2 de septiembre de 2010

¡Hasta siempre, Germán!


Yo no quería escribir este post. Desde que, hace algunos días, Germán Dehesa escribió en su columna que tenía cáncer y que le quedaba poco tiempo de vida, tuve la esperanza de que fuera una más de esas ocasiones en las que él tenía que entrar a un hospital por alguna emergencia, pero que volvería a pintarle cuernos a la flacuda para seguir entre nosotros, chacoteando y pensando en cómo mejorar este país. Hoy eso ya no ocurrió.
Germán se nos ha ido. Y me doy cuenta de que con él se va una etapa fundamental en mi vida. El y yo fuimos amigos aunque nos vimos muy poco, y lo considero mi maestro por todo lo que aprendí a su lado, él escribiendo y yo leyendo sus columnas; él echando relajo en alguno de sus geniales programas de radio, yo escuchando y viviendo algunos de los mejores momentos que he tenido.
Todo comenzó en 1989. En ese entonces yo tenía 16 años, y mi vida transcurría en la Colonia Condesa, entre los amigos de la prepa, el amor que más he querido (y a quién nunca se lo dije), las artes marciales, y una columna que yo devoraba, publicada en el extinto diario Novedades, firmada por un tal Germán Dehesa.
Me encantaba la forma que tenía para "enhebrar pendejadas", como él decía; podía hablar del grupo Bronco, de las series de televisión, y luego pasar a Sabines, a Maupassant, y siempre a Borges, el maravilloso ciego. Por él supe cómo era la azarosa vida de un catedrático de la UNAM/escritor de programas de televisión/actor de teatro en un pequeño foro llamado "El Unicornio/ y lo que surgiera para mantener a su familia de la que escribía a cada rato, pero usando apodos para poder hablar de ellos y reirse de lo que en ese momento le ocurría. La Tatcher, Canito, Viruta y La Pequeña Carlos, eran piezas fundamentales del mundo de Germán Dehesa, en el que también estaban sus innumerables cuates.
Años más tarde, la vida me dio la oportunidad de conocerlo: el diario REFORMA sufría un boicot de voceadores y Germán se propuso defender su nueva casa. Junto con Miguel Angel Granados Chapa, Guadalupe Loaeza, Enrique Krauze y muchos otros salió a las calles a vender ejemplares de su periódico. Esa fue una de las primeras veces en las que comprobé cuán poderosa puede ser la sociedad mexicana cuando se une para lograr algo. Por varios meses, junto a muchas otras personas, yo acudí a Insurgentes sur, donde estaba la estación Radio Mil, a vender ejemplares de REFORMA.
Estar allí era una delicia. Mientras toreábamos coches y juntábamos el dinero por la venta de los periódicos, Dehesa y Alejandro Aura (otro que extrañamos profundamente) componian frases albureras para atraer más público: "¡Nos abrocharon con la 187!", "¡cópula en la cúpula!", "¡lo hice por amor, dijo Camacho!" y muchas más que se le ocurría a ese par de irreverentes y geniales amigos.
Germán tenía un programa en Radio Mil: "La Miscelánea del Angel", (uno más de los muchos programas que tuvo) y mientras duró el boicot se propuso transmitirlo todos los días, por ahí de las 3 o 4 de la tarde. Un sábado, luego de vender los miles de ejemplares que nos llevaba el camión repartidor de REFORMA, me colé a su programa. Sigilosamente me metí tras él hasta la cabina de la estación y me senté en el piso, en una esquina. Germán me miró, me dio la mano y me llevó a uno de los asientos de la mesa, para luego hacerme el "conductor invitado" de ese día. Recuerdo que invocamos a "el monstruo de la laguna mental", y lanzamos la "ametralladora de besos" para reirnos junto con todos los que en ese momento nos escuchaban.
Ese día, Germán llevaba consigo dos tomos de las obras completas de Borges. Al verlos me prometí que con mi primer sueldo los compraría. Me sentí feliz al cumplirme esa promesa.
Un día, llegué con él llevando un ejemplar del "Ulises", de James Joyce. No era el momento de leerlo, pero le pedí que por favor me lo dedicara. "Que los dioses sean contigo en tan ardua navegación", escribió.
El boicot terminó, pero no las aventuras. El espacio en Radio Mil desapareció, pero Germán y los suyos (Fernando Llera, Adriana Landeros, Ernesto "el canalla" Anaya, "El Mozart de Tacubaya" Eligio Melendez y varios más) dejaron "El Unicornio" para inaugurar un nuevo sitio: "La Planta de Luz". Muchas veces, acompañado de mi hermana, acudí a gorronear un café mientras veíamos a Germán y su tropa loca hacer su nuevo programa: "Radio Redonda" en Radio Red.
Pasó el tiempo, Radio Red y la Planta de Luz desaparecieron, pero nos quedaba su espacio en REFORMA, llamado "la Gaceta del Angel", en donde por años se preguntó qué tal había dormido esa rata del Estado de México llamada Arturo Montiel Rojas.
Germán siempre compartió su vida con sus lectores. Así nos enteramos que se separó de la Tatcher para casarse con la Hillary (y que uno de sus padrinos de boda fue Carlos Salinas de Gortari), que Canito quiso ser veterinario y luego historiador, que Viruta compartía su amor por las letras y la Pequeña Carlos jugaba bastante bien al futbol. Pronto esa familia creció con la llegada del Tamal de Dulce.
Germán se comprometió con muchas causas ciudadanas: las primeras consultas ciudadanas, la "operación cobija" que realizaba cada año, el apoyo a los Tarahumaras, el Teletón...él siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, y a usar el humor como ariete, para burlarse de nuestra despreciable clase política.
Con Germán aprendí que las cosas más serias deben decirse con humor, que la risa es señal de inteligencia, y que la seriedad petrea sólo nos conduce a la muerte. "Dios dijo que nos amásemos y que nos amasemos" es una de sus frases que más me gustan, junto con lo que alguna vez le dijo su tía, "La Pingüica": "Mira, mijito, ¡yo soy quedada, pero no con la duda!".
Reviso ahora uno de sus libros, quizá el que más me gusta: "La vida y sus dibujos", que Germán le regaló a mi padre en alguno de esos días en que estuvimos en La Planta de Luz. "Con agradecido afecto y total complicidad" dice la dedicatoria. Así vivimos juntos tantos años los lectores de Germán: queriéndolo por todo lo que nos transmitía en sus artículos, programas y espectáculos, y sintiéndonos sus cómplices en la construcción de un México que fuera mejor al de ayer.
Recuerdo que Jaime Sabines fue otro de sus grandes amigos, y justamente, uno de sus más bellos poemas termina de esta manera:
"A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios".
Y que Dios bendiga a Germán Dehesa.

3 comentarios:

  1. Bienaventurado tú, por haber gozado a Germán tan de cerca. Único. Una fortuna haber podido leerlo en su tiempo y que trascienda entre nosotros gracias a toda su herencia. Sigamos disfrutándolo que ahora, es lo que toca.
    ¡Un abrazo!
    La Presi

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  2. Guadalupe Gómez-Aguado3 de septiembre de 2010, 10:04

    Yo disfrutaba mucho leer a Germán Dehesa. Se convirtió en un personaje entrañable por su simpatía, su irreverencia, sus críticas agudas y su sensibilidad. Lo voy a extrañar y este país, tan necesitado de voces críticas y propositivas, lo va a extrañar más.
    Guadalupe Gómez-Aguado

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  3. Por casualidad, caí en tu blog... y no sabes lo agradecida que estoy. Me has hecho revivir tantos momentos con tu historia, con tu perspectiva de uno de los más grandes y más humildes mexicanos que me ha tocado admirar. Nunca conocí a Germán pero soy una de sus más ávidas lectoras, leí sus columnas por muchos años, y siempre me llenaron de ánimo y me motivaron a seguir creyendo en un México mejor. Cuando me fui a vivir fuera de México, leí religiosamente sus columnas y con cada una de ellas, sonreí, aprendí algo, y me sentí cerca de mi patria. Lo extraño mucho ahora que vivo aún más lejos de mi patria querida. No hay aún quien llene sus zapatos. Pero su recuerdo y su legado aún me inspiran... Ahora escribo mi propio blog y, cuando hablo de México, siempre trato de darle un toque positivo, inspiracional... No lo hago tan bien como Germán, pero creo que aprendí un poco de él...

    Adriana
    adcitlali.wordpress.com

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