27 de abril de 2009

1833: el año del Cólera Morbo.


En ese año, la Ciudad de México vivió uno de sus momentos más dramáticos: una epidemia de Cólera se desató por la capital de la república matando a innumerables personas.
Uno de los testigos de este difícil instante fue Guillermo Prieto, quien escribió al respecto en su libro Memorias de mis tiempos:


Las calles silenciosas y desiertas en que resonaban a distancia los pasos precipitados de alguno que corría en pos de auxilios; las banderolas amarillas, negras y blancas que servían de aviso de la enfermedad, de médicos, sacerdotes y casas de caridad; las boticas apretadas de gente, los templos con las puertas abiertas de par en par con mil luces en los altares, la gente arrodillada con los brazos en cruz y derramando lágrtimas...A gran distancia el chirrido lúgubre de carros que atravesaban llenos de cadáveres...todo eso se reproduce hoy en mi memoria con colores vivísimos y me hace estremecer.
Aún recuerdo haber penetrado en una casa, por el entonces barrio de la Lagunilla, que tendría como treinta cuartos, todos vacíos, con las puertas que cerraba y abría el viento, abandonados muebles y trastos...espantosa soledad y silencio como si se hubiese encomendado su custodia al terror de la muerte.
No olvidaré nunca el doloroso espectáculo que ofreció a mis ojos una madre que acababa de expirar en un gemido postrero, con el que despertó de su sueño n la cuan a una niña bella como arcángel, que riendo y traviesa jugaba con la cabellera profusa de la madre muerta...
De tal manera dominaba el pánico, que se anunció que un sabio, que vivía en el Puente de San Francisco número 4, había descubierto un parche que era preservativo infalible de la epidemia; esta medicina se atribuía a un químico, don Manuel Herrera.
La gente se agolpó de un modo tan ansioso y tumultuoso por aquel fiat de salvación de vida, que fue forzoso poner guardias numerosos en la casa del doctor Herrera para evitar un desastre; pero caten ustedes ahí que el día menos pensado derrama en son de chisme, publica avisos, pega en las esquinas papeles y esparce alarmas alguien afirmando que los parches eran segurísimos pasaportes para la eternidad.
Al siguiente día de este pánico las calles amanecieron blanqueando como una terrible nevada. Eran los parches que se habían arrancado del cuerpo las gentes.
El pánico había invadido los ánimos, de manera que estaban en juego las medicinas y procedimientos más contradictorios.
A una mujer del pueblo ordenó el doctor Alarcón una sangría; la mujer interpretó la medicina tomándose un vaso de sangría y el resultado fue magnífico; el médico pedía la sangre y ella le día que había dejado el vaso vacío.
El Gobernador, que lo era el señor general Martínez, (a) Macaco, fulminó un bando con tremendas prohibiciones a las frutas, los figones y los comestibles; en ese bando hay un anatema contra los chiles rellenos que escalofría.
Contaba mi maestro Cardoso, con su inagotable chiste, que atravesando un día por la calle del Espíritu Santo, vio a un cochero tendido a la larga en el pescante devorando una chirimoya que no le cabía en las dos manos. A su lado y parada en el suelo estaba su mujer.
Mi maestro, ardiendo en santa caridad, dijo al cochero:
-¡Bárbaro!,¿No ves que te suicidas? ¿No conoces que esa fruta te abre el sepulcro y te lleva a la condenación eterna?
Absorto quedó el auriga con el apóstrofe; a medida que mi maestro hablaba,bajaba la mano, se limpiaba los labios y suspiraba contrito.
Cuando mi maestro dejó de hablar, exclamó el cochero: es cierto señor amo, no lo vuelvo a hacer; y volviéndose a su mujer, continuó: Tómatela tú, mi alma, dando a la mujer la fruta homicida.
Los panteones de Santiago Tlatelolco, San Lázaro, el Caballete y otros, rebosaban en cadáveres: de los accesos de terror, de los alaridos de duelo se pasaba en aquellos lugares a las alegrías locas y a las escenas de escandalosa orgía interrumpida por cantos lúgubres y por ceremonias religiosas.
En el interior de las casas todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro, calabazas con vinagre detrás de las puertas, la cazuela solitaria del arroz y la parrilla en el brasero, y frente a los santos, velas encendidas...



2 comentarios:

  1. Arno, me encanta la idea de volver a la historia para explicarnos cómo percibimos y construimos nuestras percepciones, actitudes y acciones hacia el riesgo. Nos hace preguntarnos cómo vamos a ver estos sucesos en veinte, cincuenta, cien años y cómo cada una de estas experiencias va acumulando conocimiento personal y colectivo, a la vez que va creando símbolos, referentes y sentimientos. Y la pregunta es ¿qué conocimientos y qué experiencias podemos generar en este momento que sean positivas para nuestro presente y nuestro futuro?

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  2. PUES SI, ASI ES ESTO, SIN EMBARGO ESPEREMOS Q NO SEA TAN DRAMATICO, Y TAMBIEN APRENDER DE LAS EXPERIENCIAS, LO UNICO BUENO ES Q X EL MOMENTO NO HAY MARCHAS!!!

    HAY Q TOMARLO X EL LADO AMABLE Y NO RAZGARNOS LAS VESTIDURAS, EN FIN, YA PASARA.....

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