9 de marzo de 2011

Las fuerzas armadas y el México contemporáneo



Es una de las instituciones más importantes de este país, y al mismo tiempo sabemos muy poco sobre ella; la vemos en las noticias todos los días y el papel que juega en este momento de la vida nacional es profundamente polémico. La vemos como algo muy lejano, que sólo aparece en el desfile del 16 de septiembre, cuando ocurre algún desastre o en situaciones más oscuras: es el ejército mexicano.
A diferencia de Estados Unidos, donde hay una estrecha relación entre la sociedad y sus fuerzas armadas, en nuestro país estamos separados. No ocurre como allá, que hacer carrera en la milicia puede abrir las puertas del mundo empresarial y el político. En México los militares están confinados a realizar labores correspondientes con su oficio, como la seguridad pública. En esta guerra contra el narco en la que nos encontramos (y en la que han muerto más de 35 mil personas) necesitamos saber quién nos está defendiendo, cuáles son sus orígenes y a qué problemas se enfrenta.
De todo esto nos platica Roderic Ai Camp en su más reciente libro Las fuerzas armadas en el México democrático. Este trabajo es una versión corregida y aumentada de un texto que Camp publicó en 1992 y que por alguna razón desconocida jamás se tradujo al español: Generals in the Palacio.
Camp es un reconocido investigador de las redes de poder en México durante el siglo XX, sus trabajos sobre la conformación de la clase política mexicana son fundamentales para comprender un poco más nuestro país. En el caso de su más reciente obra, Camp retoma el estudio de las fuerzas armadas para explicarnos cómo son y por qué, a diferencia de otros países latinoamericanos, jamás tuvieron la tentación de adueñarse del poder.
No es fácil investigar al ejército mexicano. Las limitaciones son muchas, hay pocas obras publicadas al respecto, y el mismo ejército ha preferido mantener una barrera entre ellos y los investigadores. Eso le da un valor especial a la obra de Camp.
Cuando se estudia al ejército mexicano, hay tres aspectos que es necesario entender: primero, las fuerzas armadas de nuestro país tienen un carácter defensivo, esto quiere decir que no están diseñadas ni tienen la capacidad para agredir a otras naciones (lo cual además es casi imposible, si tomamos en cuenta el poderío del ejército norteamericano, y la experiencia del ejército guatemalteco).Segundo, al haber nacido junto con el actual Estado mexicano (luego del triunfo constitucionalista entre 1914 y 1916), el ejército rápidamente se colocó bajo las órdenes de una nueva élite política que, a pesar de haber tenido una intensa vida militar, nunca olvidó sus orígenes civiles y siempre consideró que México no podía vivir bajo un orden militar. Y tercero, aunque al interior del ejército ha habido molestias por el papel que en muchas ocasiones han tenido que jugar, su lealtad hacia las instituciones jamás ha estado en duda.
El actual ejército mexicano surgió en 1914, luego de la firma de los Tratados de Teoloyucan. Su historia no es tan larga, como en el caso de otros ejércitos latinoamericanos, lo que ha favorecido su lealtad hacia los civiles. Obviamente, los antecedentes del ejército mexicano son muy antiguos, pero en su historia encontramos una serie de rupturas que impidieron que se consolidara como institución hasta la tercera década del siglo XX.
El primer ejército mexicano surgió de la unión de una parte del ejército realista con las guerrillas insurgentes en 1821. Se caracterizaba por absorber gran parte del escaso presupuesto federal, por su conservadurismo y porque gran parte de sus altos oficiales eran también caciques en sus regiones. Muchas veces traicionaron al naciente Estado mexicano y cuando tuvieron su gran prueba histórica (en la guerra con Estados Unidos en 1847), fueron destrozados por un ejército moderno y funcional, además de que sus viejas armas y su proclividad a la corrupción también los empujaron al desastre.
Este primer ejército desapareció formalmente en 1867, luego del triunfo de la República, pero ya para ese entonces su poder estaba minado y funcionaba más como un agregado de las tropas francesas que ocupaban nuestro país.
Al vencer Juárez y sus aliados, hubo que reconstituir al ejército, pero ésto no fue fácil, entre otras cosas porque los nuevos líderes militares también deseaban el poder político, una pugna que estalló en 1876 cuando Porfirio Díaz logró adueñarse de la presidencia tras un golpe de Estado.
Díaz modernizó al ejército, pero también lo controló duramente, para evitar que otro general lo quitara del poder. Al mismo tiempo favoreció la creación de una alta burocracia civil que le sirviera de contrapeso. Las luchas entre los "Científicos" y los viejos generales porfiristas fueron una constante a principios del siglo XX, poco antes de que estallara la Revolución Mexicana.
El triunfo de Madero fue una gran humillación para ese ejército porfirista acostumbrado a usar vistosos uniformes y a destrozar pequeñas insurrecciones campesinas. No pudieron vencer a los guerrilleros del norte y del sur que contaban con armas modernas y conocían perfectamente sus territorios. Sin embargo, al llegar al poder, Madero no desapareció al ejército, lo que permitió que en 1913 lo asesinaran.
El gobierno de Victoriano Huerta ha sido la única dictadura propiamente militar que ha vivido México. Aunque tuvimos muchos gobernantes que también fueron soldados, éstos favorecieron el surgimiento de una estructura civil que gobernara (como Díaz), o simplemente no tuvieron la capacidad para erigir al ejército en el máximo poder en el país (como Santa Anna). Huerta militarizó la vida nacional, otorgó a los miembros de su gabinete el grado de general de división (aunque fueran civiles), dio instrucción militar a los jóvenes de la Escuela Nacional Preparatoria y a otros grupos dentro de la sociedad mexicana.
El proyecto militarista de Huerta se vino abajo luego del triunfo constitucionalista en 1914 y la firma de los Tratados de Teoloyucan, en donde se estipulaba que el viejo ejército porfirista desaparecería, y en su lugar las fuerzas de Carranza se convertirían en el nuevo ejército mexicano. Tanto Carranza como Villa, Zapata, Obregón, Calles y otros nuevos caudillos venían de la vida civil y tuvieron que convertirse en militares, pero jamás les gustó la idea de "militarizar" a México. Especialmente Plutarco Elías Calles, llevó a cabo una enorme tarea de modernización del ejército, para lo cual contó con uno de los militares más importantes de nuestra historia: Joaquín Amaro. Él se encargó de cambiar los planes de estudio del Heróico Colegio Militar para formar una nueva generación que se distanciara de los viejos generales revolucionarios y contara con mayores conocimientos.
Lázaro Cárdenas creó la Secretaría de la Defensa Nacional e incluyó a las fuerzas armadas dentro del partido oficial, lo que inquietó a muchos colaboradores suyos, quienes veían en esa medida la posibilidad de que el ejército se fortaleciera. Por esa razón, al llegar al poder, el presidente Manuel Avila Camacho retiró al ejército del partido y luego le entregó el poder a un civil: Miguel Alemán.
El nuevo presidente creó el Cuerpo de Guardias Presidenciales y la Dirección Federal de Seguridad, un organismo de inteligencia que ya existía con otro nombre pero era necesario modernizarlo. Para todo ésto contó con el apoyo del ejército, el cual vivió una pequeña crisis en 1952, cuando un grupo de generales decidió apoyar la candidatura de Miguel Henríquez Guzmán a la presidencia de la República.
El ejército mexicano siempre fue usado para reprimir manifestaciones sociales. Estuvo presente en la masacre de León en 1946 y en la huelga de ferrocarrileros de 1958. Sin embargo, la matanza de Tlatelolco en 1968 los desbordó. Al principio del movimiento tenían la orden de usar la menor cantidad de violencia posible, pero al crecer el conflicto tuvieron que endurecerse. Hasta el día de hoy el ejército mexicano carga con la culpa de lo ocurrido ese 2 de octubre, aunque nuevas investigaciones apuntan a que las fuerzas armadas fueron usadas por la élite política, la cual no encontró otra forma de resolver ese enorme problema. A partir de 1968 los militares tuvieron una mayor participación en la vida nacional: combatieron a los grupos guerrilleros en los años 70, custodiaron instalaciones petroleras y poco a poco se involucraron en la lucha contra el narcotráfico.
1994 fue otro año caótico para el ejército, quien fue usado para acabar con la insurrección zapatista (a pesar de que, como señala Camp, los generales aconsejaban buscar una salida pacífica al conflicto). La "guerra mediática" que les declaró el Subcomandante Marcos los obligó a aprender a usar las armas de la información, aunque crearon grupos paramilitares para que fueran ellos los encargados de terminar con los zapatistas.
El crecimiento del narcotráfico obligó al gobierno mexicano a usar al ejército para llevar a cabo actividades policiales (algo que viola la constitución). El número de civiles muertos en operativos militares (muchas veces confundidos con narcotráficantes) aumenta cada día. Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos desconfía de nuestro ejército, al que considera débil e incapaz de enfrentarse con éxito a las poderosas organizaciones del crimen organizado.
En este sentido, el ejército mexicano ha buscado mejorar su imagen ante la sociedad, pero ello no ha sido sencillo, en buena parte porque las fuerzas armadas prefieren mantenerse en la sombra y no ser cuestionadas.
Camp señala otros temas en su libro, como la formación de los nuevos oficiales del ejército, sus oportunidades de socialización, la enorme importancia que tiene el contar con un "padrino" o "mentor" dentro del ejército para subir en el escalafón, los cambios generacionales y qué opinan sobre su creciente papel en la vida pública mexicana. Las fuerzas armadas en el México democrático es un gran libro que nos permite conocer a una de las instituciones más secretas de nuestro país, algo que en este momento es fundamental.




1 comentario:

  1. Como todo lo desconocido, en general no confiamos en el ejército, está difícil que nos la quieran vender de otro modo y más cuando no hay semana en la que no se vea a alguno de sus miembros involucrado con el narco o alguna otra mafia. Como excusa pueden tener los bajos sueldos y la falta de oportunidades en su carrera, aunque eso no es suficiente para justificarlo. ¿Llegaremos a ver juicios castrenses en los que se aplique la pena de muerte por traición a la patria como lo marca la Constitución?

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