, Cecilio Ocón y Manuel Mondragón, dos generales y un empresario que habían hecho sus fortunas al amparo del Porfiriato, echaron a andar un plan para quitarle el cargo al presidente Francisco I. Madero. Estos tres personajes congeniaban con el resto de la decadente clase alta porfirista, la cual odiaba a Madero por, según ellos, haber destruido el orden y el progreso que Porfirio Díaz construyó durante treinta años.
Y es que, desde principios de 1911, el país se había ensangrentado. Gavillas de rebeldes atacaban poblados, destruían haciendas y afectaban a la economía nacional, poniendo de pretexto la lucha de Madero contra el régimen porfirista. Cuando en mayo de 1911, Porfirio Díaz renunció a la presidencia y se exilió en Francia, Madero declaró que la Revolución había terminado y que todos los mexicanos tenían que reconciliarse para comenzar una nueva etapa, democrática y civilizada.
Sin embargo, ésto no ocurrió así. Los porfiristas sin Porfirio empezaron a conspirar contra ese nuevo presidente que, consideraban ellos, sólo había logrado "soltar al tigre de la violencia" que Díaz había encadenado con muchos trabajos.
El país seguía en llamas, las guerrillas zapatistas en Morelos destruían las haciendas pulqueras mientras en el norte los revolucionarios se alzaban en armas contra Madero, al que consideraban un traidor a la lucha que él mismo comenzó en 1910, ya que luego de su triunfo los envió a sus casas sin compartir con ellos el poder.
Mientras tanto, el Ejército porfirista, orgulloso de haber derrotado a Francia en 1867, veía con odio a este chaparrito presidente quien, junto a esos vaqueros, campesinos, obreros y maestros de escuela, los había puesto en ridículo ante todo el mundo.
El presidente Madero creía que México necesitaba cambios, luego de las tres décadas bajo el mando de Porfirio Díaz. Pero éstos tenían que darse paulatinamente, sin romper violentamente con las viejas estructuras. Por eso dejó intacto al Ejército y al Poder Legislativo. Un error que le costó la vida.
Ocón, Mondragón y Ruiz planearon hacer un golpe de Estado que obligara a renunciar a Madero. Para lograrlo, necesitaban a un hombre que pudiera comandarlos, un líder carismático que se pareciera a Porfirio Díaz y pudiera arreglar todos los problemas que había ocasionado Madero. Ese líder era Bernardo Reyes.
Nacido en Guadalajara en 1850, Reyes era uno de los militares más conocidos de México. Luego de ser gobernador de Nuevo León durante varios años, en 1908 comenzó un movimiento para ser presidente dos años más tarde. Sin embargo, Porfirio Díaz se lo impidió enviándolo al exilio. Cuando Madero llegó a la presidencia, Reyes intentó levantarse en armas pero fracasó, por lo que estaba detenido en la prisión militar de Santiago Tlatelolco.
Junto Reyes, había otro general que podía servir para acabar con Madero, aunque su único mérito fuera el de ser sobrino de don Porfirio. Félix Díaz había hecho otro levantamiento contra el nuevo presidente, y también estaba en la cárcel -en la moderna prisión de Lecumberri- cuando el complot inició.
Al parecer, junto con Ocón, Ruiz y Mondragón había una serie de inversionistas extranjeros quienes tampoco estaban de acuerdo con el gobierno de Madero, por lo que vieron con buenos ojos la posibilidad de quitarlo del cargo. El rumor sobre la posibilidad de un golpe de Estado crecía por toda la ciudad. El único que no quería tomarlo en serio era el presidente Madero, quien, a pesar de las recurrentes advertencias por parte de sus colaboradores más cercanos -entre ellos su hermano Gustavo- creía que era imposible una sublevación militar.
El golpe comenzó el 9 de febrero de 1913. A las 4 am de ese día, los golpistas se reunieron en la Escuela Nacional de Aspirantes, ubicada en Tlalpan. 700 hombres salieron de allí con destino a Tlatelolco para liberar a Bernardo Reyes y a Félix Diaz, mientras otra columna se dirigió a Palacio Nacional. Los segundos lograron entrar al edificio más importante del Zócalo y capturaron al Secretario de Guerra, Ángel García Peña, y a Gustavo Madero. Sin embargo, pronto fueron sometidos por Lauro Villar, jefe de las fuerzas militares en la Ciudad de México.
Mientras tanto, la primera columna de sublevados liberó a Reyes y a Díaz para dirigirse a Palacio. Al llegar allí se encontraron con que el plan había fracasado, intentaron convencer a Villar de que se les uniera, pero sólo lograron que se iniciara una gran balacera, en la que murió Bernardo Reyes. El resto de los golpistas salió apresuradamente del Zócalo.
El presidente Madero, quien se había enterado de la sublevación desde la madrugada, decidió que tenía que ir a Palacio Nacional, por lo que bajó del Castillo de Chapultepec, custodiado por los cadetes del Colegio Militar. La avanzada tuvo que detenerse varias veces, puesto que había francotiradores que intentaron asesinar a Madero. Al fin llegaron a Palacio y el presidente fue informado de lo ocurrido.
El general Lauro Villar, quien defendió Palacio Nacional, estaba gravemente herido, por lo que Madero tuvo que transferir el mando a otro militar, lo que hizo que sus colaboradores temieran lo peor. Ese militar era Victoriano Huerta.
Oriundo de Jalisco, Huerta había estudiado en el Colegio Militar y se distinguió por reprimir con éxito diversas rebeliones indígenas. Cuando Porfirio Díaz salió hacia Veracruz en 1911 para embarcarse a Francia, Huerta lo escoltó. Luego combatió a los zapatistas, a quienes atacaba con suma crueldad. No tenía buena fama en el Ejército, y los maderistas vieron con inquietud al encargado de proteger al presidente.
Los sublevados por su parte, huyeron hacia la Ciudadela, un antiguo edificio usado como fábrica de cigarros durante la Colonia. Mucha gente se les unió, entre ellos el jefe de la Policía de la Ciudad de México. Madero empezó a buscar refuerzos en los alrededores, y se comunicó con un general de reputación intachable: Felipe Angeles.
Los maderistas intentaron reagruparse para atacar la Ciudadela y terminar con la sublevación, pero desde el principio Victoriano Huerta tomó varias decisiones que al principio sonaban descabelladas pero luego se vio que tenían un objetivo siniestro. Huerta permitió que los sublevados recibieran víveres y lanzó varias cargas de caballería que fueron rápidamente destrozadas por las ametralladoras de los golpistas, en lugar de rodear el edificio y rendirlos por hambre.
La ciudad estaba en pánico. Desde la Ciudadela se disparaban cañones hacia los edificios cercanos, y había balaceras por las calles. La capital del país, que tres años antes lució hermosa para celebrar el centenario de la independencia, ahora veía con horror como los soldados y los civiles eran asesinados por francotiradores. El gran hemiciclo a Juárez estaba lleno de cadáveres, mientras se los llevaban a los llanos de Balbuena para quemarlos. No había agua, comida, luz eléctrica ni teléfonos.
Mientras tanto, otro personaje apareció en esta obra: el embajador norteamericano Henry Lane Wilson, quien empezó a reunirse con los representantes de otras naciones para convencerlos de que era necesario exigir la renuncia de Madero, al que consideraban incapaz para gobernar a México.
La violencia siguió por varios días, mientras los rumores sobre una posible traición de Huerta crecían. El único que no deseaba escucharlos era el presidente Madero, quien pensaba que era imposible que Victoriano lo estuviera engañando. En dos ocasiones, Huerta fue detenido por maderistas y llevado ante el presidente, quien lo liberó en lugar de escuchar a sus aliados.
Fue hasta el 18 de febrero, mientras la ciudad seguía en caos, que Madero se dio cuenta de la verdad. En ese día fue detenido junto con el vicepresidente José María Pino Suárez, mientras una multitud silenciosa se reunía frente a Palacio Nacional para ser informada de que ahora Victoriano Huerta sería presidente de México.
Todo ésto luego de que Pedro Lascurain, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Madero, y quien debía sucederlo en el cargo a falta del vicepresidente, nombró a Huerta como su secretario de Gobernación para luego renunciar, y de ese modo convertir al golpista en presidente de México, en una maniobra que intentó cubrirse de legalidad.
Madero y Pino Suárez, junto con Felipe Angeles, fueron conducidos a una habitación en Palacio Nacional mientras los golpistas decidían qué hacer con ellos. Mientras tanto, Huerta permitió que Gustavo Madero, quien siempre intentó alertar a su hermano de la tragedia que se avecinaba, fuera llevado a la Ciudadela, donde los golpistas, ahora triunfadores, lo lincharon, le vaciaron el único ojo que tenía, lo fusilaron y después lo castraron.
Los golpistas no tenían claro qué hacer con Madero y Pino Suárez. Manuel Márquez Sterling, embajador de Cuba en México y Luis Manuel Rojas, gran maestro de la Gran Logia Valle de México, intentaron salvar sus vidas; pero los traidores no deseaban que Madero fuera una amenaza para ellos. En la madrugada del 22 de febrero, el mayor Francisco Cárdenas fue por ellos a Palacio y los llevó atrás de la penitenciaría de Lecumberri, donde los mató.
Huerta declaró que "una turba los había linchado", y que se harían las averiguaciones necesarias.
Gregorio Ruiz fue asesinado por Victoriano Huerta en 1913, para probarle a Madero que era de confianza; Manuel Mondragón fue expulsado de México por Huerta y murió en España en 1922, Ocón se dedicó a los negocios y se perdió en las sombras, y Félix Díaz, quien también tuvo que huir de México por culpa de Huerta, intentó varias veces levantarse en armas, volviéndose una figura patética que al final murió en Veracruz en 1945.
Al parecer, con la muerte de Madero y Pino Suárez terminaba la revolución y comenzaría una nueva dictadura en México. A la vista de los acontecimientos, todo parecía indicar que volverían a este país el orden y la paz. En realidad, lo único que lograron los traidores fue despertar verdaderamente al tigre, comenzando una nueva guerra civil mucho más violenta que las anteriores, lo que llevó a México a sufrir una noche muy oscura durante varios años.

1 comentario:

  1. Estimado Arno:
    Encuentro su reflexión muy interesante y quizá por ello, a ojos de cierta clase de personas, subversiva. En realidad, concuerdo con su exposición y pensándolo prospectivamente,esto es parece mucho a nuestra situación actual, no ahondaré en más detalles... Ya que en realidad, al abrir este blog desde facebook, me asusté porque según la página del cara-libro, su contenido había sido denunciado como ofensivo... La pregunta es: ¿para quiénes?
    Saludos, Alejandra Dávalos

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