22 de noviembre de 2008

¿Vale la pena saber un montón de cosas sobre un montón de gente que ya está muerta?

Tarde o temprano me ocurre: puede ser en una reunión o cuando tengo que anotar mi profesión para algún trámite. En cuanto la gente sabe que soy historiador su rostro cambia, adoptan una actitud seria y normalmente sólo musitan un “aaah…”. Lo que sigue también lo conozco. Empiezan los comentarios clásicos, del tipo: “me encanta la Historia, pero no sé nada al respecto” (Nunca he entendido cómo a la gente le puede gustar algo que desconoce), o también me dicen: “oye, ¿es cierto que Juárez vendió México y mató a mucha gente?” En esos casos yo suspiro e intento explicarles que si bien el Benemérito no era un santo, tampoco le gustaban los asesinatos en masa, y que el respaldo que le dio Estados Unidos no significa que les haya vendido el territorio nacional.
Sólo una vez, un excuñado me preguntó directamente: “¿y para qué sirve la Historia, por qué te dedicas a eso?”. No recuerdo bien qué le contesté, pero les confieso que de tiempo en tiempo me hago esa pregunta. Y sé bien que no soy el único historiador que se ha cuestionado por su oficio. De hecho, es práctica común entre los hijos de Clío (la musa de la Historia, aunque suene a cantina) preguntarse si vale la pena perder el tiempo averiguando datos sobre hechos muy diversos que ocurrieron antes de eso que llamamos presente.
Generaciones de historiadores han propuesto diversas respuestas acerca de la utilidad de la Historia. Yo, últimamente, he recordado una de ellas: necesitamos de la Historia porque nos da un referente, nos permite comparar con algo nuestro presente y de ese modo intentamos darle algún sentido. Los hechos del 4 de noviembre de 2008 son buen ejemplo de ello. Por una parte, Estados Unidos recordó intensamente en ese día a figuras de su pasado como Martin Luther King, Malcolm X, John F. Kennedy y Franklin D. Roosevelt; ya que todos ellos le sirven para explicarse el hecho de que su próximo presidente sea un afroamericano. Por nuestra parte, los fantasmas de Colosio, Ruiz Massieu y Ramón Martín Huerta reaparecieron luego de ese horrible avionazo cerca del Periférico. La duda y los rumores ante la muerte de Juan Camilo Mouriño son también parte de nuestra Historia: acostumbrados a que las muertes de personajes políticos nunca son aclaradas por el Estado (todavía estamos esperando los resultados oficiales de la muerte de Venustiano Carranza; y de Tlatelolco, mejor ni hablamos), nuestra sociedad fabrica sus propias respuestas, las cuales perduran durante décadas sin importar si son ciertas o falsas.
Lo cierto es que vivimos rodeados por la Historia: todo nos remite a un tiempo anterior al actual y no podemos deshacernos de ella. Luis González, un viejo y querido historiador, decía que la Historia tenía cuatro funciones básicas: primero, el simple gozo de recordar aquello que ya no tenemos. Luego, el deseo de los Estados de contar con un relato que justifique su existencia y su poder ante sus sociedades. Después viene la Historia que critica a la anterior y nos dice que todo aquello que nos contaron en la escuela primaria es una mentira fabricada para mantenernos esclavizados; por último, existe una Historia que, como dijo otro historiador, Eric Hobsbawm, lo que quiere es explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma, y qué nexo existe entre ellos.
Los mexicanos (aunque quizá también otras naciones), tenemos una relación de amor-odio con nuestra Historia. No recordamos lo suficiente a nuestros héroes nacionales, pero recurrimos a ellos cuando necesitamos un símbolo que nos guíe por el presente (sólo piensen en López Obrador a la sombra de Lázaro Cárdenas, o al Subcomandante Marcos con Zapata). De aquí al 2010 (año de los festejos por el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana, por si alguien todavía no lo sabía) los medios de comunicación nos atiborrarán de programas, comerciales, novelas, radionovelas, mesas redondas, películas y cuánto se les ocurra para que no se nos olvide nuestra Historia nacional. Esa Historia de bronce será criticada por historiadores que la verán como un nuevo intento de imponerle al país una visión del pasado caduca, falsa y maniquea. Y con ello recuperaremos otra vieja tradición histórica mexicana: el enfrentamiento entre diversos grupos que enarbolan sus posturas particulares sobre el pasado de México.
Sin embargo, 2010 puede ser una excelente oportunidad para que los historiadores nos acerquemos a la gente. No sólo para contarles sobre el pasado, sino también para que sepan cómo es que lo investigamos. La sociedad no sólo necesita saber sobre lo ocurrido, sino también sobre cómo los profesionales de la Historia elaboramos ese conocimiento. Navegar por la Historia, (como sugiere el título de este blog) no puede ser patrimonio de unos cuantos. Una sociedad sólo es democrática cuando pone su conocimiento al alcance de todos sus integrantes, y cuando les brinda las herramientas necesarias para cuestionarlo y mejorarlo.
Si la gente sabe más sobre los hechos de su pasado y cómo éste fue escrito; si conoce sobre la existencia de diversas versiones de su Historia y la razón de ello; si cuenta con una idea de quiénes somos esos sujetos raros llamados historiadores y nuestras motivaciones para dedicarnos a este oficio raro pero fascinante; el pasado podría dejar de serle tan lejano y cobraría un nuevo significado para esta sociedad mexicana tan necesitada de certezas ante su pasado y de alternativas para su futuro. Ese es el objetivo de Clionáutica. Acompáñenme a navegar.

1 comentario:

  1. Qué tal.
    Yo también soy historiadora. En la red, me dedico a escribir "historias" sobre lo que ocurre en la vida de quien se dedica a la investigación histórica. Profesionalemente, me dedico a la historia de la radio específicamente a la vinculada con el poder, del maximato al avilacamachismo.
    Fue lindo conocerte, me me mandó un e-mail de h-mexico y quedé encantada.

    Por aquí nos vemos.
    Saludos,
    Mariposa Tecknicolor.

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