18 de mayo de 2010

¡Celebremos con gusto, señores...!


Pues ahí vienen. Todo indica que septiembre será un mes muy movido, con un montón de festejos para que no se nos olvide que cumplimos 200 años de haber comenzado la revolución que produjo el nacimiento de un nuevo Estado en este territorio, y 100 del inicio de otra revolución que culminó con el nacimiento de otro Estado. Ya España nos devolvió las famosas banderas históricas, a un lado de Reforma siguen levantando ese monolito por el cual querían mover las rejas de Chapultepec, el gobierno de Guanajuato se gastará mil millones de pesos para las fiestas, y la mejor noticia de todas: ¡ya puedes ser voluntario para los festejos del Bicentenario!, sólo entra a la página de la Comisión y llena un cuestionario, (supongo que luego investigarán quién eres para evitar sorpresas desagradables) mientras Calderón da sus dos gritos dos el próximo 15 de septiembre, acompañado del "Embajador del Bicentenario": Juan José Origel.
Ante este panorama tan positivo vale la pena preguntarnos, ¿y cómo se festejaba el aniversario de la independencia durante el siglo XIX? La respuesta nos la da mi muy querida maestra Verónica Zárate en su ensayo "Las conmemoraciones septembrinas en la Ciudad de México y su entorno en el siglo XIX".
Las fiestas cívicas son fundamentales para todos los Estados, ya que gracias a ellas éstos se legitiman, establecen un nexo tanto con ese pasado al que le rinden homenaje como con sus gobernados, los cuales adquieren también un sentido de identidad al recordar a los antepasados que dieron sus vidas para construir esa comunidad de la que forman parte.
También son importantes porque le permiten al Estado ritualizar las formas de poder, acercarse a la población y de alguna forma rendirle cuentas tanto de las metas alcanzadas como de las perspectivas futuras.
El calendario cívico mexicano está lleno de fiestas, pero septiembre ocupa el lugar principal. Históricamente hablando, la primera gran fiesta mexicana es la del 16 de septiembre, la cual ya se festejaba durante la Revolución de Independencia. La segunda es la del día 15 de septiembre. Hay quien dice que esa fiesta la impuso Porfirio Díaz para que coincidiera con su cumpleaños (en esa misma fecha) y de ese modo erigirse como "el símbolo nacional". Lo cierto es que el día 15 se celebraba desde 1825 con repique de campanas y fuegos artificiales. Sin embargo, al gobierno no le gustaba esa fiesta porque, al ser de noche, y en una ciudad con poca iluminación, era fácil que se desatara la violencia. Fue hasta la segunda mitad del siglo XIX que el día 15 se convirtió en una fecha muy importante, quizá más que el día 16.
Hay otra fecha fundamental para la historia de México, pero que ahora está casi olvidada por motivos políticos: el día 27 de septiembre, cuando Agustín de Iturbide y las tropas del Ejército Trigarante entraron a la capital. El problema aquí está en la figura de Iturbide, quien durante el siglo XIX pasó de ser héroe a villano por haberse coronado emperador. Santa Anna y Maximiliano establecieron que se celebrara la consumación de la Independencia, pero el austriaco prefirió que ese festejo se hiciera también el día 16, para que sus súbditos dejaran de estar en la pachanga y se pusieran a trabajar por el bien del Segundo Imperio Mexicano. Obvio es decir que su idea no funcionó, pero el 27 de septiembre se fue difuminando con el paso del tiempo. En el siglo XX el PAN acostumbraba celebrarlo con una ceremonia en el Angel de la Independencia, pero no sé si continúan con ese festejo.
Durante el siglo XIX, las autoridades municipales eran las encargadas de organizar los festejos, pero como es obvio suponer, su presupuesto era mínimo. Por esa razón se formaban "Juntas Patrióticas", compuestas por ciudadanos ilustres de cada comunidad, los que se encargaban de armar las fiestas. No todo mundo quería formar parte de esas Juntas, porque entre otras cosas, tenían que poner de su bolsillo para pagar toda la parafernalia.
Y es que había que pagar por los fuegos artificiales (que eran la sensación en esas fiestas), por la iluminación del lugar donde se llevaban a cabo las ceremonias, por la música y los adornos necesarios, como son un templete, banderas, pinturas con las imágenes de Hidalgo y Allende, y otras cosas más. Las fiestas podían ser muy caras y no todo mundo estaba dispuesto a pagarlas, aunque su amor patrio fuera muy grande.
¿Quién asistia a estas fiestas? los primeros eran las autoridades de cada lugar, luego estaban los miembros de las Juntas Patrióticas, ciudadanos particulares con cuya presencia se realzaba la ceremonia, miembros de distintas profesiones, y por supuesto el pueblo llano que al final se quedaba a la pachanga con el consabido desorden. El alcohol corría en las fiestas, por lo que las autoridades muchas veces prohibieron su venta.
¿Cuánta gente iba a celebrar? no lo sabemos con exactitud, pero suponemos que casi todos los miembros de las poblaciones acudían. En los festejos de Iztapalapa de 1872 llegaron "como dos mil almas". Seguramente en otros lugares ocurría algo parecido.
El festejo se llevaba a cabo en lugares especialmente designados para ello. De hecho, a esos sitios se les daban nombres que realzaban su carácter cívico e histórico, como "Plaza de la Constitución", "Plaza de la Independencia", "Plaza de los Insurgentes", y otros. La celebración de los festejos involucraba tres momentos: primero, los preparativos, que normalmente se realizaban en uno o dos meses, luego venían los actos centrales, con ceremonias cívicas, lectura del Acta de Independencia y la interpretación del himno nacional. Curiosamente no aparece el tañido de la campana, un elemento que probablemente se incluyó luego de que la campana original de Dolores fue colocada en Palacio Nacional como parte de los festejos de 1910.
Todo eso se realizaba el día 15. El 16 comenzaba muy temprano, en la madrugada con una salva de 21 cañonazos, dianas y repiques de campanas. Normalmente, la comunidad (o sus personajes más importantes) acudían a la iglesia para participar en un Te Deum. Luego se trasladaban a la plaza cívica a escuchar discursos solemnes. Luego, en algunos lugares seguía un desfile de carros triunfales, y la celebración terminaba en la noche otra vez con fuegos artificiales.
También había actos complementarios, como el ascenso de globos aerostáticos (¡una sensación para ese momento!), bandas de música en las calles, bailes, y algunas veces hasta números circenses.
Si algo queda claro es que a los mexicanos siempre nos ha gustado celebrar nuestra independencia, aunque ahora lo hagamos viendo "el grito" por televisión, comiendo antojitos y yéndonos al antro. Sea como sea, ojalá septiembre nos traiga cosas buenas, y si además podemos divertirnos, ¡bienvenido sea!.

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