11 de abril de 2019

Emiliano Zapata en la Cuarta Transformación


El 10 de abril de 2019 se cumplen 100 años del asesinato de Emiliano Zapata en la hacienda de Chinameca en el estado de Morelos. El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha declarado que este sea “El año del Caudillo del Sur” y, según sus palabras “Es uno de los luchadores sociales de México que han ofrendado su vida y libertad por la defensa de nuestra soberanía”.

            A pesar de que no forma parte del grupo de héroes de la patria a los que López Obrador se refiere constantemente y que tiene como símbolos de su gobierno (Morelos, Hidalgo, Juárez, Madero y Cárdenas), Emiliano Zapata es un referente obligado para este gobierno porque representa históricamente la lucha de los sectores más desprotegidos del país por defender sus derechos.

            Desde sus varias campañas por la presidencia, López Obrador ha señalado que para lograr un verdadero desarrollo nacional es necesario poner primero a los pobres y en ese sentido el proyecto de la Cuarta Transformación logra adueñarse del Zapatismo para legitimarse.

            Es común que los gobiernos utilicen la historia para legitimarse. Colocarse en los hombros de los grandes personajes del pasado sirve para darle sentido a los líderes de cualquier tiempo. Les reviste de un aura de poder al conectarlos con el pasado y además de ese modo pueden justificar los proyectos que llevarán a cabo.

            Sin embargo, al utilizar de esa manera la historia existe el riego de convertirla en un mero justificante de las acciones que toman los gobiernos, lo cual hace que se pierda de vista su función primordial: darle sentido al presente a través de la comprensión del pasado.
            Emiliano Zapata no fue solo “el caudillo del sur”; no se dedicó únicamente a pelear contra sus enemigos por darle la tierra a los campesinos mexicanos. Su vida es mucho más compleja e interesante como para mantenerlo como estatua de bronce.

            En la vida de Zapata hubo tres acontecimientos que hay que tomar en cuenta para la Cuarta Transformación: la ruptura con Francisco y Madero en 1911, la participación zapatista en la Soberana Convención de Aguascalientes de 1914 y el regreso de Zapata a Morelos en 1915 en lugar de enfrentarse a las tropas de Álvaro Obregón.

            Zapata era un ranchero del estado de Morelos, de una familia que habitaba en esa región desde siglos atrás y le había tocado ser parte de la constante lucha entre las comunidades indígenas y las haciendas por la posesión de la tierra. Los hacendados habían contado con el apoyo del Estado durante el siglo XIX, el cual quería modernizar al país creando miles de pequeños ranchos que dieran paso a una nueva clase media agrícola. En ese proyecto los pueblos de campesinos -acostumbrados desde el Virreinato a la propiedad comunal- no tenían cabida. Las sublevaciones indígenas fueron comunes por la defensa de sus antiguos derechos y para principios del siglo XX esta situación no había cambiado.  
   
            La decadencia del Porfiriato y su posterior caída incrementaron el interés de los hacendados por hacerse de más tierras y obligaron a los campesinos a organizarse para defender sus propiedades. Zapata, que desde 1905 había participado en esas luchas de las comunidades, consideró que el Maderismo podía ser una opción para proteger a los pueblos de México, pues Madero se había comprometido en el Plan de San Luis a regresarle las tierras a las comunidades que las hubieran perdido injustamente.

            Zapata se levantó en armas en 1911 y su Ejército Libertador del Sur tuvo mucho éxito en sus batallas contra el ejército mexicano. Llegaron a ocupar casi todo el estado de Morelos, Puebla, partes de Guerrero, del Estado de México y hasta la zona del Ajusco en la ciudad de México.

            Cuando Díaz renunció a la presidencia y abandonó el país los zapatistas creyeron que Madero cumpliría sus promesas y los defendería de los hacendados, pero no ocurrió así. Madero consideraba que había que cuidar la propiedad privada y que en todo caso los cambios que necesitaba el país ocurrirían a través de leyes emitidas por el Congreso y no por una mera repartición de la tierra.

            Zapata se reunió en dos ocasiones con Madero y nunca se pusieron de acuerdo. Además, las tropas federales seguían atacando a los zapatistas lo que demostraba que el nuevo gobierno no estaba dispuesto a apoyar a los campesinos. Decepcionado por esto Zapata decidió levantarse en armas en contra de Madero, al que había apoyado antes, pues consideró que era un simple tirano que quería satisfacer sus ambiciones personales.

            En el discurso de la Cuarta Transformación el presidente Madero es considerado un apóstol de la democracia, pero también es necesario tomar en cuenta las rencillas que tuvo con el grupo de revolucionarios que lo ayudaron a derribar el gobierno de Diaz. El conflicto con Zapata fue producto de dos visiones totalmente diferentes sobre el futuro del país.

            El zapatismo se mantuvo en pie de guerra contra las tropas federales entre 1911 y 1914. Les tocó enterarse del golpe de Estado y asesinato de Madero en 1913 para luego seguir peleando ahora contra el dictador Victoriano Huerta. Eso también fortaleció la enorme desconfianza que Zapata le tendría a los otros líderes de la Revolución.    

En 1914 luego de que las tropas de Venustiano Carranza, Francisco Villa y Álvaro Obregón destruyeron la dictadura de Victoriano Huerta y vengaron la muerte del presidente Madero, se llevó a cabo uno de los experimentos políticos más interesantes de nuestra historia, además de que era un intento para evitar que esos revolucionarios se enfrentaran por el poder en una nueva guerra civil.

La Soberana Convención de Aguascalientes intentó evitar que Villa y Carranza ensangrentaran al país y al mismo tiempo se propuso establecer las bases sobre las que construirían un nuevo México. Para lograrlo se dieron cuenta de que era necesario incluir al bloque zapatista, el cual ya contaba con el Plan de Ayala que enfatizaba la defensa de los derechos de las comunidades indígenas.

La mezcla de convencionistas y zapatistas dio pie a uno de los programas ideológicos más interesantes del siglo XX. Como señala Felipe Ávila, además de exigir tierras para las comunidades campesinas este programa estableció que era necesario subordinar el poder político a la sociedad civil, que había que establecer la revocación de mandato para el presidente de la república, el derecho a huelga de los trabajadores, la instauración de un régimen parlamentario y la disolución del ejército cuando éste no fuera necesario. Justamente algunas de las propuestas del gobierno de López Obrador se pueden encontrar en el programa de la Convención de Aguascalientes, lo cual también sirve para legitimar a la Cuarta Transformación.

Al no lograrse un acuerdo entre Villa y Carranza estalló una nueva guerra en 1915. Zapata y Villa se habían aliado para derrotar a las fuerzas de Carranza y convertir a la Convención en el nuevo gobierno de México. Pero al final Zapata no cumplió con su parte. Entre el asesinato en la ciudad de México de Paulino Martínez, uno de sus colaboradores más importantes por parte de un grupo de villistas y que supuestamente Villa no lo respaldó, Zapata se regresó a Morelos mientras el segundo peleaba en 1915 las batallas del Bajío contra uno de los colaboradores más cercanos de Carranza: el general Álvaro Obregón.

Zapata pudo tener otras razones para no participar en las batallas del Bajío: tal vez fue la desconfianza que el caudillo del sur tenía de los otros líderes revolucionarios, o quizá pensó que su participación no era necesaria porque las fuerzas de la División del Norte eran lo bastante poderosas para destruir a Obregón: y también puede ser que no tuviera las tropas suficientes para hacerlo pues su ejército estaba formado por campesinos que tenían que regresar a cuidar sus tierras. El hecho es que la ausencia de los zapatistas en esas batallas también provocó el triunfo del Constitucionalismo.

Villa fue derrotado y tuvo que regresar al norte del país. Mientras tanto Zapata y sus fuerzas le dieron asilo en Morelos a la Convención y se dedicaron a expropiar más tierras, a fomentar el autogobierno, a alfabetizar a los niños y a atender a huérfanos y viudas. Pero empezó una época muy dura que al final terminó con el asesinato de Zapata.

Luego de derrotar a Villa y adueñarse de la ciudad de México, los carrancistas se enfocaron en apoderarse del estado de Morelos y destruir a los zapatistas. A principios de 1915 promulgaron una ley en la que prometían a los campesinos que les regresarían las tierras que habían perdido años antes y enviaron a Morelos a una enorme fuerza militar bajo el mando del general Pablo González.

La Convención se disolvió al no poder alcanzar el poder y Pablo González atacó Morelos como antes habían hecho Juvencio Robles y Victoriano Huerta. Los últimos tres años de vida de Zapata fueron de un enorme debilitamiento para el zapatismo con deserciones, traiciones y las comunidades cada vez más cansadas por tanta lucha. El 10 de abril de 1919 un coronel llamado Jesús Guajardo invitó a Zapata a comer en la hacienda de Chinameca con la promesa de unirse a su movimiento. Al momento de entrar Zapata con su escolta, los soldados de Guajardo dispararon y murió el caudillo del sur.

Con el paso de los años la figura de Zapata fue usada primero como un símbolo de los gobiernos de la revolución para luego convertirse en una figura usada por los movimientos de izquierda. La Cuarta Transformación ha hecho promesas que recuerdan al programa de la Convención de Aguascalientes y es normal que un gobierno recurra a la historia para legitimarse. Pero también es necesario recordar a Zapata con sus claroscuros: la historia de bronce sólo crea estatuas mientras que conocer el pasado con sus contradicciones nos ayuda a entender el presente.








El restablecimiento de las relaciones entre México y España en 1977: una cuestión de amistad.


En febrero de 1977 el ministro de asuntos exteriores del gobierno español, Marcelino Oreja, recibió una llamada telefónica del secretario de relaciones exteriores del gobierno de México, Santiago Roel. Con esa llamada empezarían una serie de conversaciones para poner fin a la separación que vivían los dos países desde el final de la guerra civil española.

Hoy que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador le ha pedido al rey de España una disculpa por las matanzas ocurridas durante la Conquista de México, vale la pena recordar cuando los dos países resolvieron sus diferencias y decidieron que valía más la pena ver juntos hacia el futuro en lugar de vivir enemistados por el pasado.

En esta historia la fecha más lejana es 1939; en ese año la República Española fue derrotada por las tropas de Francisco Franco. El gobierno de Lázaro Cárdenas había apoyado a los republicanos porque consideraba que un triunfo franquista podría alimentar a los grupos de derecha que había en México además de que consideraba injusto que el franquismo tuviera el respaldo de la Alemania Nazi.

El gobierno mexicano apoyó a la Republica Española enviándole armas, dinero y recibiendo a los refugiados -niños, intelectuales y gente cualquiera- que huyeron de su país. Al vencer los franquistas México protestó ante la Sociedad de las Naciones por lo que consideraba una sublevación contra el gobierno legítimamente establecido en España.

Mientras tanto, la República Española pasó años muy dolorosos -junto con todos los que tuvieron que salir de la península- hasta que en 1945 en el Salón de Cabildos del Antiguo Palacio del Ayuntamiento (hoy Gobierno de la Ciudad de México), la república pudo reorganizarse. Durante un año estuvieron en México hasta que se mudaron a París, donde permanecieron hasta su disolución en 1977.

El presidente Lázaro Cárdenas decidió no reconocer al gobierno franquista como el legítimo mandatario de España. Los siguientes presidentes mexicanos mantuvieron esta política e inclusive rechazaron la posibilidad de que España ingresara a la Organización de las Naciones Unidas.

Sin embargo, este rechazo colocaba a México en una situación comprometida porque si bien reconocía a la República Española no podía tener con ella acuerdos comerciales o culturales pues los republicanos no controlaban el territorio español; y el gobierno franquista deseaba tener relaciones con México, pero eso sería imposible mientras existieran sus enemigos los republicanos.

Eso provocó que México tuviera una relación formal con la república – los refugiados que vivían en el país, los aniversarios y homenajes a Lázaro Cárdenas- y al mismo tiempo tenía relaciones comerciales y culturales con la España de Franco. Ya en 1947 y sin tener embajadores, México y España firmaron un acuerdo para facilitar el comercio entre los dos países y en los años siguientes figuras como Manolete, Sara Montiel, Agustín Lara y Pedro Vargas viajaron a ambos lados del Atlántico.

Conforme pasaron los años la situación entre México, la República Española y el gobierno franquista comenzó a cambiar. En 1969 Juan Carlos de Borbón fue nombrado príncipe de España y sucesor de Francisco Franco a título de rey. Junto al príncipe llegaba una nueva generación de políticos españoles como Manuel Fraga y Adolfo Suárez que habían hecho sus carreras bajo el franquismo, pero veían que éste terminaría pronto y sería necesario democratizar a España.

En ese proceso México sería muy importante ya que restablecer relaciones con nuestro país le permitiría a España tener una fuerte presencia en el continente, pero para ello primero había que hacer cambios en la península.

En septiembre de 1975, a dos meses de que Franco falleciera, cinco miembros del grupo Euskadi Ta Askatasuna (“País Vasco y Libertad”) fueron fusilados por terrorismo. El gobierno del presidente Luis Echeverría canceló los vuelos entre Madrid y la Ciudad de México, cerró la Oficina de Negocios de España en nuestro país y la representación de la agencia de noticias EFE.

El gobierno franquista contestó cerrando la Oficina Mexicana en Madrid, la representación turística y le dijo al presidente Echeverría que no anduviera presumiendo de estatura moral pues él había participado como secretario de Gobernación en la matanza de Tlatelolco de 1968.

Las relaciones entre México y España se rompieron, pero a Francisco Franco le quedaba muy poco tiempo de vida y en los dos países sus clases dirigentes esperaban el momento para restablecerlas. La muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975 permitió que los dos países volvieran a acercarse.

En 1976 el presidente electo de México José López Portillo consideró que ante la desaparición del caudillo y el restablecimiento de la monarquía en España con el rey Juan Carlos I, había llegado el momento de reunir a las dos naciones. Pero para ello el gobierno mexicano necesitaba estar seguro de que la monarquía democratizaría a España y además habría que terminar las relaciones con la república, algo que al principio no parecía fácil.

A unas semanas de su toma de protesta José López Portillo envió a España al político Santiago Roel -quien sería su secretario de relaciones exteriores – con la misión de entrevistarse con las autoridades del pequeño pueblo de Caparroso, en Navarra, a quienes deseaba invitar a la ceremonia porque de ahí venía su familia. En realidad, Santiago Roel tenía la encomienda de acercarse de manera oficiosa al gobierno español para sondear la posibilidad de restablecer las relaciones rotas desde 1939.

No todos en el gobierno mexicano estaban de acuerdo con restablecer relaciones diplomáticas con España. La Secretaría de Relaciones Exteriores aconsejó al presidente López Portillo que esperara un momento mejor para el acercamiento, ya que había temor de que la monarquía española dejara de lado sus promesas de democratización y reprimiera a los opositores, pero el jefe del ejecutivo tomó por sí solo la decisión que cambió la historia.

Marcelino Oreja, ministro de asuntos exteriores de España recibió con agrado la noticia de que el gobierno mexicano estaba considerando la posibilidad de restablecer relaciones, pero también pensaba que eso sólo sería posible si antes México terminaba su contacto con la República Española. Su representante, Fernando Arias Salgado, viajó a México en febrero de 1977 y se reunió con Santiago Roel para empezar una serie de conversaciones que culminarían con el restablecimiento de las relaciones entre los dos países.

El acercamiento entre México y España se dio en cuestión de pocos meses. Confiando en que España llevaría acabo una profunda reforma política que entre otras cosas permitiría la libertad de expresión y legalizaría a los partidos de oposición, México dio los pasos necesarios para reunir a las dos naciones.

Mientras tanto, el gobierno de la República Española, establecido en París, también observaba con interés lo que ocurría en la península. Los republicanos no tenían forma de volver al poder y el compromiso de la Corona de realizar elecciones generales el 15 de junio de 1977 aceleraron la decisión de cancelar las relaciones entre México y la República para luego desaparecerla.

Rodolfo Echeverría, subsecretario de Gobernación, fue encargado por José López Portillo de reunirse en París con el último presidente de la República Española José Maldonado González. Echeverría le explicó que muerto Franco México quedaba en libertad para reanudar sus relaciones con España, pero no quería romper abruptamente con la República. El presidente Maldonado le contestó que “hacia México sólo tenemos sentimientos de gratitud y amor” y que no se opondrían a que ahora nuestro país se acercara a la monarquía.

El 18 de marzo de 1977 se reunieron en la Residencia Oficial de Los Pinos El presidente Maldonado y otros miembros de la República Española con el presidente López Portillo, el canciller Santiago Roel y el secretario de Gobernación Jesús Reyes Heroles. Allí anunciaron a la prensa que las relaciones entre los dos gobiernos quedaban canceladas, agradeciéndole a México por haber permitido que los españoles exiliados tuvieran viva la antorcha de la esperanza.

Ya sólo quedaba restablecer relaciones con el Reino de España. El 28 de marzo de 1977 el ministro Oreja y el Secretario Roel se reunieron en el hotel Jorge V en París para el intercambio de notas diplomáticas por las que ambos países aceptaban tener misiones diplomáticas permanentes a nivel de embajador. A partir de ahí todo se dio muy rápido: el presidente de gobierno Adolfo Suárez visitó México en abril de 1977, en octubre de ese año José López Portillo viajó a España y un año más tarde Juan Carlos I visitaba México.

            Carlos Fuentes escribió: «Nuestra relación con España es como nuestra relación con nosotros mismos: conflictiva. Y de parejo signo es la relación de España con España: irresuelta, enmascarada, a menudo maniquea. Sol y sombra como en un ruedo ibérico. La medida del odio es la medida del amor. Una palabra lo dice todo: pasión»

Y también amistad.
             



“El odio al gachupín” Un fantasma en la historia mexicana.


Las declaraciones del presidente Andrés Manuel López Obrador en el sentido de que España y la Santa Sede deberían disculparse por las matanzas ocurridas durante la conquista de México han despertado viejos rencores que parecían olvidados. Mientras los historiadores y otros expertos enfatizan que la actual nación mexicana es producto de la mezcla de indígenas, españoles, negros, asiáticos y otros grupos y por ello una disculpa por parte de la Corona Española no tiene ningún sentido, otros sectores insisten en que España cometió un crimen hace cinco siglos y debe responder por sus actos.

En esta polémica ha regresado un viejo fantasma nacional que creíamos que había desaparecido: la hispanofobia; el odio a los “gachupines”, los que supuestamente se robaron nuestras riquezas, violaron a nuestras mujeres y nos esclavizaron durante siglos.

Por lo menos durante la primera mitad del siglo XX la palabra “gachupín” fue usada para insultar a los españoles que vivían en México. La expresión “vamos a coger gachupines” tenía un tono de venganza y de doble sentido. Para el mexicano promedio era extraño recordar que tenía antepasados en la península y no se cuestionaba por el origen de su lenguaje o de su religión.

Desgraciadamente el antihispanismo ha estado presente en México desde hace siglos porque los distintos grupos políticos que gobernaron este país muchas veces lo usaron para justificar sus fracasos y para influir en la sociedad. La hispanofobia nunca ha sido buena para nuestro país y hay que recordarla para evitar que regrese.

Parecería lógico que los primeros que odiaron a los españoles fueron los indígenas luego de la destrucción del Imperio Mexica en 1521; pero en realidad esa pugna fue creada por los hijos de peninsulares nacidos en América: los criollos.

Esos novohispanos de tez blanca que al principio no se sentían parte de América ni de Europa buscaron durante los 300 años del Virreinato algo que les diera identidad: para ello recurrieron a la religión católica y especialmente al culto a la Virgen de Guadalupe; pero también se enemistaron con sus antepasados españoles.

El Virreinato fue administrado durante gran parte de su historia por funcionarios venidos de la península, lo que impedía que los criollos pudieran gobernar un territorio que consideraban suyo. Esta molestia creció a partir de la etapa borbónica entre 1700 y 1821 cuando la Corona empezó a cobrar nuevos impuestos y limitó aún más el papel de los criollos en la sociedad novohispana.

Ya en 1794 Fray Servando Teresa de Mier provocó un escándalo en Nueva España al asegurar que el manto de la Virgen de Guadalupe era en realidad la capa del apóstol Santo Tomás que había evangelizado estas tierras luego de ocurrir la pasión de Cristo. Mier aseguraba que los antiguos indígenas habían sido originalmente cristianos y con esa versión contradecía a la Corona española que aseguraba que una de las razones de la Conquista fue la evangelización de América.

Cuando Hidalgo se levantó en armas en 1810 una de sus quejas principales fue que los funcionarios peninsulares en América habían traicionado a Fernando VII al entregarle el reino a Napoleón Bonaparte y pretendían cobrar nuevos tributos. Hidalgo fue muy fiero con los españoles; las matanzas de inocentes en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato y luego en las afueras de Guadalajara fueron vistas por el padre de la patria como una necesidad para liberar a Nueva España.

Su sucesor José María Morelos consideraba que los españoles se habían apoderado de América por medio de las armas y esclavizando a los indígenas. Era necesario matar a los gachupines para liberar al nuevo país. Con Morelos surge la idea de que entre las culturas prehispánicas y el México que querían fundar los insurgentes no había distancia, como si los 300 años del virreinato no hubieran ocurrido.

            En 1821 Agustín de Iturbide logró al fin la independencia mexicana, pero con el objetivo de convertirnos en una monarquía bajo el mando del rey de España Fernando VII. Dos países separados pero con el mismo monarca. Cuando eso no se logró porque Fernando VII no reconoció la independencia mexicana, Iturbide se volvió emperador pero su reino duró poco menos de un año.

La naciente república mexicana heredó este rencor a España porque además la península impidió en 1821 que otros países nos reconocieran como Estado. México recobró San Juan de Ulúa en 1825, expulsó a españoles que estaban en el país en 1828 y un año después derrotó a una fuerza expedicionaria que pretendía restablecer el Virreinato. El odio al español estaba consolidado.

Si bien en 1836 México y España firmaron el Tratado de Santa María Calatrava por el cual las dos naciones se reconciliaban y todos los crímenes del pasado quedaban olvidados, la verdad es que el rencor al español se mantuvo durante el siglo XIX.

Una de sus razones estuvo en la lucha ideológica que vivió México en esos años entre el Partido Liberal y el Partido Conservador. Los liberales insistían en que era necesario modernizar a México, convertirlo en una democracia, transformar su economía y acabar con el poder que tenían el Ejército y la Iglesia Católica. Los conservadores en cambio creían que México debía rescatar lo mejor que había tenido durante el Virreinato: una economía cerrada y basada en la minería, un ejército fuerte y el Estado debía proteger a la Iglesia. Los liberales creían que el futuro estaba en Estados Unidos; los conservadores pensaban que lo mejor de México estaba en España. Eso más el reconocimiento español al Imperio de Maximiliano provocó que el rencor a los españoles creciera cada vez más.

El Porfiriato se esforzó en mantener buenas relaciones con España. En las fiestas del Centenario de la Independencia en 1910 España fue el invitado más importante. Don Porfirio creía que era necesario que las dos naciones se reconciliaran y por eso uno de los momentos estelares de esos festejos fue la recreación del encuentro de Cortés y Moctezuma como una forma de simbolizar una nueva etapa para los dos países. España por su parte y como un gesto de buena voluntad nos regresó el uniforme de generalísimo que usaba José María Morelos.

Sin embargo, la Revolución volvió a separar a los dos países. España estaba preocupada porque los revolucionarios destruían las propiedades de sus connacionales y los españoles otra vez eran vistos con desprecio, especialmente los que se dedicaban a administrar haciendas.

Durante la tercera década del siglo XX el antihispanismo tomó fuerza porque se le identificaba con el conservadurismo religioso. Mientras el gobierno mexicano abría las puertas del país a la República Española con tendencia de izquierda, otros grupos se identificaban con el movimiento franquista por su carácter hispano y católico. Esos grupos tuvieron un papel importante en la fundación de la Unión Nacional Sinarquista y luego en el Partido Acción Nacional.

Desde los años 40 y hasta finales de los 70 el hispanismo era visto como un resabio del conservadurismo mexicano que se oponía al progreso del país. Fue hasta la muerte de Franco y la restauración de la monarquía que mejoraron las relaciones entre México y España.

Ya durante los años 90 la imagen de España en México fue muy positiva porque representaba al futuro: las Olimpiadas de Barcelona en 1992, su crecimiento económico, su liderazgo en América Latina y su ejemplo de una nación que había pasado de una dictadura a una democracia parlamentaria eran muy apreciadas en nuestro país y el resto del continente.
Sin embargo, en esos años también creció un neoindigenismo que consideraba que así como era necesario “resistir” al poder del mercado que había desatado el neoliberalismo, también había que recordar las ofensas que los pueblos indígenas habían sufrido siglos atrás. La Conquista de México volvió a ser vista como una agresión que ahora sufrían aquellos grupos que eran subyugados por las transnacionales.

Eso nos trae a nuestro tiempo, en el que el presidente López Obrador considera que España debería disculparse con México por lo ocurrido entre 1519 y 1521. Parecía una polémica resuelta hace años pero hoy ha revivido. Tenemos que recordar nuestra hispanofobia para evitar que crezca. México es una nación mestiza y sólo comprender nuestro pasado nos ayudará a construirnos un buen futuro.