3 de junio de 2010

Los negocios del general Rodríguez

Sí, ya sé que la nota historiográfica de la semana fue el retiro de los restos de los héroes de 1810, que estaban en la Columna de la Independencia y que fueron llevados al Castillo de Chapultepec para que los estudien y les den una manita de gato antes de trasladarlos a Palacio Nacional donde harán una magna exposición. También sé que mucha gente acudió ese domingo al Paseo de la Reforma a gritarle vivas a Hidalgo, Allende, Morelos y demás huesos que iban custodiados por los cadetes del Colegio Militar. Ya me leí un montón de artículos en los que la comentocracia pone el grito en el cielo por esa ceremonia deslucida en la que Felipe Calderón tuvo que retratarse con el cráneo de alguno de nuestros próceres. Para muchos analistas, sacar los restos y rendirles homenaje les parece una costumbre bárbara, primitiva, oportunista y que refleja el nivel tan bajo que tendrán las fiestas del Bicentenario. Además de que a muchos les preocupa (o tal vez les da gusto) que la mentada investigación que se haga sobre los restos nos pueda deparar una que otra sorpresa, como que sobren o falten huesos, que tal vez ni sean de quienes creemos, o que en una de esas tengamos a un canino como héroe de la Patria.
Está bien, cada quien tiene su derecho a opinar. Pero en esta ocasión simplemente no me interesó escribir algo al respecto. No fuí a la ceremonia, pero espero hacerlo cuando lleven los restos a Palacio Nacional. A mí, como historiador, me parece apasionante que existan esos huesos y alguien los haya sacado de su cripta para investigarlos. Hasta el mero detalle de ver las urnas me pareció muy interesante. Si al final resulta que los encargados descubren algo que no sabíamos, mejor para nosotros. El conocimiento siempre es positivo.
Yo quiero hablar de otra cosa. De algo que nos es mucho más cercano: los negocios de la clase política mexicana. Si te interesa la política de mi país (aunque sea a nivel de chisme), por fuerza alguna vez en tu vida has oido un rumor sobre la fortuna de tal o cual político mexicano.
Que si Luis Echeverría es el verdadero dueño de Cancún, que si Carlos Slim es un prestanombres en Telmex porque en realidad pertenece a Salinas de Gortari, que si Fox se hizo de mucho dinero legalizando los casinos, y como esos muchos rumores más.
El problema está en que, en su mayoría, son sólo eso: rumores que no se pueden comprobar. Por eso es muy interesante que José Alfredo Gómez Estrada haya publicado Gobierno y Casinos. El origen de la riqueza de Abelardo L. Rodriguez.
La península de Baja California siempre ha estado muy lejos del centro del país. Es casi un milagro que no sea parte de Estados Unidos, puesto que tiene mucho más que ver con las ciudades de San Diego y Los Angeles, que con Guadalajara o la Ciudad de México.
Apenas durante el Porfiriato, el gobierno mexicano comenzó una campaña seria para poblar la zona y desarrollarla. Pero eso fue muy difícil. A la lejanía hay que sumarle la falta de recursos y la mínima población de la península.
Todo eso llevó a que las ciudades importantes de la zona norte de Baja California estén pegadas a la frontera: Tijuana, Mexicali y Tecate mantienen desde entonces una importante relación con su vecino, lo que determinó su economía, igual hace cien años que el día de hoy.
Si bien la península tenía una industria agrícola y ganadera, sus ganancias eran mínimas. El gran impulso para Baja California le vino del norte, y de una industria que en ese entonces comenzaba a crecer y que se ha convertido en una de las más importantes del mundo: el entretenimiento.
En California estaba naciendo la industria del cine, y sus playas y buen clima atraían a miles de personas con ganas de divertirse, sana o insanamente. Varios empresarios norteamericanos aprovecharon el boom californiano y empezaron a establecer casinos, bares y burdeles de este lado de la frontera. Cuando en 1919 el congreso norteamericano aprobó la Ley Volstead (que prohibía la venta de alcohol en Estados Unidos), el negocio creció, ya que era muy sencillo para los americanos cruzar la frontera para emborracharse, jugar fuerte en los casinos y contratar prostitutas, algo que no podían hacer en su país.
De este lado de la frontera, la caída de Porfirio Díaz y el asesinato de Madero provocó una guerra civil que dio por resultado la aparición de una nueva clase política. Conformada principalmente por sonorenses, este grupo se dedico a crear un nuevo Estado mexicano, y a enriquecerse. Alvaro Obregón y Plutarco Elías Calles se dedicaron a la agricultura, Aarón Sáenz se convirtió en un magnate de la industria azucarera, y Abelardo L. Rodríguez encontró su fortuna en Baja California.
Para ese entonces, la región no era todavía un estado miembro de la federación mexicana, sino un distrito cuyos gobernantes eran elegidos directamente por el presidente de la República. en 1920, Alvaro Obregón envió al general Abelardo L. Rodríguez a terminar con el régimen de Esteban Cantú, un coronel que había sido el hombre fuerte de Baja California y que se había enriquecido permitiendo la existencia de casinos, bares y prostíbulos en la región.
El gobierno mexicano deseaba limpiar Baja California, a la manera de los norteamericanos con su Ley Seca. Cuando Plutarco Elías Calles fue gobernador de Sonora prohibió el alcohol y los juegos de azar. Sin embargo, la península necesitaba de esos negocios para sobrevivir, por lo que Rodríguez se dedicó a negociar con los empresarios norteamericanos mientras fue gobernador de la región, entre 1924 y 1929.
Rodríguez fue siempre un personaje oscuro, de segunda línea. No tuvo grandes méritos militares, pero su capacidad para los negocios fue prodigiosa. Tuvo empresas mineras, de bienes raíces, fábricas de licores y de hielo, negocios pesqueros y hasta una compañía petrolera. Queda también la certeza de que Rodríguez aumentó de modo cuantioso su fortuna al impulsar la construcción del Casino de Agua Caliente, que atraía a los norteamericanos sedientos de alcohol y diversiones.
Tijuana, Mexicali y Tecate crecieron gracias a las ganancias obtenidas con esos negocios, a pesar de que la Ley Volstead fue abolida en 1933. De hecho, uno de sus casinos más importantes, el Molino Rojo, fue usado años después por el servicio de espionaje Japonés para vigilar a los marinos de la base de San Diego que acudían a divertirse.
Abelardo l. Rodríguez dejó el cargo en Baja California norte en 1929 para reintegrarse al servicio público. En 1932 sucedió a Pascual Ortíz Rubio como presidente de la república hasta 1934, cuando dejó el cargo a Lázaro Cárdenas. Volvió a ser gobernador, pero ahora de su estado natal, Sonora. Nunca dejó los negocios, como otros miembros privilegiados de la "Familia Revolucionaria", quienes comprendieron, muchos años antes de que nos lo dijera Carlos Hank González, que "un político pobre, es un pobre político".




1 comentario:

  1. Los negocios del general Rodríguez en Baja California fueron claves en el desarrollo económico de la península durante sus años como gobernador. Para todos los que iniciamos a escribir historia de estas ciudades es indispensable entender sus relaciones económicas y políticas. Por otra parte, la leyenda Negra cuenta con sus matices, vale la pena seguir reflexionando.
    Abdiel

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