1 de octubre de 2010

Camino a Tlatelolco.




Mañana se cumplen 42 años de aquella matanza que marcó la vida de México, y todavía no tenemos claras muchas cosas sobre el movimiento estudiantil de 1968. Se han hecho muchas investigaciones, libros, películas, conferencias, programas, páginas, blogs y otras cosas sobre ese momento, pero aún no tenemos la gran obra que nos explique por qué ocurrió esa balacera, sus causas y consecuencias.
Casi desde el primer momento surgieron diversas explicaciones a lo ocurrido. La primera decía que un grupo comunista se había infiltrado en la Universidad, coptó a los estudiantes y los obligó a salir a las calles para comenzar una revolución como la cubana, con el fin de acabar con el sistema político mexicano y crear un gobierno afín a los intereses de la URSS en América Latina. El gobierno entonces habría tenido que enfrentarse a esos comunistas, lo que provocó la matanza de Tlatelolco.
Sin embargo, rápidamente se vino abajo esa explicación, pues había cosas que no quedaban claras. ¿Por qué el ejército le disparó a los estudiantes? ¿Quién estaba arriba del edificio Chihuahua con pistolas en mano? ¿Qué más había atrás del intento oficial de explicar esa balacera?
La publicación de los documentos de Marcelino García Barragán en 1998, y de un fragmento de las memorias de Gustavo Díaz Ordaz un año antes, nos permiten darnos cuenta de que el conflicto de 1968 fue más complejo de lo que parece. No podemos quedarnos con la mera explicación de que los estudiantes se enfrentaron al gobierno y éste los reprimió. Es necesario ampliar el panorama y ver la participación de otros actores en un escenario temporal que va más allá de 1968.
En su artículo "Gustavo Díaz Ordaz: el colapso del milagro mexicano", la investigadora Soledad Loaeza nos da pistas muy interesantes para comprender mejor lo ocurrido en ese año olímpico. La crisis de 1968 y su respuesta violenta, dice la autora, es una muestra de la debilidad estructural del gobierno mexicano, quien vivía constreñido entre las presiones que recibía por parte de la clase política mexicana, el gobierno de Estados Unidos, y las nuevas clases medias que exigían soluciones distintas para los problemas que estaban viviendo.
Ante la posibilidad de una transformación radical del sistema político, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz prefirió usar la fuerza, en lugar de buscar otro tipo de soluciones, ante el temor de lo que éstas pudieran ocasionarle al país.
Para 1968, México vivía ya diez años inmerso en una crisis ante los problemas que pasaba y la imposibilidad de la clase política para resolverlos adecuadamente. Por una parte estaba la economía. A pesar de los progresos obtenidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como el crecimiento de la industria y la expansión de las clases medias, el llamado "Milagro Mexicano" no había podido acabar con la pobreza, un mal con varios siglos en el país. De hecho, los índices de desempleo estaban creciendo, además de que faltaba capital para reimpulsar la industrialización del país.
Por otro lado, estaba la Guerra Fría. Al triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Estados Unidos vio con terror la posibilidad de que el comunismo se extendiera por América Latina, por lo que endureció sus políticas en el subcontinente. Fueron los años de las dictaduras latinoamericanas, las cuales asesinaban a sus gobernados pero eran vistas por Estados Unidos como un mal menor ante la posibilidad de que el ejemplo cubano se aplicara en otras naciones.
Gustavo Díaz Ordaz no estaba tan preocupado por el comunismo como sí lo estaba por los problemas económicos de México. Él reconocía que la pobreza y la desigualdad eran excelentes caldos de cultivo para los movimientos de izquierda en México. Pero también se daba cuenta de que era muy peligroso permitir a Estados Unidos una intrusión mayor en la política interna mexicana con el pretexto de acabar con los comunistas.
Todo lo que pasaba afuera, se reflejaba adentro. Y quizá el mayor problema de todos era el creciente descontento dentro de la clase política mexicana por la forma en que se manejaba al país. Cincuenta años después de la Revolución Mexicana, la familia revolucionaria estaba anquilosada y dividida, entre un grupo de derecha que se había hecho fuerte desde 1940 y le apostaba a la alianza total con Estados Unidos, y un grupo de izquierda que creía más en el corporativismo y la pervivencia de las tradiciones políticas mexicanas.
Gustavo Díaz Ordaz también tenía que conciliar entre ambos grupos. La aplicación de políticas públicas dependía mucho de los acuerdos que se establecieran entre la derecha y la izquierda al interior del Partido Revolucionario Institucional. Para los años 60, la corriente de izquierda, (encabezada por Lázaro Cárdenas) impulsó a distintos movimientos con la intención de transformar al sistema político. Esto puso en riesgo la estabilidad que costó tantos años construir, y el resto de la Familia Revolucionaria veía con temor la posibilidad de que a su interior volviera a producirse una lucha por el poder, como las que casi la desgajaron durante las elecciones de 1940 y 1952.
Y por último, estaba la sociedad. Gustavo Díaz Ordaz era un ortodoxo que creía que el Estado debía estar por encima de todos los demás poderes que forman la nación para poder guiarlos y protegerlos. Sin embargo, también creía en que era necesario abrir espacios para la oposición con la intención de fortalecer al sistema. La reforma electoral de 1963 que permitió la creación de los diputados plurinominales y aumentó la presencia de la oposición en la Cámara es prueba de ello.
Empero, y al estar formado en la tradición política mexicana, la existencia de movimientos sociales que estuvieran fuera de la influencia del Estado, y peor aún, que no quisieran contar con sus apoyos y favores, le era inconcebible.
México estaba entrando en una época violenta, aunque a primera vista no nos parezca así, (o no lo recordemos). Al final violento de las huelgas de 1958 siguió el asalto guerrillero al cuartel militar de Ciudad Madera en Chihuahua y el conflicto médico de 1965; luego vino la toma de la Universidad Nicolaíta un año más tarde y los conflictos poselectorales en Guerrero y Yucatán.
De todos estos movimientos, el que más recordamos es la huelga de doctores. Iniciada para mejorar los salarios de los médicos, rápidamente se convirtió en un movimiento que exigía respeto a las garantías constitucionales y que el gobierno vio como una amenaza, al negarse los doctores a unirse a las organizaciones de trabajadores que controlaba el PRI.
Era un movimiento de clase media que no quería formar parte de la estructura estatal, algo incomprensible para el gobierno mexicano. La única solución que vio para ello fue la violencia.
Revisar los antecedentes del movimiento estudiantil de 1968 nos permite darnos cuenta de varias cosas. Primero, la debilidad de la presidencia de la república, a la que siempre hemos recordado como una institución todopoderosa, pero que en realidad estaba constreñida por la maquinaria estatal y la élite política mexicana, además de que tenía que negociar constantemente con Estados Unidos y reprimía a los movimientos de oposición al no poder incluirlos en el sistema político mexicano.
Segundo, no sólo en 1968, sino desde décadas antes, México ha vivido crisis políticas que fueron ocultadas por el sistema, al cual le convenía simular que "no pasaba nada" para impedir que sus enemigos se aprovecharan de su debilidad. El PRI aparece como una arena en donde se dirimían los conflictos de la élite política de manera pacífica y disciplinada, pero no siempre pudo ser así. En ocasiones las divergencias sobrepasaban al sistema y llegaban a la sociedad.
Y por último el crecimiento de la clase media y los cambios nacionales e internacionales permitieron que esa generación de los años 60 tuviera una actitud distinta a la que tenían sus padres, por lo que exigió soluciones a sus problemas que ya no pasaran por los mecanismos corporativistas del Estado Mexicano.
Visto desde esta óptica, el 68 y su década aparecen como un momento de grandes oportunidades para el país, las cuales fueron desaprovechadas por un sistema que buscaba mantener la estabilidad que habían construido desde los años 40 y que no vio en las exigencias juveniles la oportunidad de cambiar para mejorar.
La respuesta violenta del sistema tuvo éxito a corto plazo, pero con el correr de los años, los problemas que no pudo o no quiso resolver el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, se volvieron más grandes y marcaron a toda la sociedad mexicana posterior a 1968.


2 comentarios:

  1. Coincido en que es necesario tomar en cuenta el contexto y realmente ha sido muy interesante conocer lo que ocurría en ese momento de la historia, a través de tu publicación. FELICIDADES!

    ResponderEliminar
  2. Buen artículo, muy objetivo. Para los que éramos estudiantes en esa época -yo cursaba el 2° año de vocacional en la Voca 3, en Santo Tomás- siempre es interesante leer artículos como el tuyo. Escrito con objetividad y sin los apasionamientos de los que por haber sido víctimas de la represión se han erigido en los cronistas de esa difícil etapa de nuestra historia y en poseedores, según ellos de la verdad absoluta al respecto y que en muchos casos han sabido explotar -su carácter de víctimas- para su muy personal provecho.

    ResponderEliminar

Todos tus comentarios serán publicados, sólo te pido que pongas tu nombre y te portes con los demás tal y como te gustaría que se portaran contigo. Por favor no alimentes a los Trolls. ¡Gracias por participar!