29 de septiembre de 2009

Agustín...


Voy a verlo cada vez que paso por el Zócalo. Entro a la Catedral Metropolitana, me dirijo hacia la izquierda y al fondo, en la capilla de San Felipe de Jesús lo encuentro en una urna de cristal, resguardado por una bandera mexicana y una trigarante. Sobre él está un viejo cuadro en el que aparece con la banda imperial (no presidencial) cruzándole el pecho y la mirada puesta en un futuro que jamás llegó. Abajo de la urna está su trono, de color rojo con dorado y un águila en cada descansabrazos. El trono se ve descuidado, como el resto de la capilla. Me cuentan que de tiempo en tiempo alguien ofrece una misa por el eterno descanso de su alma. Yo creo que Agustín de Iturbide es otro de nuestros fantasmas mexicanos, y que jamás encontrará la paz hasta que lo veamos de frente y escuchemos lo que quiere decirnos.
Una historia de buenos y malos produce relatos redondos, incuestionables, pensados para niños a los cuales es necesario instruir en el patriotismo y convertir en buenos ciudadanos. Nuestra historia de bronce tiene muchos personajes creados para ser los mejores ejemplos de esa sociedad mexicana urgida de valores: tenemos al padrecito que nos llevó a la libertad, el indito que salió de su pueblo para ser presidente, el hacendado convertido en apostol de la democracia y la esfinge michoacana que nos liberó de las garras de los usureros extranjeros que lucraban con nuestros recursos naturales.
También tenemos al torvo conquistador español que ultrajó a nuestras mujeres, a los gachupines que nos esclavizaron por trescientos años, al “quinceuñas” que vendió la mitad de nuestra patria y al dictador que por tres décadas nos obligó a obedecerle.
En ese infierno de la historia, Agustín de Iturbide ha ocupado un lugar especial. Es visto como el gran traidor, como el judas de la nación mexicana que la engañó con una falsa independencia para luego imponerle un imperio en el que el autoritarismo y la corrupción ultrajaron (quizá para siempre) a ese recién nacido llamado México.
Como ya he mencionado en otras ocasiones, la historia de bronce sirve para legitimar a los Estados, para darles una razón por la cual pueden gobernar sobre un territorio, pero cuando se le cuestiona fácilmente se viene abajo, como una enmohecida estatua que estuvo abandonada durante años.
Si México quiere tener un proyecto de futuro en el que ponga todas sus esperanzas, necesita entre otras cosas reconciliarse con su pasado. Y para ello es necesario terminar con la visión maniquea de los buenos y los malos y empezar a ver a nuestros personajes históricos como las personas que fueron: con sus luces y sus sombras.
En Agustín de Iturbide se concentra el sueño de una generación criolla por convertir a México en la nación más poderosa del planeta, y la catástrofe por no haber podido construir un país capaz de gobernarse a sí mismo.
Agustín fue un criollo que nació en 1783 en Valladolid (hoy Morelia), en esa región del Centro y del Bajío que fue tan importante para la Nueva España por su producción agrícola y minera. A los quince años administraba una hacienda propiedad de su padre y a los 22 entró al ejército virreinal como teniente alférez.
Cuando Miguel Hidalgo comenzó la rebelión en el pueblo de Dolores, le ofreció a Iturbide que se le uniera como teniente general. Él rechazó el grado debido a que consideraba que la guerra que comenzó en septiembre de 1810 sólo traería desgracias al país. Los Iturbide (como unos vecinos suyos, los Alamán) tuvieron que huir de la región y refugiarse en la Ciudad de México.
El 30 de octubre de 1810, Iturbide tuvo su bautizo de fuego. Ocurrió en el Monte de las Cruces, en donde las tropas españolas fueron derrotadas por las fuerzas de Hidalgo, quien estuvo a punto de entrar a la Ciudad de México. Iturbide descubrió en ese momento que la guerra era su medio habitual. A partir de entonces se distinguió en muchas batallas, capturó a cabecillas insurgentes, tomó fortificaciones y empezó a construir su leyenda.
Sin embargo, este gusto por la guerra generó en él una crueldad desmedida, algo que reconocían con temor tanto sus adversarios los insurgentes como sus aliados realistas. Iturbide fusilaba a sus prisioneros, a la población civil y hasta a sus mismos soldados si consideraba que éstos no se habían conducido valerosamente. Como señala Enrique Krauze, la furia de Iturbide radicaba en el odio profundo que sentían los criollos realistas por los criollos insurgentes y viceversa. Un odio entre hermanos (el más profundo que puede haber) y que marcó a México durante décadas.
Iturbide continuó su campaña de erradicación hasta 1816, cuando salieron a la luz una serie de escándalos por corrupción y comercio ilícito. Iturbide se separó del ejercito virreinal y rentó una hacienda cercana a la Ciudad de México.
Tuvieron que pasar varios años para que Iturbide regresara al escenario. Fernando VII en España fue obligado a reinstalar la Constitución de Cadiz de 1812 (la que había rechazado luego de que volvió al poder, luego de que las tropas francesas salieron de su reino). En ese momento se gestó un nuevo movimiento independentista en México que consideraba que la separación entre los dos países podía hacerse de forma suave, sin derramar más sangre mexicana.
Iturbide fue invitado a formar parte de este movimiento, y en cuestión de siete meses logró convencer a los principales guerrilleros insurgentes y a los jefes del Ejército realista para unir sus esfuerzos y reconciliarse luego de años de lucha.
Iturbide les ofreció tres garantías: la eliminación de las castas, lo que impedía el desarrollo económico y social de México. A partir de entonces ya no habría españoles, americanos, indios ni las múltiples divisiones raciales que caracterizaron al virreinato. Ahora todos serían mexicanos.
También les ofreció que fueran dueños de su propio país, el cual ya no dependería de España, como lo hizo durante trescientos años.
Y para que los habitantes de un territorio tan extenso tuvieran un símbolo en común, les propuso defender la religión católica. Con esas tres garantías Iturbide congregó a españoles y americanos, en un proyecto político que contemplaba la instauración de una monarquía constitucional, la cual estaría bajo el mando de Fernando VII.
El plan de Iturbide señalaba que México y España serían ahora dos naciones separadas, pero que serían gobernados por una misma familia, (los Borbones) para contar con la legitimidad que permitiriera construir un nuevo país. Con la firma de los Tratados de Córdoba el 24 de agosto de 1821, la Independencia de México al fin se convertía en realidad.
El 27 de septiembre de ese año, las tropas del Ejército Trigarante entraron a la Ciudad de México. Fue la primera y única vez que los insurgentes llegaron a la capital del país, ahora hermanados con sus antiguos enemigos. Cubiertos con los colores verde, blanco y rojo. Al día siguiente los jefes del movimiento firmaron el acta de independencia, en la que señalaban:
 
La Nación mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido.Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados y está consumada la empresa enteramente memorable, que un genio superior a toda admiración y elogio, amor y gloria de su patria, principió en Iguala, prosiguió y elevó a cabo arrollando obstáculos insuperables.Restituída, pues, esa parte del Septentrión al ejercicio de cuantos derechos le concedió al Autor de la naturaleza y reconocen por inajenables y sagradas las naciones cultas de la tierra, en libertad de constituirse del modo que más convenga a su felicidad, y con representantes que puedan manifestar su voluntad y sus designios, comienza a hacer uso de tan preciosos dones y declara solemnemente, por medio de la Junta Suprema del Imperio, que es nación soberana e independiente de la antigua España, con quien, en lo sucesivo no mantendrá otra unión que la de una amistad estrecha en los términos que prescriben los tratados: que entablará relaciones amistosas con las demás potencias, ejecutando, respecto de ellas, cuantos actos puedan y están en posesión de ejecutar las otras naciones soberanas: que va a constituirse con arreglo a las bases que en el Plan de Iguala y tratados de Córdoba estableció sabiamente el primer Jefe del Ejército Imperial de las Tres Garantías, y en fin, que sostendrá a todo trance y con el sacrificio de los haberes y vidas de sus individuos (si fuere necesario) esta solemne reclaración, hecha en la Capital del Imperio a 28 de septiembre del año de 1821, primero de la Independencia mexicana.
 
México esperaba con alegría que España reconociera su independencia y que Fernando VII quisiera ser su rey, o que le enviara a algún miembro de la casa de Borbón para que los gobernara. La fantasía se vino abajo meses más tarde, cuando España rechazó los Tratados de Córdoba y consideró que México era una provincia rebelde a la que debía reconquistar.
El país se encontraba huérfano. Los lazos que quizo desatar suavemente se cortaron de tajo. ¿Quién podría darle un sentido y una dirección al nuevo país? El nombre de Iturbide resonó con fuerza entre los que pensaban que a falta de un rey con linaje divino, el país bien podría tener un emperador constitucional.
Y es que, en los meses que pasaron entre la declaración de Independencia y el rechazo de España, Iturbide se había convertido en el hombre del momento. Lisonjeado a cada instante, Iturbide no rechazó el canto de las sirenas y consideró que México necesitaba una monarquía para que no se desgranara víctima de la anarquía. La tentación del poder se presentó ante el criollo y la tomó en sus manos sin saber todo lo que provocaría.
El 21 de mayo de 1822 fue coronado como Agustín I, Emperador de México. Fue una coronación extraña, porque como señaló años más tarde Lucas Alamán, parecía más una puesta en escena que la confirmación de un antiguo ritual. El nuevo Imperio nacía sin legitimidad y el nuevo emperador se daba cuenta de ello.
Fue como si al llegar al mayor éxito de su vida, el emperador simplemente no supiera hacia dónde dirigirse. Lo que antes era la dulce tentación del poder se había convertido en una pesada carga imposible de llevar.
A los conflictos que vivia Agustín se juntaron los problemas reales del imperio. El Poder Legislativo competía con el Emperador en la lucha por el poder y las intrigas en las logias masónicas debilitaban cada vez más al nuevo gobierno.
Pero el gran conflicto vino del lado de la economía: luego de una década de guerra las minas y las haciendas estaban destruidas. No había forma de echar adelante al país sin dinero. Y además, México estaba aislado en la escena internacional. Aparte de Estados Unidos y algunos países de Latinoamérica, Europa se alió con España y nadie le prestaba dinero a la nueva nación.
Iturbide disolvió el Congreso y nombró una Junta Nacional Instituyente para redactar una nueva constitución, pero los acontecimientos se desarrollaron con gran rapidez y le fue imposible detener la avalancha que se le fue encima. Sus antiguos camaradas de armas lo traicionaron, considerando que era un emperador de comedia, un líder pelele incapaz de conducir a la nación como lo había hecho apenas dos años antes. El 19 de marzo de 1823, menos de un año a partir de su coronación, Iturbide abdicó y el Primer Imperio Mexicano desapareció.
Siguió entonces el exilio. En Liorna, Italia, Iturbide escribió sus memorias y contempló con inquietud los crecientes problemas de México. Enterado de que la Santa Alianza (una coalición entre los imperios austriaco, prusiano y ruso) planeaba invadir el país, el caudillo criollo decidió regresar a México para defenderlo. Quizá lo hizo porque creía que el país estaba en peligro; tal vez se le ocurrió que la suerte bien podía ponerse de su lado y colocarlo en el sitio que había perdido. Lo que Iturbide no sabía es que el Congreso mMexicano lo había condenado a muerte en el caso de que regresara al país.
Fue apresado en Soto la Marina, de donde lo llevaron a Padilla, un pueblo del estado de Tamaulipas. El 24 de julio de 1824, frente a un pelotón de fusilamiento, murió el consumador de la Independencia de México.
Con el paso del tiempo, sus restos fueron llevados a la Catedral Metropolitana, donde comparte la capilla de San Felipe de Jesús con el corazón de un presidente mexicano que fue uno de sus más cercanos aliados: Anastasio Bustamante. Mientras tanto, su figura histórica sufrió los vaivenes de la política de su tiempo. El 27 de septiembre (el día de la consumación de la Independencia) fue festejado por aquellos grupos cercanos al conservadurismo mexicano durante el siglo XIX, mientras que los liberales impulsaban cada vez más la figura de Miguel Hidalgo y su grito del 16 de septiembre. No importó que una estrofa del himno nacional compuesto en 1854 se refiriera al caudillo trigarante:
 
"Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera
¡Mexicanos! valientes seguid
Y a los fieros bridones les sirvan
las vencidas enseñas de alfombra;
los laureles del triunfo den sombra
a la frente del bravo adalid."
El Porfiriato respetó su figura, pero no alentó su recuerdo. Fue hasta principios del siglo XX, con los gobiernos de la revolución, que su nombre, inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados, fue arrancado por una turba que consideraba que no merecía estar junto a Juárez o Hidalgo.
Hasta el día de hoy Iturbide sigue encerrado en la Catedral Metropolitana. ¿Merece nuestra condena y nuestro olvido el consumador de la Independencia nacional? O, por el contrario, ¿Nos beneficiaría analizar honestamente -sin prejuicios- a quien logró unificar a una nación y terminó con una guerra fraticida?
Esas dos preguntas me rondan cada vez que paso a visitar al Emperador. Y salgo de la Catedral convencido de que una nación madura, una sociedad democrática, tiene que revisar constantemente su pasado para que la ignorancia no se convierta en un demonio que la obligue a repetir sus errores una y otra vez. Escuchemos a Iturbide. Puede ayudarnos a entendernos mejor.

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