12 de noviembre de 2010

Tristezas y alegrías de los revolucionados.


Durante mucho tiempo, la Revolución Mexicana pareció una epopeya en la que un grupo de hombres dieron sus vidas para que la nación pudiera liberarse de las cadenas que le impuso la reacción y alcanzar el progreso y la justicia que se merecía. Sin embargo, esta imagen idílica comenzó a desvanecerse luego de la matanza de Tlatelolco y desapareció durante la década de los 80 del siglo pasado.
Actualmente, las interpretaciones más recientes sobre la Revolución Mexicana señalan que ésta fue, en su mayoría, una guerra civil entre distintos grupos y con diversas etapas, para apropiarse del país e imponer su proyecto de desarrollo. Hemos perdido a nuestros héroes y buscamos a las personas, con sus luces y sus sombras.
Al mismo tiempo, aparecen nuevos estudios que buscan observar de una forma distinta al movimiento revolucionario de 1910. Uno de estos nuevos libros es La vida y la muerte en tiempos de la Revolución, de José Luis Trueba Lara.
Este autor desea platicarnos una historia diferente: la de todos aquellos que tuvieron que vivir la Revolución, les gustara o no. Décadas atrás, los finados Luis González y Friedrich Katz hicieron los primeros estudios sobre la vida cotidiana entre 1910 y 1940, cómo vivía la gente de esos años y qué opinión tenían sobre el movimiento revolucionario.
Trueba Lara rescata esa tradición y la enriquece al analizar nuevas fuentes, aunque al final llega a la misma conclusión: para los que tuvieron que vivirla, la Revolución Mexicana (o por lo menos su etapa armada) fue un periodo horrible. El hambre, la muerte, las enfermedades y los crímenes destrozaron a este país.
En 1910, la mayoría de la población no tenía la menor idea sobre quién era Francisco I. Madero, o los problemas que vivía la élite porfirista ante una próxima muerte de Don Porfirio. A ellos lo que los atemorizaba era el paso del Cometa Halley, pues se decía que su cauda estaba formada de gases venenosos, los cuales envolverían al planeta aniquilando a la especie humana.
Si algo los divirtió en ese año fue la gran fiesta por el Centenario de la Independencia. Los desfiles, la música, las obras de teatro, los fuegos artificiales y la ceremonia del grito les hicieron más llevadera una época de por sí difícil, pues había muchos pobres y pocos ricos.
La inquietud comenzó en 1911. La Ciudad de México recibía con estupor las noticias sobre levantamientos en el norte y el sur del país. De hecho le preocupaba más el sur, pues estaba más cerca de la capital. La sublevación de Emiliano Zapata destruía pueblos y haciendas (algo que se recrudeció con el paso del tiempo). Pero el norte también le alarmaba: las guerrillas de Francisco Villa, Pascual Orozco y otros arrasaban en Sonora y Chihuahua.
Pero en mayo de 1911 la situación empeoró. A los movimientos en el norte y el sur se sumó la renuncia del general Díaz a la presidencia, luego de que su casa en la Ciudad de México estuvo a punto de ser destruida por una turba a la que sólo pudo controlar el ejército. "Madero ha soltado al tigre" dijo el anciano general antes de embarcarse hacia Europa. Ese tigre devoró a los caudillos revolucionarios y a miles de personas antes de saciar su hambre.
En 1912 la Ciudad estaba inquieta por los ataques zapatistas en lugares muy cercanos, como Tlalpan y Xochimilco, pero se esforzaba en seguir su vida de todos los días. La prensa atacaba ferozmente al presidente Madero, y en los teatros de variedad se burlaban del "loquito" que se sentaba en la silla presidencial.
La sangre se desbordó a principios de 1913, cuando una parte del ejército se levantó en armas contra el presidente Madero. Luego de un fuerte enfrentamiento en Palacio Nacional, los insurrectos se refugiaron en la Ciudadela, un edificio cercano que servía como depósito de armas, y se dedicaron a cañonear los edificios que estaban alrededor. Durante más de diez días hubo enfrentamientos en las calles de la ciudad. El Hemiciclo a Juárez, ese monumento del que Porfirio Díaz se enorgullecía tanto, tenía montañas de cadáveres, los que luego eran llevados a los llanos de Balbuena para que los quemaran. Los comercios cerraron, y la gente tenía pánico de salir de sus casas, ante la amenaza de los francotiradores que asesinaban impunemente a los capitalinos.
Madero fue asesinado y Victoriano Huerta subió al poder. La ciudad recibió con alegría al nuevo gobernante, pero eso no tranquilizó la situación. La capital que antes era relativamente pacífica, comenzó a vivir una horrible temporada de crímenes, además de que los comerciantes escondían sus productos para venderlos más caros y los extranjeros huían previendo la destrucción que estaba por venir.
Huerta fue derrotado en 1914, y a la ciudad llegaron los nuevos gobernantes: Alvaro Obregón y las tropas constitucionalistas venían con la órden de castigar a la Ciudad por no haber defendido a Madero un año antes. Obregón exigió a los ricos que quedaban en la ciudad que le dieran dinero (y una parte de éste lo usó para comprar alimentos y dárselos a los hambrientos capitalinos), pero también se apropió de las mansiones porfiristas y estuvo a punto de fusilar a los clérigos de la catedral metropolitana.
En los frentes de batalla, la situación también era muy dificil. Aunque los norteños contaban con recursos económicos para sostener a sus ejércitos, también sufrieron por el hambre. Las tropas revolucionarias iban borrachas a los combates para darse valor, y fumaban mariguana para soportar las lesiones y el estress. Aunque Francisco Villa contaba con un carro-hospital para atender a sus heridos, la mayoría de los revolucionarios no tenían esa ventaja. Los heridos normalmente perdían brazos y piernas o simplemente no sobrevivían a las bárbaras operaciones. Los cadáveres abundaban en los campos y caminos, muchas veces desnudos pues alguien había robado sus pocas pertenencias. Los pueblos y rancherías vivian con miedo y hambre, pendientes de los ataques de los revolucionarios, quienes mataban a los hombres (o los reclutaban a la fuerza), violaban a las mujeres, robaban lo que pudieran y quemaban el resto.
Pero también esta generación buscaba la forma de divertirse. Los teatros de la capital ofrecían funciones para los revolucionarios, en donde había música y chicas con poca ropa, lo que normalmente degeneraba en balaceras, pues el respetable público tenía muchas ganas de divertirse y normalmente estaban muy bebidos.
Quizá uno de los grandes negocios de esta época fue la prostitución. Reglamentada durante el Porfiriato, ahora se manejaba por la libre. Existían las grandes mansiones con preciosas chicas, las cuales cobraban muy caro por sus servicios, y además estaban las prostitutas para los revolucionarios de a pie. Aunque normalmente, los "Juanes" (así le decían a los soldados) tenían a sus "adelitas", mujeres que habían enamorado en algún lugar y las llevaban con ellos en sus correrías por el país. Las Adelitas les conseguían de comer, los curaban y los lloraban cuando morían, para luego buscarse otro Juan que las protegiera.
Y a todo esto hay que sumar las epidemias, que se esparcieron por el país luego de que el sistema sanitario porfirista fue destruido. Tifo, disentería, paludismo y la mortal influenza española acabaron con las vidas de cientos de miles de mexicanos.
En 1920, Venustiano Carranza fue asesinado y Álvaro Obregón se convirtió en el nuevo presidente de México. No terminó allí la Revolución, pero los levantamientos que ocurrieron después no consiguieron adueñarse de la Ciudad de México. Comenzó entonces otra época, en la que poco a poco se reconstruyó el país y las enfermedades, el hambre y la delicuencia se volvieron cosa del pasado.
El próximo 20 de noviembre se cumplen cien años del inicio de ese movimiento. Hay que conmemorarlo, pero recordando que cientos de miles de personas sufrieron horriblemente durante esa época, y con la intención de que muchos de esos dolores jamás se repitan.



1 comentario:

  1. Saludos Arno:

    Enhorabuena se acentúa la mirada crítica sobre la revolución mexicana.
    En lo personal, la novela Al Filo del Agua, de Agustín Yáñez, fue la que me mostró que en aquel entonces no todo fue glorioso y "miel sobre hojuelas" para los 'revolucionados', según me lo habían enseñado en el nivel básico.
    Por cierto, ¿cuál es tu parecer sobre el reciente libro de Ariel Rodríguez Kuri al respecto?

    Carlos León

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