7 de enero de 2013

Ensalada de huesos patrios

La nota apareció el 24 de diciembre pasado, por lo que nadie le prestó atención. Pero ya que terminamos el Guadalupe-Reyes y hemos regresado a la normalidad, vale la pena que nos enteremos sobre lo ocurrido con los huesos de nuestros padres de la patria. 

Esos restos fueron exhibidos en Palacio Nacional en 2010, pero despertaron muchas sospechas. ¿Serían realmente los huesos de Hidalgo, Allende y otros? ¿No se supone que Morelos había desaparecido cuando su hijo, Juan Nepomuceno Almonte, se los llevó a Europa? ¿Y si aparecían también los restos de algún perro, habría que rendirles honores militares? 

Para evadir todos esos problemas, se decidió que el informe del INAH sobre el estado de los huesos se mantendría reservado durante varios años. Pero resulta que la reportera Silvia Isabel Gámez, del periódico Reforma, solicitó al IFAI que obligara al INAH a entregarlo.

Lo que descubrió Gámez nos confirma que esos huesos son, para decirlo simplemente, un relajo. En 2010 un grupo de investigadores del INAH analizó los restos y descubrió lo siguiente: 

Había por lo menos tres urnas con huesos de muy distintas personas. En total eran entre ocho y diez. En su mayoría los huesos estaban muy maltratados por la humedad y las polillas, además de que estaban todos revueltos. Entre los huesos había varios de venado. 

Algunos cráneos estaban marcados por lo que fue más sencillo armar esos esqueletos (en parte, porque faltaban varios huesos). De esa forma se pudo suponer que pertenecían a los héroes más importantes de la Independencia, pero no hay forma de asegurarlo. 

Hay que recordar que en su mayoría esos huesos estuvieron enterrados en pequeñas tumbas, hasta que en 1823 los juntaron a todos para llevarlos a la Catedral Metropolitana. Allí estuvieron bajo el Altar de los Reyes hasta 1895, cuando los movieron a la Capilla de San José. 

Los huesos fueron víctimas del descuido, la humedad, las polillas y los robos. Su estado era deplorable, hasta que en 1925 Plutarco Elías Calles decidió trasladarlos a la Columna de la Independencia. 

Siguiendo con el análisis de los huesos, el cráneo que se supone pertenece a Hidalgo muestra un agujero hecho con un objeto punzocortante. El agujero creció debido a que el cráneo estuvo expuesto a la intemperie durante diez años (cuando lo metieron en una jaula de hierro y lo colgaron de una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas). 

Aparecieron los restos de Morelos (o eso se supone), y resulta que el señor tenía una seria enfermedad dental (periodontitis) además de que en el parietal izquierdo tenía un hundimiento que supuestamente le provocaba migrañas (y por eso usaba siempre un paliacate). 

El esqueleto de Vicente Guerrero era el mejor conservado, porque los huesos estaban cubiertos de barniz. Tenía rastros de una herida en las costillas que le provocó problemas respiratorios y le impedía moverse. Además tenía una fractura en un codo que no le permitía estirar el brazo. 

Los huesos de Leona Vicario y Andrés Quintana Roo estaban incompletos y muy dañados por la humedad y las polillas. La señora tenía sobrepeso y estaba anémica. El señor acostumbraba montar mucho a caballo y cargaba objetos muy pesados. 

Los restos que supuestamente pertenecieron a Guadalupe Victoria son los de un hombre que murió a los 45- 50 años, cuando el primer presidente de México falleció a los 57. 

Nicolás Bravo estaba infectado con la bacteria Treponema, causante de la sífilis. Durante siglos corrió el rumor de que murió envenenado junto a su esposa, pero los investigadores del INAH no pudieron confirmarlo. 

Aparecieron otros restos que se supone pertenecen a Xavier Mina, Pedro Moreno y Víctor Rosales, pero el caso más interesante es el de Mariano Matamoros. 

Este sacerdote, que fue el principal colaborador de Morelos, murió fusilado en 1814. En 1823 lo llevaron a la Catedral Metropolitana. En 1911 sus restos fueron analizados por José María de la Fuente, quien dijo que Matamoros había sido bajito y delgado. 

En ese análisis desapareció el cráneo del cura, pues el sacristán de la Catedral se lo dió a De la Fuente para que a su vez se lo entregara a Cecilio Robelo, director del Museo Nacional de Arqueología (antecedente de nuestro Museo Nacional de Historia), pero no volvió a verse. 

Sin embargo, en el análisis de 2010 el INAH descubrió que los huesos que supuestamente eran de Mariano Matamoros, en realidad pertenecían a una mujer de 40-45 años, que se dedicaba a moler granos y a cocinar en cuclillas. 

¿Qué podemos concluir? ¡pues que hasta en la muerte nuestros padres de la patria fueron un absoluto desorden!









 

1 comentario:

  1. Pues no fueron de perro, pero sí de venado. Una de dos: o debió suspenderse el homenaje y traslado hasta no estar seguros de a quién se metía ahí o bien, los análisis debieron iniciar antes para tener resultados cuando se hizo el homenaje. Ya no me siento tan mal por haber reído tanto al ver la ceremonia, algo me decía que la cosa no andaba bien. Gracias por confirmarlo.

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