4 de octubre de 2010

Bienvenidos al futuro mexicano.


Como bien saben mis lectores, este blog navega por la historia; se mueve en el pasado viendo hacia el futuro porque lo que más me interesa es detectar el cambio en el tiempo y porque estoy convencido de que mirar únicamente hacia atrás no sirve para nada. Lo que busco con este blog es compartir con ustedes la idea de que tenemos que ser capaces de usar nuestra historia para inventarnos un nuevo futuro, como individuos y como nación.

Es por eso que hoy quiero platicarles de un nuevo libro que, si bien se basa en la historia de México, recurre también a la información obtenida usando otras disciplinas para establecer en qué situación nos encontramos y hacia dónde tenemos que ir.

El libro se llama México 2010: Hipotecando el futuro, y es editado por Erika Ruiz Sandoval.

Lo primero que sentí al ojearlo es una gran emoción. Es la primera vez que encuentro un texto escrito por miembros de mi generación, en el que se analiza el pasado y el futuro de México. Por primera vez desde hace tiempo, encuentro un texto en el que veo plasmadas mis inquietudes, ansiedades y enojos ante la forma como este país ha sido manejado en los últimos veinte años.

Aquellos que nacimos en la década de los setenta, la "generación X", como nos llamaban antes, nos encontramos con que aquellas esperanzas democráticas que cobijaron nuestros años preparatorianos o de licenciatura se han desvanecido y en su lugar vivimos una etapa en la que impera la incertidumbre, la frustración y el enojo ante una clase política que, como dijo Cosío Villegas hace varias décadas, no ha estado a la altura de las exigencias de su tiempo.

Este libro es demoledor desde su introducción, en la que Jorge Alberto Lozoya señala categóricamente: "El principal problema de México es su élite, que no cabalga ni desmonta". Vivimos años oscuros, entre otras cosas, porque nuestros políticos encontraron la manera de arreglarse entre ellos luego de las transformaciones de los años 90 del siglo XX, para crear un nuevo modelo basado en la falta de alternativas, la indecisión, la desidia, la escasez de talento y el florecimiento de la corrupción en todos los actores políticos. Aquellos que hace menos de 20 años se presentaban como la alternativa honesta ante las trapacerías priístas, terminaron siendo exactamente iguales a los descendientes de la "Familia Revolucionaria".

Hace más de 200 años, Alexander Von Humboldt se impresionó al darse cuenta de que la Nueva España era un reino inmensamente rico habitado en su mayoría por gente profundamente pobre, la cual era gobernada por una élite interesada únicamente en enriquecerse más e impedir cualquier transformación que destruyera su vida paradisiaca.

José María Morelos, en sus "Sentimientos de la Nación" fue el primer insurgente que señaló claramente que había que construir una alternativa diferente, en la cual no existiera esa brutal concentración de la riqueza. 200 años más tarde no hemos podido cumplir con ese anhelo. Las élites se han transformado, pero en esencia son las mismas.

Jesús Silva-Herzog Márquez inicia este libro preguntándose sobre el futuro de nuestro país. Ante un gobierno que, al parecer, tuvo que encargarse de celebrar el Bicentenario por la simple razón de que “no le quedaba otra”, y que ha preferido mantener un bajo perfil y no crear una nueva visión del pasado, el autor se encuentra con que el Estado mexicano, tal y como lo conocimos los que nacimos en los años 70, simplemente ha desaparecido. La alternancia democrática de los años 90 nos condujo a un callejón sin salida porque no fue capaz de ver más allá de “sacar al PRI de Los Pinos”, razón por la cual ahora nos encontramos sin una idea clara de quiénes fuimos y quiénes queremos ser.

Ante una sociedad profundamente desequilibrada, hay que volver a fundar el Estado, ya que es la única institución capaz de enfrentarse a otros poderes para lograr ese equilibrio del que hemos carecido durante décadas. Desgraciadamente, nuestra clase política vive fascinada por la posibilidad de ensayar con otros modelos (como el parlamentarismo) sin tener una idea clara de nuestra historia y cómo utilizar esas otras alternativas. En eso se parecen mucho a sus antecesores de principios del siglo XIX, quienes se encontraron frente a un nuevo país sin tener claro cómo gobernarlo.

Gerardo Esquivel y Fausto Tenorio Trillo se hacen dos preguntas ya muy antiguas sobre la economía mexicana: ¿cómo hacerle para volver a crecer de manera sostenida?, y aún más importante, ¿cómo podremos acabar con la pobreza? Si bien ésta se ha reducido en México en los últimos años, ello no se debe a que la riqueza se reparta equitativamente, sino a que más de diez millones de paisanos han tenido que irse del país por la falta de oportunidades y ahora se dedican a mantenernos desde Estados Unidos, vía las remesas que nos mandan. México necesita muchos cambios, dicen los autores, pero hay por lo menos dos que ya no pueden esperar: transformar radicalmente las instituciones de justicia, y promover la competencia económica integral; o sea, garantizar que la ley sea realmente justa para todos y evitar que la riqueza siga concentrándose. Dos exigencias muy antiguas que seguimos sin resolver.

Alejandro Moreno nos presenta un ensayo muy interesante sobre los valores de los mexicanos a principios del siglo XXI. Lo que resalta es, por un lado, la vuelta a las tradiciones: creencias religiosas, nacionalismo, deferencia ante la autoridad y centralidad de la familia. Por otra parte, la sociedad mexicana es cada vez más proclive a la libertad individual, a la tolerancia ante lo extraño o ajeno y pone más énfasis en otro tipo de necesidades, más allá de lo meramente material. Al parecer ambos aspectos pueden parecer contrarios. Es de esperarse que logren conciliarse en lugar de terminar en un enfrentamiento que sería catastrófico para todos.

Pedro Salazar Ugarte reflexiona sobre la necesidad de construir un proyecto de país en el que la justicia sea refugio para todos y no sólo derecho de unos cuantos, mientras que Erika Ruiz reflexiona sobre el incierto papel mexicano en la comunidad internacional contemporánea. Al no tener claro quién quiere ser, menos puede saber hacia dónde dirigirse. Ya no es un “puente entre culturas”, ni tiene peso en los organismos internacionales, y ni siquiera ha aceptado (a pesar de los años que han pasado desde que lo demostró Andrés Molina Enríquez) que es un pueblo mestizo y que necesita estrechar aún más sus relaciones con Estados Unidos.

Silvia Giorguli nos dice que la migración se ha convertido en la válvula de escape y la mina de reservas a la que el país recurre cada vez más ante el declive de la industria petrolera nacional. Sin embargo, sigue sin decidirse a aceptar la situación de los migrantes y a protegerlos para de esa forma beneficiarse. México también le debe una disculpa a todos aquellos que han tenido que irse porque su casa común no les dio las alternativas a las que tenían derecho, según nuestra Constitución.

El libro cierra con un interesante ensayo de Nicolás Alvarado, en donde reflexiona sobre el papel de la cultura mexicana en los próximos 25 años. Somos muy pocos los que nos interesamos por la cultura en este país, alrededor de 500 mil personas leemos regularmente libros y periódicos, nos gustan los museos, el teatro, la danza y demás bellas artes, y estamos rodeados por una élite financiera que cada vez más se ufana de su analfabetismo funcional y su desdén por la cultura, además de que nuestro gobierno, (también analfabeta) se dedica a cortarle cada vez más recursos a esas instituciones encargadas de promover la cultura. Parece como si las actividades culturales fueran un pasatiempo caro, en lugar de ser cada vez más un elemento de auténtica seguridad nacional.

El panorama no es halagador, pero México 2010: Hipotecando el futuro nos muestra que, a pesar de todo México tiene posibilidades, siempre y cuando esa sociedad tan golpeada y con pánico ante lo que sucederá se atreva a encarar sus miedos y asuma la responsabilidad por su presente. Sólo si nos adueñamos del hoy podremos aspirar a un mejor mañana.




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