12 de noviembre de 2012

Luz de Nueva España

No es sencillo ser mujer en México. Y menos si eres guapa y culta. Nuestra sociedad es muy machista y, a pesar de los avances, todavía no acepta totalmente que una mujer tenga vida propia, sea muy exitosa en su labor, gane mucho dinero, y que todo eso lo haga sin un hombre a su lado. Las cosas van cambiando, pero tal vez no a la velocidad que muchos quisieran. 

Si hoy es difícil, imagínense en el México virreinal. Las mujeres sólo tenían dos opciones en su vida: el matrimonio o el convento; y normalmente ninguna de de esas dos alternativas era satisfactoria. 

Pero a pesar de los obstáculos, tuvimos una monja que se distinguió por su cultura, su manejo de la pluma y su carácter. Alguien que con el paso de los siglos se convirtió en un ejemplo para otras mujeres aunque ella, lo único que en realidad quería en la vida, era tener su propio espacio para dedicarse a estudiar sin que la interrumpieran. 

Sor Juana nació en San Miguel Nepantla, en lo que hoy es el Estado de México, en el año de 1648. Para ese momento, Nueva España vivía un prodigioso mestizaje. Las culturas indígenas se mezclaban con los extremeños, vascos, italianos, filipinos, judíos, negros, castellanos y otros orientales que llegaban a este territorio, y que colaboraron a crear nuestra conflictiva y maravillosa cultura. 

Dice Baltazar Gracián que en la vida sólo nos ocurren una o dos cosas realmente importantes, y todo lo demás es consecuencia de ella. En el caso de Sor Juana, uno de los acontecimientos que marcó su vida fue la falta de su padre. Durante su infancia vivió con su mamá y hermanos en el rancho de su abuelo, en Panoayán, cerca de Amecameca. Pero ser una huérfana de padre la marcó para toda su vida -ya que no tenía un apellido ilustre para conseguir un buen partido, y mucho menos podría aportar la dote necesaria para que se realizara ese matrimonio. 

El segundo gran acontecimiento fue su amor por el saber. Desde muy chica se encerraba en la biblioteca del abuelo, y para los seis años ya sabía leer y escribir, algo inusitado para ese tiempo. Le encantaba comer queso, pero dejó de hacerlo cuando le dijeron que eso atontaba el cerebro. Y alguna vez le pidió a su mamá que la vistiera de hombre para que pudiera asistir a ese lugar que estaba vedado para las mujeres: la universidad. 

La madre volvió a casarse y Juana se fue a vivir con unos parientes, quienes a su vez la llevaron al Palacio Virreinal para que sirviera como dama de compañía, lo que tal vez le permitiría conocer a alguien y casarse (aunque no fuera de alcurnia). 

Pero la chica era muy lista y bonita. Y pronto comenzó a destacar. Parecía como si Juana lo supiera todo sobre historia, filosofía, literatura, matemáticas, derecho, botánica y otras disciplinas. Eso hizo que la Virreina, Leonor Carreto, marquesa de Mancera, la tomara bajo su protección. 

Durante un tiempo, Juana vivió tranquilamente en la corte virreinal. Pero eso no podía durar, ya que no había forma de que se casara con alguien perteneciente a la nobleza (además de que, como ella misma lo confesó tiempo después, no le agradaba la posibilidad de casarse). 

Fue entonces cuando apareció en su vida Antonio Núñez de Miranda, jesuita y confesor en el Palacio. Él la convenció de que debería hacerse monja. Por ese entonces (y quizá también ahora), la gente ingresaba a la vida monacal por distintas razones, no sólo por tener vocación religiosa. La Iglesia protegía de ese modo a muchas personas que simplemente no tenían camino en la vida secular. El clero les ofrecía protección y una vida más o menos digna a cambio de que "renunciaran al siglo".

Juana lo pensó un tiempo, y aceptó. Tampoco le gustaba la idea de volverse monja, como también lo confesó años más tarde, pero sabía que no podría permanecer en el Palacio para siempre, por lo que necesitaba asegurar su futuro. 

Primero estuvo con las Carmelitas, pero no soportó los rigores que le impusieron, por lo que regresó a Palacio. Sin embargo, Núñez de Miranda la ayudó para ingresar a otro convento, mucho más relajado y que le permitió convertirse en la gran escritora que fue: la orden de San Jerónimo. 

Ubicado en lo que hoy es la Universidad del Claustro de Sor Juana, el convento de San Jerónimo era en realidad una pequeña ciudad, donde las monjas vivían en celdas que nosotros llamaríamos departamentos. Las Jerónimas eran muy ricas y su regla monacal no era tan estricta. Nunca salían a la calle, pero recibían muchas visitas, podían tener sus propios negocios (y vestir hábitos muy lujosos) y la mayor parte del tiempo lo pasaban en sus enormes celdas, donde normalmente vivían con su propia servidumbre y algunos parientes.

Sor Juana ingresó con las Jerónimas en 1699, a los 21 años. Allí trabajó como contadora y archivista. Pero en realidad se distinguió porque escribía mucho, muy bonito, y por encargo. Sor Juana hacía sonetos morales, obras de teatro, villancicos y otros textos, que circulaban entre la élite de la sociedad novohispana. 

Eso provocó que Sor Juana fuera famosa y la visitaban personajes muy importantes, como el rector de la Universidad de México, el Obispo de Puebla, el Arzobispo de México, y otros. 

Entre 1680 y 1688, Sor Juana vivió su etapa más brillante, ya que pudo ponerse bajo la protección de los Virreyes de la Laguna,  especialmente de María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, la virreina. 

Durante mucho tiempo se ha dicho que las dos se enamoraron. No podemos comprobarlo. Pero es cierto que Sor Juana le escribió muchos poemas muy hermosos, los cuales normalmente eran recompensados con lujosos obsequios. 

Cuando los marqueses de La Laguna dejaron México en 1688, Sor Juana perdió a sus principales protectores (quienes se encargaron de publicar sus obras completas en Madrid, a partir de 1689). Pocos años más tarde, Sor Juana tuvo que defender sus convicciones ante un poderoso adversario, lo que al final marcó su destino. 

Manuel Fernández de Santa Cruz, obispo de Puebla y en ese momento amigo de Sor Juana, le encargó que escribiera una crítica a un sermón pronunciado cuarenta años antes por un jesuita llamado Antonio de Vieyra. 

¿Cuál era el objetivo del obispo, al pedir una crítica de un sermón tan antiguo? pues afectar en realidad a uno de los grandes admiradores del padre Vieyra: a Francisco Aguiar y Seijas, en ese momento arzobispo de México, el religioso más importante de Nueva España. 

Fernández estaba enemistado con Aguiar, porque él quería ser el arzobispo, y se le ocurrió que podía usar la crítica escrita por Sor Juana para desquitarse. Sólo que, como introducción a la crítica, Fernández escribió un texto firmado con el seudónimo de "Sor Filotea de la Cruz". 

En esta introducción, Sor Filotea -Fernández- criticaba a Sor Juana, diciéndole que una monja tan talentosa para escribir, debería dedicarse a la teología y no a redactar sonetos morales y obras de teatro. 

Cuando Sor Juana leyó el texto, montó en cólera, y rápidamente escribió una "Respuesta a Sor Filotea de la Cruz", sabiendo por supuesto quién se escondía detrás de ese nombre. En la "Respuesta..." Sor Juana le dice que no escribe de Teología porque no sabe lo suficiente ni ha madurado espiritualmente para hacerlo, que otras mujeres se han dedicado a escribir sin que nadie las hubiera criticado por ello, y que al final se convirtió en monja para poder estudiar sin que nadie se lo impidiera. 

Al publicarse la "Respuesta...", el obispo Fernández decidió que Sor Juana estaba muerta para él. Nunca más volvió a dirigirle la palabra. El confesor Núñez de Miranda también se alejó de Sor Juana, quien al no tener más la protección de los virreyes, se había quedado sola. 

A ésto se sumó que el arzobispo Aguiar y Seijas de repente se volvió mucho más poderoso, al haber evitado un motín en la Ciudad de México por falta de alimentos. Aguiar era un hombre muy serio, cruel, que despreciaba a las mujeres y por supuesto no quería a Sor Juana. 

A la monja le dio terror que en cualquier momento Aguiar la acusara de hereje y la entregara al Santo Oficio, por lo que buscó a Núñez de Miranda para pedirle su protección. El confesor aceptó, pero después de negarse por varios meses, y a cambio de ayudarla, le exigió que se retractara de todos sus "errores". 

Sor Juana regaló todos sus libros e instrumentos de música, y pasó el último año de su vida dedicada sólo a rezar. El 17 de abril de 1695, sor Juana Inés de la Cruz falleció víctima de una peste que asoló el convento de las Jerónimas. 

Tiempo después fue olvidada. Tuvo que llegar el siglo XX para que su obra reapareciera y recuperara el lugar que tuvo durante sus años de gloria. En la "Respuesta a Sor Filotea..." Sor Juana dijo que tuvo que escribir muchas veces por encargo. Pero, de toda su obra, sólo se sentía orgullosa de un "papelillo" (como lo llamó ella), llamado "Primero Sueño", un maravilloso poema sobre el viaje de un alma por el universo para conocer a Dios:



 Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,                            
y --en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina--,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina                
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo           
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.

1 comentario:

  1. La gran Juana, parece increíble que haya tenido que pasar tanto tiempo para que la pudiéramos admirar su obra ¿Cuántos textos de otras mujeres habrán quedado en el olvido por haber vivido en una época que no las supo apreciar? Nos toca a las de ahora seguir al pie del cañón, abrir espacios y zanjar el camino para que las musas sigan floreciendo y no tengan que esconderse. Gracias por hacer lo propio para no olvidar su ejemplo,
    Sandra

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